23 de julio de 2019, 11:02:08
Opinion


Un mundo sin personas: la tecnología “human-to-machine”

José María Zavala


Quizás un día, dentro de mucho tiempo, echemos la mirada atrás y pensemos en lo ineficientes que éramos en el pasado al delegar en humanos gran parte de los servicios que se demandan cotidianamente. Quizás acabemos por acostumbrarnos en algún momento a ser atendidos y controlados por máquinas. Y, por qué no, quizás perdamos el control y la inteligencia artificial acabe por someternos.

La progresiva incorporación de la tecnología “human-to-machine” (H2M) a numerosas de nuestras acciones diarias es sencillamente sorprendente. Parece sólo una cuestión de tiempo que los humanos que se comportan como autómatas (esas voces monótonas, átonas, sin conversación, con un guión estructurado y que cualquiera diría que carecen de sentimientos), pasen a ser sustituidos por máquinas que emulen ser humanos (esas voces monótonas, átonas, sin conversación, con un guión estructurado y que carecen de sentimientos).

Es algo que ya vemos en la robotización de algunos teleoperadores, que nos piden, valientes ellos, que indiquemos claramente ¡con nuestra propia voz! qué es lo que deseamos o qué duda tenemos. Lo vemos también en las innovadoras cajas de autoservicio en los supermercados, que prescinden de la triste figura del cajero/a que con pose cabizbaja nos pregunta por la tarjeta del súper y nos dice cuánto dinero le debemos a su empresa. En su forma más prototípica y extrema, no pregunta por nuestra familia ni comenta el tiempo, ni se le permite contarnos sus inquietudes. El otro día la bibliotecaria me indicó que podía renovar mi préstamo a través de Internet; quizás, harta de su empleo, intentaba que su figura ya no fuese necesaria. De fondo se encontraba esa misteriosa máquina de autopréstamo que jamás me he atrevido a utilizar.

Y ya que delegamos en máquinas tantas tareas, no iba a ser menos la de la vigilancia. Ya existen sistemas audiovisuales que son capaces de detectar rostros entre multitudes, de identificar cuándo un movimiento es “anormalmente” rápido (lo cual puede significar un incidente) o de sospechar cuándo un sonido es más alto de lo normal (lo cual puede indicar un altercado en la calle). A nivel doméstico, hasta los perros están amenazados, gracias a ingenios como las cámaras con sensor de movimiento. Los chips RFID permiten que sean los ordenadores quienes nos pregunten “quién demonios somos y qué hacemos ahí”, sin ni siquiera enterarnos. ¿No es maravilloso?

El uso de máquinas que interactúan con humanos es una cuestión, en gran parte, de algoritmos y normalidad. Las máquinas son capaces de “aprender” si se les programa para ello, lo cual no deja de ser espeluznante. Por ejemplo, si a un sistema de identificación por voz se le indica que con cada error debe realizar una labor de aprendizaje, la máquina incorpora los nuevos criterios a su rutina. Es decir, si el sistema oye “quinse”, y al indicar que entiende, el usuario, no sin cierta indignación acaba por teclear el uno y el cinco, nuestro querido autómata amplía, gracias a dicha confusión, sus nociones sobre el castellano hablado. Sería divertido asistir a una situación en la que las computadoras hagan un análisis de sus propios procesos, y que vieran que determinados errores y fallos las llevan de cabeza al servicio técnico, de tal forma que acaben desarrollando la capacidad de “fingir estar enfermas para no currar”.

¿Significa todo esto que en el futuro tendremos que trabajar menos? Seguro que eso pensarían hace 50 años y se sorprenderían al ver las paradójicas situaciones de paro extremo y explotación laboral que nos acechan actualmente. Si el mundo laboral occidental se ve amenazado por la invasión del sector terciario y encima se lo damos a los robots, entonces seremos testigos algún día de lo contradictorio que es un sistema como el capitalista.
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