20 de julio de 2019, 1:20:16
Opinion


Inglaterra y la política

José Manuel Cuenca Toribio


Como quizá no “venga” en la Wikipedia e instrumentos culturales similares, durante estas semanas últimas los medios han repetido ad satietatem que en la política del Reino Unido no hay tradición y ni tan siquiera práctica de los llamados “gobiernos de coalición”. Sin duda, será tan crasa ignorancia un motivo más que añadir a los muchos que alimentan, desde siglos, la renitencia británica frente al “Continente”…

Pues, efectivamente, nada encalabrina más a la opinión inglesa que ver atacadas desde el exterior sus señas de identidad. Al país de más permanente y arraigada democracia sería sorprendente encontrarlo yermo de raíces “consensuales” y, sobre todo, de superación de tendencias banderizas en pro del bien general, en las situaciones así demandadas por la coyuntura histórica. Ya en la tesitura más crítica de la primera guerra mundial, comediado el conflicto, se formó en diciembre, como resulta bien sabido, el “Gobierno Nacional” presidido por el liberal Lloyd George, mantenido en el poder hasta octubre de 1922, en que hasta ese momento sus socios, los tories, se hicieron cargo de él hasta la pronta y espectacular victoria electoral del Labour Party, en enero de 1924. Un gabinete de seis años de positivo mandato en la convulsionada época en que desplegara sus funciones, no puede decirse que fuera una experiencia menor. Con caracteres aún más peraltados cabe afirmar lo mismo del National Government que iniciara sus tareas en agosto de 1931 y las terminara nueve años después, aunque en la realidad diese su fin con la conclusión de la segunda conflagración mundial.

De todos los “Gobiernos nacionales” constituidos en suelo europeo, el presidido por el líder socialista Ramsay MacDonald hasta junio de 1935 y luego por los dirigentes conservadores Stanley Baldwin –hasta junio de 1937- y Neville Chamberlain –desde esa fecha a mayo de 1940- ha sido el más importante y fecundo. En un tiempo de dificultad sin igual en casi todos los planos y, de manera muy singular, en el económico-social, el éxito de su gestión fue descollante. Entre sus causas primordiales constan el feeling, la buena relación entre MacDonald y Baldwin basada en ancha medida en el acrisolado patriotismo de ambos y el acertado reparto de los menesteres ministeriales en una y otra fuerza política, así como, claro, en el talento y la eficacia de la respuesta del Poder al formidable desafío representado por la Gran Depresión subsiguiente a la crisis de 1929. El veredicto de las urnas en octubre de 1931 y noviembre de 1935 refrendó abrumadoramente el trabajo de dos fuerzas coaligadas, de la que la conservadora era, a gran distancia, la hegemónica cuantitativamente: 470 escaños frente a los 84 del Labour y, en 1935, 387 y 154, respectivamente. Alusión específica en este admirable fair play merece Stanley Baldwin, que se avino hasta la retirada de Ramsay MacDonald a ser la segunda personalidad –Lord presidente del Consejo- de un gabinete del que su partido constituía el principal sostén parlamentario.

Desde la retirada política del General De Gaulle y del canciller Willy Brandt al término de la “década prodigiosa” de la pasada centuria, ningún gran país europeo ha sido regido por un gobierno de coalición, salvo la notoria excepción de Italia y la representada en la Alemania de la reunificación por el todavía reciente ministerio rectorado por la Sra Merkel, a la cabeza de un gabinete que tuvo como segundo miembro a los socialdemócratas, experiencia, conforme bien se recordará, nuevamente repetida en el 2009, con el cambio de los últimos por los liberales.

Al día de hoy, pues, Gran Bretaña, cuna, escuela, arsenal y museo de la democracia más genuina, se coloca en vanguardia de la andadura de los gabinetes nacionales, aunque la Wikipedia pueda decir lo contrario. En materia de Historia, es muy difícil darle lecciones a Inglaterra…
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