26 de septiembre de 2021, 11:14:34
Opinión


La popularidad de Berlusconi

Andrea Donofrio


Esta semana, los periódicos internacionales han señalado la pérdida de popularidad de Silvio Berlusconi, que ha alcanzado su mínimo histórico. La encuesta, publicada por La Repubblica, demuestra que el cavaliere ha caído 12 puntos en el último año, 21% desde el inicio de la legislatura, tanto que, según el sondeo, más de la mitad de los italianos afirma “tener poca o ninguna confianza” en él. Así mismo, el 62% de los entrevistados reprueban a su Gobierno. Se trata de una caída continua y constante, con la excepción del pasado diciembre cuando la “ola emotiva” provocada por la agresión del Duomo de Milán le permitió una tímida recuperación de popularidad; ya lo subrayamos: 5 puntos de sutura equivalieron a 3 de popularidad.

Berlusconi siempre ha presumido de gozar de una inmensa popularidad. Sin embargo, ahora, el primer ministro se da cuenta que su imagen pública parece resquebrajarse. ¿A qué se debe eso? La verdad que varios factores explican la “caída en picada” de Berlusconi y de su Gobierno: en primer lugar, influyen los numerosos casos de corrupción que protagonizan miembros del Gobierno –ya contamos las “dimisiones forzadas” del ya ex ministro de Industria, Scajola- y la cúpula de su partido. Las revelaciones sobre la adjudicación de obras públicas parecen salpicar al Gobierno en una especie de turbio remolino y arrastra todo lo que toca. Mientras Berlusconi, consciente del peligro y de la indignación general provocada por los escándalos promete “castigos ejemplares”, el presidente del Senado minimiza el evento, tachándolo de “mera micro-criminalidad”. Otra causa de la pérdida de confianza es el plan de ajuste presupuestario que prevé la aplicación de medidas parecidas a las que están provocando tantas polémicas en España: recortes salariales, congelamiento de los mismos, aumento de la edad pensionable, bloqueo de la contratación pública y más recortes.

Pero, no cabe duda de que haya más causas, como la división interna de la mayoría. Las luchas intestinas, los litigios fratricidas entre Berlusconi y el presidente de la Cámara, Fini están debilitando al Gobierno y, cosa más grave, ralentizando cualquier tipo de reforma. O el tema judicial, sobre el cual el Gobierno ha perdido mucha credibilidad: ya no se habla de mayor eficacia y rapidez del sistema judicial, sino de cuál será el próximo intento para garantizar la impunidad del primer ministro. O también los datos publicados sobre el ritmo de trabajo de los parlamentarios: según una investigación, los diputados trabajan 16 horas a la semana percibiendo un sueldo más que envidiable. Sin embargo, comparada con las 9 horas semanales de los senadores, ¡estos casi pueden pasar por estajanovistas!

Tantas causas explican la pérdida de confianza. La opinión pública italiana se muestra confundida y perpleja entre tantos escándalos y la inoperatividad del actual Gobierno. Sin embargo, el descrédito afecta al resto de los partidos políticos. De hecho, lo que más preocupa resulta ser que los italianos no conciben a una alternativa. Después de Berlusconi, ¿qué? El problema es que no existe alternativa: ningún partido parece capaz de perfilarse como opción creíble y atraer a los descontentos. Paradójicamente si se votase hoy, Berlusconi ganaría otra vez las elecciones (¿limites de una democracia?). La falta de alternativa, una ley electoral discutible, un electorado desconfiado y harto de la clase política actual –por lo tanto, propenso al abstencionismo-, el aumento de peso de la Lega Norte favorecen la permanencia al poder de “mal menor”, de lo que, tristemente, se percibe como la “única posibilidad viable o elección posible”. Sin alternativa creíble ni una oferta política decente, la dictadura del bufón seguirá “vita natural durante”.
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