19 de septiembre de 2021, 21:48:31
Opinión


Cepo para violadores

José María Herrera


Francesco Novello Carrara, el último señor de Padua antes de que la ciudad cayera en manos de Venecia, pasa por ser uno de los hombres más celosos de la Historia. Aunque apenas se sabe nada de su vida, su fama está vinculada a un cinturón de castidad que se exhibe en la armería del palacio ducal de Venecia, cerca de las dependencias donde fue estrangulado junto a su primogénito el 17 de Enero de 1405. Que dicho cinturón le perteneciera es cosa dudosa, y no sólo porque no haya forma de demostrarlo, sino porque, sabiendo cómo se las gastaban los venecianos, siempre refinados, no hay que descartar que se sacaran de la manga el artilugio a fin de desacreditar a su adversario. ¿Quién añoraría el gobierno de un sujeto que trataba de semejante manera a sus mujeres?

El cinturón de castidad de Francesco Carrara es el primero que yo vi en mi vida. Hasta entonces ignoraba que hubiesen sido diseñados para impedir el acceso a cualquiera de los dos orificios que poseen las mujeres. “Casa de dos puertas, difícil es de guardar”, me dije al verlo. Luego pensé que si aquello era la prueba material de que los cinturones de castidad existieron realmente, no podían tener razón quienes afirmaban que el invento apareció en la época en la que los caballeros cruzados iban a luchar a Tierra Santa. Cualquier mujer puede pasar años sin conocer varón, pero ninguna podría aplazar ciertas funciones biológicas incompatibles con una braga de hierro compuesta por un armazón y dos agujeros flanqueados de púas afiladísimas por donde no cabe ni un dedo. Sin duda, debía ser cierta la leyenda que dice que los artesanos especializados en la fabricación de estos cacharros se quedaban con varias copias de las llaves para vendérselas a los amantes de sus portadoras, si no a ellas mismas.

Ni que decir tiene que desde entonces no creo que los cinturones de castidad hayan existido realmente. El hecho de que el Museo de Cluny retirara los que exhibía al descubrir que no fueron hechos en la Edad Media, sino en el siglo XIX, revela que no se trata de una sospecha gratuita. Esto no significa que no se expongan por ahí abundantemente. Con la aparición de los centros de interpretación y las concejalías de cultura, la Historia se ha vuelto una materia muy caprichosa. En un museo de la tortura he visto yo una jaula supuestamente empleada por los venecianos como cárcel. Según rezaba un letrero, la jaula era suspendida del campanil de San Marcos hasta que el reo moría. La impresión que suscita el grabado que reproduce el martirio es considerable, aunque cualquier historiador serio sabe que la leyenda es falsa y que tiene su origen en el nombre de la prisión del palacio ducal, cheba, jaula en dialecto veneciano.

He recordado estas cosas no sólo por no pensar en las que pasan ahí fuera, la España de la memoria histórica, sino porque acabo de enterarme de que cierta doctora sudafricana ha presentado un preservativo con el que pretende reducir el desorbitado número de agresiones sexuales que sufren las mujeres de su país. No se trata de un cinturón de castidad, un escudo preparado para impedir la embestida del macho violador, sino de una especie de cepo con el que se pretende atraparlo. El preservativo consiste en una funda de plástico dotada con unas aristas en forma de sierra que se abaten sobre el glande del varón igual que la concha de un molusco. El dolor que produce –algunos lo han comparado con la tapa de un piano- parece ser muy grande, aunque no hay heridas, ni por tanto derrames, cosa que evita contagios. Como es imposible zafarse por las buenas del artefacto, el agresor no tiene otro remedio que acudir al hospital, donde podrá ser detenido por las autoridades.

El condón antiviolación tiene partidarios y detractores. Estos últimos consideran que es un invento contraproducente, pues el violador atrapado puede reaccionar con furia e ir más lejos de lo que tenía previsto. Los partidarios, en cambio, creen que este peligro está implícito en toda violación y que la sorpresa de verse dolorosamente atrapados puede ser una ventaja para la mujer. Tampoco faltan los que recelan del uso que puedan dar las mujeres al artefacto. Aunque el discurso imperante atribuye la violencia entre sexos a los hombres bajo la discutible suposición de que esta clase de agresiones no tiene su origen en las pasiones, sino en una idea denigratoria de la mujer, algunos recuerdan que también entre ellas hay Cleopatras capaces de implorar a los dioses la muerte para convertirse en espectros y poder así agitar el sueño de sus amados cada noche.

El tiempo dirá en que queda todo esto. De momento, el artilugio da que pensar. Si los hombres medievales, prototipo de machismo posesivo e intransigente, han quedado ligados a un artefacto tan siniestro como el cinturón de castidad, me temo que el futuro nos juzgará aún con más dureza a nosotros cuando nos vincule a otro esencialmente más monstruoso: un cepo para violadores.

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