16 de abril de 2021, 21:29:29
Opinión


El Metaniversario

José Suárez-Inclán


Ya nadie recuerda de qué aniversario se trata. Nació esta feria pícara como un subterfugio para poder alargar Sanisidro (Los 75 años de Las Ventas), una coartada perfecta para continuar durante un mes sin interrupción el abono taurino y hacerle un quiebro a plazos e intervalos en la normativa de temporalización de festejos. Se cambia el nombre y punto. Así fue y así continúa. Ahora con el ampuloso nombre de Aniversario: ¿aniversario de qué? Más bien Metaniversario, pues la perspicacia empresarial festeja cada año el aniversario de la propia “Feria del Aniversario”.

Solventadas las minucias legales, surge le verdadero problema: ¿hay aguante suficiente por parte del respetable para llenar la plaza durante un mes seguido con los carteles propuestos? La plaza se llena, pero el aguante hace aguas. Hay razones externas —o al menos periféricas— a la pura afición a esta fiesta que justifican la imagen de los tendidos rebosantes en estas fechas: el abanico abarca desde las sociales hasta las metataurinas: comprar todo el abono para no perder todo el abono. Como las listas cerradas en las elecciones. La empresa lo sabe y lo aprovecha. Nada nuevo. Pero el tono desabrido de las gradas, su abulia que deviene a menudo en severidad maligna, la carencia festiva y generosa en este ritual festivo y generoso ¿no piden a gritos un replanteamiento de la feria taurina por excelencia? (estaba a punto de que se me escapase el término “sostenible”).

Y sin embargo, tras este Sanisdidro descafeinado y largo, llegó el Metaniversario y aparecieron, de nuevo, no se sabe de dónde ni de cuándo, las cosas inolvidables del toreo. No respetaré el orden porque lo principal urge, lo inefable aprieta como una embestida, se atropella como torrente de esta primavera. Por supuesto hablamos de los tercios de quites que tuvieron lugar el miércoles 2, corrida de la Beneficencia, realizados por Morante, Luque y Cayetano a los toros de “Núñez del Cuvillo”.

Seguro, sereno, torero de natural empaque —de grana y oro— se había mostrado Morante con un 1º que salta, topa y cabecea, al que machetea con gusto, y lo toma en el tercio con tres naturales diferentes y un derechazo generoso y desmayado, de medio vuelo en majestad. Natural empaque que continuaría Cayetano en el 2º: verónicas que evolucionan de los pies juntos al compás abierto. Galopa bien el toro y prueba el torero las tijerillas, casi orticinas en el quite, muy toreadas, pierna adelante, hasta el remate con larga alta que por centímetros no termina en cordobesa. No estuvo la franela a la altura del percal. Y el toro lo merecía.

Y llegó el joven Luque: cara ávida para toro bajo, bien hecho, puntas veletas. Y no lanceó mal, ante el silencio ya habitual del público. ¡Morante al quite! Silencio. La verónica eterna, lenta, dormida en el terreno sin nombre que hay entre el aire y la arena; dormida con el toro negro dentro, desaparecido para siempre. No para siempre: respondió, valiente, osado, Luque —después declararía que llevaba soñando este momento toda su vida— con las verónicas de un capote lento, de buen trazo, absorbido de deseo. Volvió Morante a la arena con decisión torera y dejó en el aire tres chicuelinas y una media para el libro de leyendas del toreo: puro garbo, alegría ardiendo, poesía del barroco sevillano —del mejor barroco—, poemas del toreo. Y allá estaba Luque de nuevo, mariposeando con rabia creadora en otras dos chicuelinas y una media de latigazo, el cuerpo gritando de pura furia. Se desmonteraron ambos y se dieron la mano. Al fin hervía el coso madrileño. Tras 28 corridas ininterrumpidas. Recibió al toro Luque en la muleta con estatuarios, el mentón metido, muleta adelante, compás abierto, garbo y desafío; equilibra la balanza con la mano arriba y remata con trinchera, kikiriki y firma. Pura voracidad. Pero aún volvería el fuego a la arena.

A Manzanilla, un jabonero claro, lo recibió Morante con calma, gracia… lo que los toreros llaman la “pureza” del arte. ¿Había acaso toro para poder pintar brochazo a brochazo, capotazo a capotazo, tantos carteles, para bailar esos delantales ceñidos, para esa media belmontina de la que él mismo salió emocionado? Lo hubo hasta la muleta. Y no desaprovechó Cayetano su oportunidad, su réplica silenciosa para iniciar el “Quite de Ronda” tomando el capote por detrás con una larga para dar gaoneras de verdad, buscando, pierna al frente, la cabeza del toro: toreo auténtico, del bueno, entrega viva. Morante, con ayudados, derechazos cortos a la medida del animal exhausto, templando airoso y dulce como el que va andando, llevaba la espada de verdad y se tiró a matar a lo alto con una estocada de las que valían una oreja cuando en los tendidos de Madrid gustaban los toros. Se había salvado la feria.

Y a partir de aquí las cosas rodaron de otro modo, como si la afición afligida despertase con los capotazos, el sol y las moscas. Nada había pasado el 31: a Urdiales se le fue un buen toro de “Valdefresno”, Pinar mostró serena firmeza y Tendero una estimable cintura moviendo el capote y una buena caída de brazos en la media. Pero luego anduvo triste y aseado y la gente estaba tan amuermada que nos se oía sino el sonido seco y uniforme de un ronquido permanente. Nada celebrado ni censurado en el enjambre achicharrado de Las Ventas. Poco sucedió el 1 en la corrida de “El Vellosino”: silencio para la desvencijada torería —“de carrera de la edad, cansada”— de Juan Mora; pitos para un Conde desconcertado y teatral que dio algún pase suelto en faena pesada y relamida y, al fin, aire en las verónicas al 3º de Curro Díaz, en las trincheras, en cierta gracia templada, con el compás asentado en los redondos lentos y sabrosos, con brazo flamenco en la trincherilla. Enganchó tela el toro, pero en la arena dibujaba Curro con esa imperfección hermosa y crispante, llena de torería y de defectos, con ese “a punto de” de sus medias faenas que volvieron con su muleta baja y su empaque en el 6º, con naturales largos y enjundioso de pecho. El toro más joven de la corrida tenía cinco años y medio. El 3º y el 5º se aplaudieron.

Castella —ya mudado el humor de la plaza— pudo sentirse a gusto: capote bajo a pies juntos y muleta suave que aguantó un parón con el valor seco que trae en el misterio cruzado de su sangre múltiple. Movió la muñeca y el brazo izquierdo con ejemplar soltura, muy asentado en los medios, quieto y silencioso, emotivo como los toreros de valor. Cambió y despreció en un ladrillo y cobro una estocada que le valió una oreja. Sonrió Castella, que olía a Puerta Grande, y toreó a gusto y confiado desde su recibo al 5º, un toro que galopa y ante el que el torero se atropella tras los consabidos estatuarios, cambiados por detrás, trincherillas y desprecios. Le ha contagiado el burel la codicia. Castella ha de apaciguar las arterias, templar los nervios, bajar los latidos de las sienes. Sigue en los medios y los naturales salen largos, partidos, muy perfectos. ¡Vaya toro! No dejó de embestir y el diestro se pasó de faena. Pero le dejó un beso con la mano en el rizado morrillo. Perdió la Puerta Grande, pero estaba feliz. No podemos decir lo mismo de Fundi, que aunque dio una lidia perfecta al 4º hasta tenerlo templado en la muleta le faltó abrir el hueco por el que entra el turbión de ligar y emocionar. Un Perera desalentado no pudo despegarse de la sombra del toreo de Castella.

Si los tópicos no pesasen como pesan el público habría vibrado con el lentísimo, profundo, capote del Fandi con los de “La Palmosilla”. Si exceptuamos los quites aúreos del día 2, el más excelso toreo de percal de la serie. También la franela llevó trazos clásicos. La afición no consiguió superar el mundo chato de lo preconcebido y apenas prodigó unas palmas cicateras a faenas de mérito y vitola. En sus dos toros. A Rafaelillo le pesó igualmente el mismo público que lo había aupado al parnaso en su gran tarde con los “Aguirre”. A Tejela le pesó todo, y no despertó su corazón aplomado. Ni siquiera con el gran sobrero de Moisés Fraile

Sí lo hicieron, al día siguiente, los de Abellán y de Juan Bautista, a los que también ha aletargado a menudo el virus de la indolencia. Apareció en el epílogo de la feria el bombeo torero de sus venas. Abellán volvió a su hacer serio y entregado en su primer reservón, y sabio y experto en su 2º, toro que iba a más y al que humilló, dio tiempo y distancia y templó en tandas ligadas. El colofón lo puso Juan Bautista en esta gran corrida del “Cortijillo” de los Lozano. El toreo medido y armónico del de Arles, limó frialdades cartesianas y se entregó a la codicia de su primer toro —si llega a atemperarse lo borda— en un atropello de sangre, coraje y muleta. En el 5º ganaba a su ímpetu descubierto su impecable oficio, su arte clásico y armónico. Como su paisano, el regusto lo hizo demorarse, pero aún así abrió la Puerta Grande. El mexicano Saldívar, racimo de alardes y personalidad, debe encontrar el espacio en el que salga el valor variado de su toreo. Cuidarse del tomasismo y sus epígonos.

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