27 de septiembre de 2021, 8:40:40
Opinión


Otra vez sobre el ejército

José Manuel Cuenca Toribio


El tema, sin duda, más que el análisis hecho en una serie de artículos precedentes por el cronista sobre de la situación en que se encuentran a la fecha las fuerzas armadas españolas, ha provocado una reacción lectora imprevista y desconocida de sólito por sus trabajos.

La mayor parte de sus corresponsales –por supuesto, vía e-mails…- le muestran su discrepancia acerca de sus dudas o desconfianza en punto a la ética cívica y sentimiento patriótico que han de sostener a los miembros de la milicia en los trances decisivos de su quehacer, esto es, en las acciones estrictamente bélicas. Arguyen los críticos que el ejército español conserva intacta su poderosa capacidad para generar autónomamente su propio espíritu institucional. La dinámica corporativa que surge de éste alienta valores específicos de orgullo y exigencias corporativas, fundamento, en último término, de una moral de combate. Rasgos, a su vez, surgidos con el nacimiento de los ejércitos profesionales, conservados incluso en los nacionales y en la mayoría de los del presente, sin que haya, de otra parte, albergar temor alguno sobre una deriva o tentación pretorianas por la especial imbricación que en las colectividades modernas poseen las fuerzas armadas con sus respectivas sociedades.

Convertidos, efectivamente, en la actualidad los ejércitos –no todos, ha de aclararse…- en melting pots, su vigor transformador determina que, al final del periodo de aprendizaje, los símbolos y pautas propios se impongan en el ánimo y comportamiento de sus integrantes sobre cualesquiera otras circunstancias. El carácter, por lo común primario, de una considerable porción de sus componentes coadyuva, por lo demás, a que dicha labor de asimilación se descubra de ordinario exitosa, con rendimiento altamente positivo en la opinión de los defensores de la organización y funcionamiento del modelo que configura hodierno la existencia de las fuerzas armadas de nuestro país. Finalmente, la más elemental psicología de grupo enseña que la conducta de sus diversos elementos es fácil compactarla y orientarla hacia la consecución de objetivos bien descritos.

A todo esto, que compendia más o menos los argumentos esenciales de los objetores de la posición del articulista, cabría, a su vez, contraponer alguna que otra aporía. Muy pocos oficios como el de las fuerzas armadas tienen como naturaleza e identidad últimas la entrega y donación de la vida de sus miembros en aras de una comunidad sólo definida en términos espirituales o abstractos. Únicamente a partir de tal supuesto cobra sustancia la noción de un ejército nacional como pieza principal garante de la continuidad histórica de una determinada colectividad. Y sin una “idea” por tosca y simple que sea del país en cuestión, el juramento o promesa de preservarlo hasta la muerte tendrá que comportar especiales dificultades. En instituciones de muy larga andadura como el ejército, la dialéctica de las novedades no puede cobrar mucho vuelo. Uno de los teóricos militares de más alquitarada cultura y brío doctrinal, Villamartín, escribió ha ya casi dos siglos lo siguiente: “¡Desgraciados país aquel que hace odiosa la carrera de las armas; aquel que alquila los ejércitos en los días de peligro; aquel que los degrada nutriendo sus filas de hombres sin virtudes ni patriotismo; aquel que con su menosprecio mata el honor militar y ahoga las nobles ambiciones!”; palabras que no dejan indiferentes.
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