15 de junio de 2021, 10:59:56
Los Lunes de El Imparcial

reseña


Patrick Senécal: El umbral


Patrick Senécal: El umbral. Traducción de Amelia Ros García. Umbriel. Barcelona, 2010. 410 pág. 17 €


Desde que Patrick Senécal publicó 5150 rue des Ormes, en 1994, ocho obras más han confirmado su gran pasión narrativa, aunque fue con la edición de El umbral, 1998 –y su posterior adaptación a la gran pantalla–, como logró un lugar de honor en la novela de terror. Cuando era todavía muy joven se sintió atraído por la medicina, aunque pronto se inclinó hacia las letras; y su graduación en Filología Francesa, su participación en un grupo de comedia o su cargo como profesor de literatura y cine (en Drummondville, Quebec) no hicieron sino aumentar la fascinación que ya sentía por el relato de ficción: en especial, el que favorecía su exploración de la cara oscura del ser humano.

¿Por qué un padre de familia ejemplar, con un sentido comedido de la justicia, puede perder la cabeza y ponerse a disparar a diestro y siniestro? ¿Por qué dos jóvenes un buen día, sin mediar razón aparente, se matan a navajazos?... El curtido psiquiatra Paul Lacasse responderá, con cierta dosis de seguridad y bastante desilusión, que tales sujetos no tienen nada de extraordinario pues simplemente operan bajo los síntomas delirantes de una psicosis. Su exceso de cinismo tal vez se deba a que, al parecer, le ha llegado el momento de jubilarse. Pero, el insólito estado –catatónico y mutilado– en el escenario de un malogrado suicidio, en que ha sido hallado el famoso autor de terror Thomas Roy, paciente actual de Lacasse, evoca su inveterada fascinación –y también repugnancia– por el “reflejo extraño”, “indefinible”, “sombrío”… en la mirada de esos engendros; y renueva la huella que han dejado en él las lapidarias ocurrencias de antiguos enfermos. Todo ello le obligará a mantenerse en el umbral.

Senécal exhibe una extraordinaria capacidad en la construcción de los personajes, y ejerce con ironía la autocrítica al enunciar, sin reservas, los puntos flacos que podrían achacársele a su obra cuando el escéptico protagonista califica la clase de escritura (“cruenta”, “popular”, “¡Un fin artístico! ¡Lo que hay que oír!”…) con la que su paciente –el célebre Thomas Roy– ha trepado hasta la cima. Poco después muestra también sentido del humor, al dejar asomar la debilidad del serio doctor –en su particular escalada irracional– que se deja engatusar por los buitres de la prensa sensacionalista.

El autor canadiense prodiga paciencia e intrepidez cuando escudriña la región demencial del humano que linda con lo monstruoso. Seres dantescos que adeudan parte de su existencia a la faceta morbosa de los mortales, o de algunos medios de comunicación, al lado de otros más juiciosos –como el incrédulo y miope narrador, en primera persona, vislumbre de la aburrida cotidianeidad– emergen, lentamente, al servicio de una trama que se entrevé diabólica en la mente del lector –antes que sobre el papel– y conecta con la incómoda brutalidad que el sujeto casi nunca aprende a exorcizar.

Por Inmaculada López Molina
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