18 de septiembre de 2021, 22:10:01
Opinión


El arte del poder

Pedro González-Trevijano


El poder, en tanto que señor todo poderoso, disfruta de su propio arte. Un arte de perfiles poliédricos y de variadas manifestaciones. Ahora la grandiosa proclamación de un príncipe heredero, después la hidalga investidura de caballeros y demás componentes del consilium regis, más tarde la épica exaltación de una batalla, acto seguido la completa subyugación del enemigo, a continuación el gozoso nacimiento del heredero… Aunque, como nos demuestra la exposición que con el título, precisamente, El arte del poder podemos ver en el Museo del Prado, ninguna otra expresión quizás mejor del pouvoir, que la ligada a su traje kratológico más definitorio. A saber, la que se articula a través de las más logradas armaduras reales y nobiliarias. Colecciones que van mucho más allá, en tanto que armas de lujo, de los utilitaristas arsenales militares.

De esta suerte, las colecciones reales y nobiliarias de armas explicitan, sobre todo desde el último tercio del siglo XV y a lo largo del siglo XVI, la más adecuada exteriorización de un poder aristocrático refinado, exclusivo y distinguido. Unas armaduras que dotan a sus privilegiados propietarios de potestas y autoritas, de autoritas y potestas. Las dos cualidades exactamente igual de necesarias en reyes, príncipes y nobles. Lo que explica que, mientras en la Antigüedad y la Edad Media, las armaduras eran principalmente objeto de una finalidad meramente militar, con la llegada del mundano Renacimiento, se incorporan a las mismas elementos artesanales y decorativos hasta entonces desconocidos. Poco tienen pues que ver nuestras armaduras, celadas, borgoñotas, rodelas, testeras, bardas, capacetes, con las del colérico Aquiles o con la cómica protección de nuestro caballero andante Don Quijote de la Mancha.

Y en este ámbito, como en tantos otros, la Casa de Austria, con el emperador Carlos V y su hijo Felipe II -el creador de la Real Armería- son el mejor exponente de la significación atribuida a las armaduras reales. Para darnos cuenta de su relevancia, Felipe II, ni más ni menos que en su testamento de 1594, y en su posterior codicilo de 1597, prescribía tajantemente la prohibición de que su colección de armaduras se disgregara a su muerte. Dos monarcas a quienes sus centelleantes armas identifican con los mismísimos emperadores romanos. Y así, los nuevos emperadores modernos de la España del siglo XVI, Carlos y Felipe, se dotan de una extraordinaria armería, sin que importe que a Felipe II, a diferencia de su padre, no le preocupara el ejercicio de las armas. Hay que entender, como estudiaba el historiador Ramón Carande, la insalvable distancia entre un rey nómada (Carlos V) y un monarca sedentario (Felipe II). Pero la imagen de poder regio, cristalizado en las mejores piezas de sus armaduras, los vincula a la más refulgente historia del arte del poder.

Hoy, cuando la vulgarización, lleva a creer a nuestros hijos que no hay más míticas corazas que las de la película de los 300 de Leónidas; cuando piensan que las más firmes armaduras son las del general Máximo en las peleas circenses de Gladiador; cuando creen que las armaduras más conseguidas son las de los héroes del Señor de los Anillos; o, en el mejor caso, caen hechizados ante el encanto de las plateadas corazas del rey Arturo en Excalibur, no está de más un riguroso peregrinaje por las deslumbrantes armas de los dos monarcas de la Casa de Habsburgo.

Basta para ello con dejarse caer, ¡otra vez más!, por el Museo del Prado. Nuestra pinacoteca nos brinda la ocasión de deleitarnos con unas piezas únicas. Únicas, tanto por su calidad, obra de los mejores artesanos (los hermanos Negroli, la familia Helmschmid, Grosschedel, el taller de Leone y Pompeo Leoni), como por sus destinatarios (monarcas, reyes y príncipes). Todas ellas formidables, aunque si tuviéramos que quedarnos con algunas, serían, por supuesto, las de los mentados Carlos y Felipe. Y así tendrán la dicha de observar, mientras se detienen en el lienzo del emperador Carlos V a caballo en Mühlberg de Tiziano, la armadura que vestía Carolas en la batalla contra la Liga protestante de Smalkanda; y lo mismo se puede decir, si nos paramos ante el Retrato de pie de Felipe II, del inigualable artista veneciano, y su paralela armadura. Aunque, por favor, no se pierdan tampoco el delicioso lienzo de Carlos V con una espada a los siete años. Después, ¡el tiempo siempre altera las cosas!, reinaron los Austrias menores (Felipe III, Felipe IV y Carlos II) y el auge creciente de la artillería con la paralela pérdida de valor de las armaduras. Más tarde, con el advenimiento de los Borbones, siguiendo la estela de Luis XIV, asistimos a una artesanía más pomposa. El retrato de Carlos III en armadura de Mengs es su más conseguida caracterización.

Aunque, como casi siempre, tiene que haber un descreído. En este caso, el único capaz de poner en entredicho las glorias del arte del poder. Incluido el de su señor, el rey Felipe IV. Me refiero, naturalmente, a Velázquez, con su desolado y rubesiano Marte, que tiene a sus pies sus armas de combate. ¡Pero, claro está, hablamos de Velázquez!
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