26 de enero de 2021, 4:14:39
Opinión


Luces y sombras de Sanisidro IV

José Suárez-Inclán


El 21 de mayo, viernes, la afición taurina, renovaba por decimosexta vez sus esperanzas ante la desesperación de este Sanisidro. Para más de uno la feria empezaba entonces. Los exquisitos lo dicen —algún lenguaraz llenándose la boca—, los aficionados lo callan o lo asumen en familia, familia taurina que abarrota y colorea los tendidos. Calor de corrida cara, luz de taladro. “Opíparo”, un jabonero cinqueño, abría un encierro blando y noble de Juanpedro. ¡Cómo lancea a la verónica Aparicio! ¡Cómo abrocha la media! El misterio de la gracia y el donaire. Un baile nocturno de hoguera y estrellas, un cante olvidado bajo las golondrinas de Las Ventas. Toreo libre y negro, de aromas gitanos. Había pareado en lo alto Ángel Otero —de negro y azabache— y ya estaba el matador —de catafalco y blanco— atravesando las rayas con el toro enredado, desmayada la tela, diciendo cosas —en bajo, con medios pases, con torería altanera— cuando perdió pie, cayó de espaldas, quiso levantarse y taparse con la muleta; lo vio el toro y le metió un pitón que atravesó mandíbula y paladar, cosió la lengua y salió por la boca. Todos hemos visto las fotos espeluznantes. Se iba Aparicio ahogando por el callejón, la mano en la garganta, el gesto trágico de toreos y portadores, la puerta abierta de la enfermería y un rumor uniforme de consternación postró la plaza. Se había quedado solo “Opíparo” en la arena con el pitón izquierdo teñido de sangre. Morante, compungido, le dio tres naturales de reparación y lo mató mientras cuarenta mil ojos miraban a la puerta cerrada de la enfermería. Cogida terrible, similar a la que sufrieran Pauloba o Rincón; idéntica a la que recibió Luis Gómez “El Estudiante” en Pamplona en el 44, el torero madrileño de Alcalá, que cumpliría 100 años en 2011, y al que la Comunidad no ha recordado con un azulejo esta plaza.

A pesar de los pesares, el torero de La Puebla, capote en mano, le arqueó la cintura, el compás y los brazos a otro jabonero de Juanpedro, y en la media había roto el conjuro de silencio. No tuvo más el toro, sí el torero, que en su 2º (un sobrero de Mª. Carmen Camacho) apareció con un capote largo y barroco, como una llama, y se salió de las verónicas serpenteando. Un arrebato lírico y doloroso que jaleó el público y que se reposó en el quite. No era toro de ligar: toreo compuesto para un toro descompuesto.

El Cid reclamó atención y hasta compasión. Si en su primer toro, justo tras la cogida, había un silencio helado en el primer tercio, se fue luego despacio, un poco teatral, muleta en la izquierda, hacia el animal que de puro flojo se paró a mitad del segundo natural y lo echó al aire. Con la mano en la taleguilla rota hacía El Cid aspavientos que sonaban a cornada grave. Luego mandó retirar a su cuadrilla y volvió al toro, que seguía sin desplazarse, con un peligro mortecino y triste. Le arreglaron los desgarros con cinta adhesiva. No hubo parte médico. En el último toro de la tarde frustrada y trágica el de Salteras cortó al fin una oreja: la pedía a gritos y salió el Juanpedro noble, astifino, codicioso y rítmico con el que sueñan los toreros. Última oportunidad. El Cid le ganó pasos a la verónica, Alcalareño lo pareó bien y el torero se fue encajando en series de derechazos, ligadas e insípidas, con el toro fijo que alargaba el cuello hasta en los descansos. Un espadazo en lo alto devolvió al matador la moral. A nosotros no. Muchos salimos cabizbajos de la plaza.

Todas las Puertas Grandes son para los rejoneadores. Al menos en esta feria. No por esperadas dejan de encender pasiones y frente a una corrida más que complicada de Flores Tassara, Diego Ventura, siempre emocionante y con sorprendente oficio, cortó un trofeo por toro. Y Leonardo Hernández dio de nuevo una lección de toreo a caballo superando la barrera de lo imposible con un animal que no estaba por embestir. Sucedió el 22.

Los toros de Cuadri, grandes, poderosos, hondos, con caja y trapío, papada y badana, no defraudaron. No así los toreros (ya se sabe el dichoso dicho). López Chaves, mucha afición, muy tenso, muy rígido, echó para fuera al 1º y al 4º —gran toro— le hizo una derechacería, un naturalicidio y le dio un navajazo. Salvador Cortés no dijo nada. Y eso que el 5º acudía bravo y codicioso a la muleta deslizando su mole castaña. Una pena. Cuando cayó uno de sus toros sonó, agraviante, “El genial Antoñete”. David Mora recibió los únicos oles domingueros de la tarde de un público complacido y complaciente ante una ardorosa media, un gran redondo, un natural de vuelo suave, un sabroso ayudado... un bajonazo. Cosas. Pero merecían más los Cuadri.

También tuvo su picante la novillada —casi corrida— de Guadaira. Se ovacionó al 3º y se aplaudieron 2º y 4º. Uno del lote para cada diestro. No pudieron con ellos. El mexicano Arturo Saldívar, vertical y espigado como ciprés, se prodigó en quites (de la chicuelina a la revolera pasando por orticinas, navarras, tafalleras...) y dejó muestras de valor, de oficio desigual, de una alegría seria, con cierta personalidad. Espeso y basto anduvo Luis Miguel Casares, que suplió su falta de toreo con dos estocadas para matar la frustración. Cristian Escribano no pudo poner a su ritmo al repetidor tercero y las maneras eran más de adivinar que de constatar. La noche se llevó un cielo clásico, como de Poussin, pero el toreo clásico apenas había aparecido en la feria. ¿Lo haría en la corrida de la prensa?
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