16 de junio de 2021, 1:39:51
Los Lunes de El Imparcial

reseña


Miklós Bánffy: Las almas juzgadas


Miklós Bánffy: Las almas juzgadas. Traducción de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño. Libros del Asteroide. Barcelona, 2010. 528 páginas. 23,95 €


La “Trilogía transilvana” y, concretamente, su segunda parte, Las almas juzgadas, describe, continuando con los entrañables personajes de Los días contados (primera novela de la serie, también publicada por Libros del Asteroide) las etapas finales del Imperio Austro-húngaro desde el enfoque de Miklós Bánffy (1873-1950), noble transilvano de una de las dinastías de más renombre del país magiar. Este custodio de la tradición y las letras húngaras, utilizará fragmentos de su historia familiar para componer un impecable relato acerca de los intereses e incertidumbres que, entre intervalos de inconscientes frivolidades, acucian a la aristocracia ante el incierto destino de su nación por la inminente Guerra.

El conde Bálint Abády, personaje medular de Las almas juzgadas, congresista y acérrimo protector de la justicia, se sentirá, con todo, desencantado del “parlamento de pasillo”, único lugar –además del vestíbulo– donde el legislativo delibera pues, en la tribuna, ni objeta, ni dilucida y, probablemente, ni siquiera escucha; y sólo se manifiesta cuando vitorea ante algún estridente eslogan patriótico. Pero lo que más le atormenta es su embarazoso amor por una mujer casada, Adrienne, que, por su parte, también tiene sus particulares motivos para estar angustiada ante los extraños comportamientos de su esposo y el asco que le producen “determinados crujidos” de las escaleras del palacio donde, asimismo, vive su suegra.

De las historias vertebradas en torno al protagonista es preciso destacar la de Lászlo, un joven músico –aristócrata como Balint– que, de niño, perdió a sus padres en desgraciadas circunstancias y que ocupará toda su vida en hacer brotar y, a la vez ahuyentar, tan traumática experiencia. El ideal de sí lo situó tan elevado, que nunca logrará hacerse benemérito de amor, obsesionándose, desde entonces, con no ser un hábil rufián capaz de vivir a costa de las mujeres; por lo cual, cada vez que una dama intenta ayudarle, el artista se siente tan afligido e indigno que cometerá, a cambio de unas copas, todo tipo de bufonadas. La espiral de destrucción en la que se mueve al exhibirse como el verdadero villano que tanto abomina, parece clamar al cielo el cese de sus hondos remordimientos.

Miklós Bánffy también buscará con la “Trilogía transilvana” una especie de redención terapéutica para el sufrimiento que le produjo no haber evitado, desde su cargo como ministro, los efectos del Tratado de Trianon (1920) por el que Hungría perdía, al final de la Gran Guerra, dos terceras partes de su territorio. Esta ilustre obra de la narrativa centroeuropea estuvo prohibida por los regímenes comunistas durante más de cuarenta años, y desde su recuperación se la ha comparado con grandes novelones romántico-históricos como los de Tolstoi.

Por Inmaculada López Molina
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