13 de noviembre de 2019, 8:22:10
Opinion


Berlín, 65 años después de la caída del nazismo

Juan Federico Arriola


Ich bin ein Berliner (Yo soy un berlinés). John F. Kennedy

Berlín es una de las ciudades más impresionantes que he conocido y que he podido disfrutar en cinco breves estadías entre 1987 y 2005. Fundada hace 773 años Berlín, es hoy por hoy una de las principales capitales del mundo.

Hace 65 años había sido derrotado el nazismo precisamente en Berlín a principios de mayo de 1945, días después de que Hitler y su esposa Eva Braun se suicidaran en el Bunker. Berlín apestaba a azufre. La ciudad estaba destruida moral y físicamente. ¿Cómo explicar su pronta recuperación no obstante la división política que se hizo terriblemente evidente con el muro de Berlín a partir de 1961?

En uno de los edificios berlineses estaba escrito en 1945: Alemania, año cero. ¿Cómo es posible que de sus ruinas, pudiese formar la más formidable orquesta de música clásica del mundo?

Las tropas soviéticas llegaron primero que las angloamericanas, cuestión que aún se discute: ¿Por qué los gobiernos de Washington y Londres permitieron que entraran primero los soviéticos, cuando el general Patton estaba más cerca que el mariscal Zhukov? Esa decisión tuvo efectos mundiales.

Beethoven tuvo una breve estadía en Berlin, Hegel fue rector de su Universidad, el filósofo madrileño Ortega y Gasset vivió algún tiempo en Berlín al principio del siglo XX, William Shirer fue uno de los más inteligentes reporteros extranjeros que haya vivido en Berlín durante el nefasto gobierno nazi y cuyas observaciones están recogidas en su excelente libro Berliner Tagebuch (Los diarios de Berlín). El carismático presidente estadounidense Kennedy se proclamó berlinés en junio de 1963 como un amante de la libertad en compañía del alcalde de Berlín Occidental y futuro Canciller Federal de Alemania, Willy Brandt.

El nazismo murió en Berlín, pero en la parte este subsistió el stalinismo que realmente murió en noviembre de 1989 con la caída del muro. Berlín es hoy además una de las ciudades culturales más atractivas de Europa.

Cuando los miembros del Parlamento Alemán después de la reunificación en 1990, votaron por trasladar la capital de Bonn (ciudad natal de Beethoven) a Berlín, no faltaron las críticas dentro y fuera de Alemania. Con los años, se ha demostrado que tenía razón la mayoría, era necesario que Berlín fuese la capital de la Alemania reunificada: se tenía que exorcizar para siempre el espíritu de los totalitarismos.

Berlín luce sus canales, sus museos, sus parques y grandes avenidas, sus conciertos callejeros y en la Philarmonie y en la Deutsche Staatsoper. Su antigua catedral permanece rota a propósito, aún queda un pedazo del famoso muro, como cicatriz de la segunda guerra mundial, todavía está aquel letrero fuera del metro Wittenbergplatz con los nombres de los diez campos de concentración más terribles del nazismo.

No debemos olvidar el nazismo jamás. Más aún debemos extirpar cualquier totalitarismo. Todavía hay algunos vestigios de totalitarismo que oprimen al ser humano. El habitat natural de los derechos humanos es la democracia eficiente.

65 años después Berlín no apesta a azufre, huele a cultura por todas partes. Junto con Munich, Berlín simboliza la recuperación moral, económica, política y cultural de Alemania. No sólo los alemanes ganan, todos ganamos: Alemania es hoy una potencia por la paz y el desarrollo y la Dra. Angela Merkel, jefa del gobierno federal alemán es una de las pocas políticas que han generado respeto en el mundo.

Estoy convencido de que Berlín vive hoy uno de sus mejores momentos de su historia.

Para mis amigos berlineses Klaus y Helma Adomeit


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