21 de octubre de 2019, 11:59:58
Opinion


Veladuras

Javier Rupérez


Para garantizar de manera efectiva el derecho a la libertad de cultos, uno de las manifestaciones fundamentales de la libertad de pensamiento, creencias y expresión, americanos y franceses siguen caminos distintos. E incluso opuestos. Sin que ninguno de los modelos pueda ser tachado de restrictivo, ya que ambos parten de las mismas premisas para la construcción del estado democrático, sin embargo conciben su aplicación de forma diversa. En los Estados Unidos, país tan no confesional como Francia, está garantizada la práctica pública de la libertad religiosa sin más limitaciones que las impuestas por el orden público y el respeto a la libertad de los demás. Es ese un país que no tiene religión oficial pero que reconoce en pie de igualdad a cualquier credo y a sus manifestaciones en un espacio público donde Dios no tiene apellidos pero si reconocimiento social: un difuso deísmo permea muchas de las manifestaciones sociales de la sociedad americana e indudablemente inspira el texto constitucional.

Francia, por el contrario, donde el carácter laico de las instituciones tiene un marcado origen antirreligioso, herencia directa de la Revolución, la libertad de expresión en su vertiente religiosa se identifica con la prohibición de las exhibiciones públicas de las afiliaciones a lo sagrado, sea cual sea su inspiración, y con la reclusión a lo privado de las creencias y de sus signos externos. Naturalmente el paso del tiempo y la misma estructura socio cultural de la que en su momento fue “la fille ainée de l’Eglise” impiden que esas convicciones sean interpretadas de manera rígida. Existe Lourdes como también existe Notre Dame, como existen importantes núcleos hebreos e islámicos en el seno de una sociedad plural. Pero cuando llega la hora de los velos musulmanes, la diferencia es evidente: nadie en los Estados Unidos osaría prohibir a ninguna mujer que lo exhibiera en el trabajo o en la academia o en cualquier otro sitio, mientras que para los franceses la práctica encierra una violación de sus normas políticas sobre la libertad de expresión. Precisamente. Tanta es la diferencia de concepción que, aun intentando obtener los mismos efectos, los americanos interpretan la aproximación francesa como una manifestación intolerable y retrógrada de intolerancia. Lo cual, como bien se puede comprender, es el resultado de un error en el análisis. Quizá también de algo más profundo: el miedo al contagio en el caso de los franceses y la ausencia del mismo en el de los americanos.

Ahora que nosotros nos vemos metidos en esa historia de velos, manifestación inevitable y bienvenida de una sociedad plural –no hubo ningún problema cuando los únicos velos eran los de las monjas católicas y las únicas vestiduras talares las de los sacerdotes de la misma confesión- convendría poner nuestras barbas a remojar, adoptando medidas, comportamientos y filosofías que en lo posible nos evite el desagarro de una nueva guerra de religión por vestimentas interpuesta. Lo primero, igualmente aplicable a los del velo y a los destocados, es que la nuestra, como todas las occidentales, es una sociedad regida por el imperio de la ley civil, que garantiza la creencia y la práctica de todas las religiones pero que no se debe a ninguna de ellas en particular. En el caso de la Constitución española existe un reconocimiento explicito a la Iglesia católica que, por razones históricas, estadísticas y culturales evidentes, forma parte sustancial de nuestro paisaje humano, pero ello no altera la sustancia legal de nuestro ordenamiento: una sola ley civil igual para todos.

Temen los franceses que la ostentación del velo oculte una pretensión de alterar el vigente sistema socio politico. Temor en el que no incurren los americanos, convencidos de que, con velo o sin velo, todos sus habitantes se tienen ante todo por fieles ciudadanos de la Unión. Y ello introduce una segunda e importante variante en el tema, a la que evidentemente no son ajenos aquellos que en nuestros pagos prefieren que los poderes públicos obliguen a su retirada. Tanto mejor sería que las sociedades europeas reforzaran sus convicciones de manera que, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, no fuera necesario prohibir, estando todos convencidos de la supremacía de la ley y ninguno dispuesto subrepticiamente a subvertirla. Claro que para ello haría falta una distinta disposición de cuerpo y ánimo, de manera a evitar las catastróficas consecuencias de una natalidad horrendamente regresiva y a propiciar un rearme ideológico y moral en torno a los presupuestos que han hecho posible la existencia de las sociedades libres del Occidente. La experiencia reciente no invita al optimismo. Porque ni las bienintencionadas banalidades de la progresía anticatólica ni las manifestaciones rotundas de los que en nombre del liberalismo prohíben el uso del velo pueden ocultar una realidad: la batalla está en las convicciones y no en los sistemas de ocultación capilar. Si la perdemos, acabaremos todos con barba y todas veladas. Y entonces será por imposición. Menudo panorama.(Y dicho sea de paso: la “burka” bajo la cual queda oculta toda la fisonomía facial femenina no tiene nada que ver con la manifestación de una convicción religiosa sino con un sistema de esclavitud que, ahí sí, no puede ser tolerado en las sociedades democráticas occidentales. Hasta ahí podríamos llegar).
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