16 de octubre de 2019, 4:54:08
Opinion


La opción liberal

Carlos Loring Rubio


El próximo 6 de mayo se celebrarán elecciones generales en Reino Unido. Es complicado no sentir cierta envidia. No únicamente por el hecho de que en esta nación se dé un sistema de sufragio y una vida parlamentaria mucho más dinámica e inteligente que las adoptadas en nuestro país, sino también, y entre otras muchas razones, por la importancia del tercer partido en liza, que disputa los votos a torys y laboristas en igualdad de condiciones y con el más que probable rol de ser decisorios en la formación del próximo gobierno británico; los liberal demócratas. La larga tradición liberal en Reino Unido ha debido pasar duras pruebas, como su casi desaparición tras los apoyos a gobiernos laboristas en el siglo pasado. La aparición de un renovado partido que, liderado por Nick Clegg, ha conseguido ilusionar a muchos británicos y ha supuesto romper con el hartazgo bipartidista que hegemónicamente venía dándose en la historia reciente de las Islas.

Pero, ¿Quiénes son estos liberales?, ¿Qué piensan?, ¿Cuáles son sus fines? Es triste pensar que en España, donde por primera vez se dio nombre a este pensamiento político, apenas nadie sepa cuál es su ideario. Y es que la fagocitación por parte de los extremismos políticos, tras el estallido de la Guerra Civil, ha hecho que, salvo anécdotas, no se haya consolidado ningún partido de corte puramente liberal en nuestro país, y que sus tesis políticas sean tímidamente confesadas, por algunos, como base de su ideario.

Sobre los principios liberales está cimentada la democracia moderna. Cosas que en nuestro tiempo pudieran parecer tan obvias como la libertad, el derecho a la igualdad ante la Ley, la defensa de sufragios libres y limpios, la defensa de los derechos humanos, el secularismo y el libre mercado, fueron logros que, en tiempos, supusieron la lucha y el sacrificio de muchos liberales. La concepción liberal de separación de poderes, fue argumentada por Montesquieu mediante una descripción del sistema político inglés de la época. El liberal no cree en el grupo, no cree en la masa, no cree en los territorios y es fiel a un Estado que sepa poner las bases para el completo desarrollo de las libertades individuales, bajo un justo orden. La tolerancia es la máxima del ideario liberal. Es famosa la anécdota del parlamentario liberal inglés que en la tribuna de oradores, en mitad de una acalorada discusión, sentenció: No estoy en absoluto de acuerdo con sus ideas, pero estaría dispuesto a morir para que usted pudiera tener la oportunidad de defenderlas ante esta sala. El liberalismo cree en la pluralidad política como escenario donde puedan fructificar las mejores ideas, y se resiste a la conformidad y a la homogeneidad en el pensamiento.

Aunque el pensamiento liberal pueda observarse como complejo y sin forma definida, el liberalismo moderno ha concretado sus metas, desechando concepciones arcaicas que minimizaban la acción del Gobierno en aras de un próspero capitalismo. La defensa del libre mercado, no implica la negación de entidades de carácter público que pudieran ejercer un papel regulador y de árbitro, en aquellos aspectos en los que el mercado libre pudiera fallar. Por tanto, no debe confundirse el neoliberalismo económico, basado en las tesis liberales primitivas del “laissez faire, laissez passer” con el liberalismo moderno, más cercano a la ordenación de los mercados.

Pero el liberal no debe ser entendido como una persona ofuscada en un egoísmo individual y en esperanzas irreales. Éste cree en el deber de crear el bien común mediante una red de sinergias con el resto de individuos que conforman su comunidad. El establecimiento del estado del bienestar moderno está basado en el pensamiento político liberal. Siempre bajo la condición del sagrado derecho a la propiedad privada, pero desechando siempre privilegios y prebendas que pudieran atesorar determinadas clases o grupos, por gracia de herencia o dogma. Y es que el liberalismo tiene una especial vocación internacional, sin necesidad de imponer sus ideas por la fuerza.

En España se echa en falta una verdadera tercera opción liberal a socialistas y populares, ante el abismo nacionalista. No aventuras personalistas, sino un partido de ideario sólido en el que no sea necesaria la presencia de un carismático líder. Tanto socialistas como populares se ven decisivamente apoyados por los radicales que albergan en sus filas. Ni unos ponen freno a las cada vez más numerosas banderas de la antigua republica en sus concentraciones, ni los otros condenan contundentemente el franquismo. El liberal huye de la masa atada al dogma y sabe dudar de si mismo. Si a usted se le acusa de llevarle la contraria a todo el mundo y no se ajusta al simple entender; si unos le tachan de fascista y otros de comunista, no tenga la menor duda, ya tiene etiqueta y ésta no es otra que la de liberal.

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