22 de septiembre de 2021, 6:35:05
Opinión


En defensa del “botellín”

José María Zavala


No me cansaré de reclamar el espacio público. Para algo es el espacio de todos, y no sólo de quienes tienen un falso derecho a decidir sobre su disposición, sobre qué se construye y qué no, sobre qué se publicita y qué no, y en especial, sobre qué pueden hacer los humanos en él y qué no.

Si, ahora que viene el buen tiempo, decido sentarme en un banco o en el césped de un parque, y tomarme un botellín de 25 cl. de cerveza (acompañado, cómo no, de unas patatas), técnicamente estoy incumpliendo la ley. Los excesos del intervencionismo estatal nos pueden llevar a vivir con sensaciones de miedo y contrariedad. He sido testigo de indignas y humillantes situaciones, como ver a personas escondiendo, ante la llegada de una patrulla policial, una miserable lata de “refresco de cebada”. Y es especialmente triste verlo un domingo por la mañana en la plaza que hace honor a este digno cereal, cuando la gente, tras cambiar el centro comercial por algo más humano y tradicional como el Rastro, decide saludar al sol primaveral y practicar un poco de sociabilidad presencial y directa. Parece que algún tipo de ley seca ha cegado nuestro sentido común, y no diferenciamos cuándo hacemos algo incorrecto, de cuando hacemos algo que nos dicen que lo es.

Eso quiere decir, por tanto, que en los picnics en parques y zonas verdes, ni porrón ni bota. Eso condena al “vinito” y la “cervecita” a vivir enclaustrados en el contexto del bar; un contexto muy respetable, todo sea dicho, pero que no cuenta con tanto respeto como para merecer el monopolio del consumo de bebidas fermentadas. La excusa de que es necesario fomentar la actividad económica no me vale en absoluto, pues también es necesario fomentar la libertad, y pobre del país cuyas leyes estén pensadas única y exclusivamente para promover el consumo. Es sin duda injusto dejar que los espacios públicos se conviertan en meros lugares de tránsito y de espera, y no de disfrute en sí.

El llamado botellón, (y especialmente en su variante “macro”), entendido como un encuentro de personas cuyo principal fin es el de intoxicarse a base de alcohol, no sólo es negativo, es, además, poco elegante. Sin embargo, se consienten dichos eventos, gracias a la doble moral, en los márgenes más olvidados de la ciudad, allí donde, custodiados por sí mismos, los jóvenes puedan impregnar tranquilamente sus cerebros en whisky barato.

Los dos mayores problemas que entiendo se derivan de dicha ingesta pública de alcohol - porque yo también he sido víctima de sus consecuencias- son los ruidos y los residuos: seculares pecados que sin bebida de por medio también se suponen penados. Ante todo, resaltar que el ciudadano medio se ha acostumbrado a recurrir al Papá-Estado cuando cree que una conducta no es la correcta. Lo fácil es llamar desde casa a los uniformados y que se encarguen de poner recaudatorias multas (si es que éstos no andan ya en busca de posibles financiadores del déficit público, libreta y bolígrafo en mano). Pocas veces optamos por ejercer esfuerzos de pedagogía pública, un recurso que se supone ha de agotarse primero: la conversación. No tengo un ataque de inocencia o ingenuidad, sé lo poco atractivo que es intentar solucionar los problemas por uno mismo pudiendo llamar a otros para que hagan el trabajo sucio.

Pero si tan difícil es castigar la incorrección cívica, lo que se castiga es el acto de ingesta de alcohol en sí, que casualmente no supone problema alguno si se realiza en el esos bastiones de perversión que he de entender por tanto que son los bares. Si tan malos son los ruidos y la suciedad, y por ello se hace necesario cortar de raíz las situaciones que potencialmente pueden provocarlas, hagámoslo: saquemos a la luz una ley de envases, o de consumo en la vía pública de bienes envasados, castiguemos a quienes llenan las ciudades de esa “suciedad invisible” que corrompe el aire que respiramos, promovamos la circulación de vehículos no motorizados, formemos brigadas de vigilancia de uso del claxon, o directamente pongamos un toque de queda, porque si el alcohol ha pasado ya de la botella a la cabeza, es obvio que las posibilidades de que su portador forme jaleo aumentan considerablemente.

Lo que no es justo es que yo, sin molestar a nadie ni suponer un peligro para los demás, tenga que tener miedo de que uno de los múltiples brazos del Estado intente castigarme por un acto totalmente legítimo.


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