13 de junio de 2021, 14:11:06
Opinión


Luces y sombras de Sanisidro II

José Suárez-Inclán


Juan del Álamo, un nombre legendario, de sonido épico, ideal para el héroe o el bandido solitario de un western —el gran género trágico-épico del cine—, perfecto para un matador de toros —la última fiesta trágico-épica de occidente. Juan del Álamo, novillero, vestido de carmesí y oro, se quedó solo en la arena de la plaza frente al peligro de un novillo, como solo ante el peligro lo hiciera Gary Cooper, vestido de negro y miedo, en la arena de la plaza del pueblo donde esperaba, con la exactitud de un tiempo que el reloj marcaba, morir o dar muerte a un enemigo que llegaría inexorablemente. Igual que Juan del Álamo esperaba, en otro tiempo exacto que el reloj de la plaza de toros marcaba, morir o dar muerte a su novillo. Los dos cumplieron con bien su deber y su destino. Gary Cooper, hace unos años; Juan del Álamo, hace unos días. Es posible que la firmeza que demostró el novillero de Ciudad Rodrigo fuera del mismo fuste que la exhibida por aquel jinete de Montana, Sheriff de Hadleyville. El viento era el mismo y Juan, sin moverse del terreno elegido, le fue ligando pases serie a serie, siete veces, hasta que supo que la batalla estaba ganada y el trofeo era suyo. El brío y el valor ya los tiene. Ahora ha de encontrar un estilo, una estética. No es fácil quedarse solo en la plaza. Pero es más difícil aún andar, mirar, esperar, disparar como Gary Cooper.

El martes 11 de mayo, como es propio en estas fechas, hubo primeras comuniones en Las Ventas. Aunque lo suyo hubiese sido que fuesen en domingo y que los pulcros niños de blanco y oro no fueran aún toreros. Lo segundo casi se cumplió. Con excepción —quizás— del más pequeño. Tres toreros de blanco: Miguel Abellán, César Jiménez y Arturo Macías. Tengo la impresión de que Abellán y César Jiménez siempre han ido vestidos de blanco, de primera comunión. Diseños aparte. Parecen toreros-niños, siempre en flor de sacramento, siempre a punto de hacerse mayores. Necesitarían quitarse ese vestido para hacerse grandes. ¿Podrán? El día 11 no pudieron. Prometía Abellán —el vestido hoy marfileño— que bajó el capote y recibió con sabor entre cantos de “miau”, pero se diluyó rápido. César no llegó ni a diluirse: en el tedioso silencio de la tarde gélida una voz cruel gritó: “¡córtate la coleta!”. El ganado de La Martelilla, frágil y derrengado, cabeceaba y se defendía. Los sobreros de Navalrosal y D. Camacho, también.

El joven mexicano Arturo Macías, que confirmaba, también salió de blanco, también de comulgante en comunión con la terna. Muy a la mexicana, quitó en la boca de riego —era la alternativa— con una saltillera, que roló a gaoneras y acabó en tapatías. Capote alegre de América, como el de la brionesa con que remató en su 2º. Fue muy despacio a brindar a Corbacho, su apoderado, el de la factoría de toreros espartanos a cuyos pechos nacieron JT y Talavante, pero luego todo se precipitó: al centro, por detrás, cambiando para el recibo; a obligar enseguida. Pero cabecea el animal y el viento calamochea en la muleta. Macías, airoso, intuitivo, remata una quedada por detrás; se confía, se descubre y queda frente al toro que lo topa y voltea y se salva en la arena de milagro: un milagro de primera comunión que el público aplaude hasta que el toro lo vuelve a echar al aire. Vibra la plaza nerviosa bajo un sol limpio y frío y todos piensan si Macías matará hoy sus dos toros. De momento este lo despacha con facilidad y en el 6º el capote, irregular y alegre, veroniquea, vuela con revolera, media serepentina…por el crepúsculo madrileño. Cuando se arrimaba, autojaleándose entre aplausos frente al toro rajado, la afición tiritaba vacilante. Habrá que volver a verlo. Como a Leonardo Hernández, paradigma del rejoneo clásico, de corte irreprochable, que al día siguiente cortó tres orejas y abrió la Puerta Grande

Es tanto el frío, la borrasca inclemente que día tras día se cierne sobre la boca circular de Las Ventas; tal el tedio que se aposenta tarde tras tarde en los tendidos y gradas que contemplan incrédulos las naderías del ruedo, que la corrida de Parladé del día 13 parecía concluida antes de empezar. Quién diría que a unos tiros de piedra, en la misma calle de Alcalá, una marea exultante celebraba con cánticos gozosos el triunfo del Atleti como campeón de la Liga Europa. Los toros de Parladé, más bellos que bravos, tan fijos como flojos, dejaron al descubierto la falta de corazón de Matías Tejela, el corazón lleno de limitaciones de J. Manuel Mas —que confirmó sin pena ni gloria— y el toreo clásico pero insuficiente, con la ambición encogida, de Diego Urdiales. Parece Urdiales encajar en esa extraña estirpe de los llamados “Toreros de Madrid”. Cuidado con ellos: el público ve y aprecia su calidad, los mima, los espera, los alienta, pero pronto los aposenta en categorías en las que la movilidad supone esfuerzos titánicos: en una están los triunfadores, que todos conocemos. La segunda ha dejado toreros de gran corte, siempre derramando gotas de calidad, siempre “a punto de”, cuya labor bien hecha y la bendición del público, los instala en un sillón digno que los atenaza frente a los grandes triunfos. Urdiales pareció uno de estos. Verónicas de trazo y ritmo, muleta de pases justos, relajados y hondos, naturales clásicos de extraña perfección, estoque fácil… Un torero que quitó por delantales muy bien dibujados y dio aún mejores verónicas, que abre bien el compás, pero que no pisa del todo el terreno donde habitan los triunfos. Y es que ese paso… ¿O era el frío de la tarde que todo lo atenazaba?

La corrida de Alcurrucén tuvo dos toros para armarla, el 5º y el 6º, y sin embargo todo fue gris, como el cielo encapotado que inauguró la tarde. Uceda paseó por otro mundo y en su 2º, que arrolló al banderillero Antoñares y le partió un brazo, terminó entre pitos, silencios y un rezongar sordo. El Cid, atribulado, nervioso, con ansiedad, venía al espantar ese misterio triste que le ha caído. No lo espantó. Quien lo haya visto matar los seis victorinos de Bilbao, no podría creerlo. Pero el toreo tiene rachas, como la vida. Salió y le jalearon las verónicas. Pero eran tensas, tozudas y rígidas, de voluntad excesiva. Cuando se echó la muleta a la izquierda se hizo el silencio que se otorga a los “toreros de Madrid”. El silencio duró toda la tarde. Hasta en el 5º toro, que se aplaudió en el arrastre. “Afectísimo”, el colorado cornalón que cerró, derribó, persiguió, sembró nervios y un griterío eléctrico corrió por los tendidos. Tardó Tendero en darse cuenta de que metía la cabeza y aunque le dio los derechazos de más poder de la tarde, terminó aburriendo.
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