15 de octubre de 2019, 16:06:35
Opinion


Reforma laboral: el Gobierno, en paro



Que el mercado de trabajo no funciona es un hecho que avalan los más de cuatro millones y medio de desempleados que hay actualmente en España. De ahí que el Gobierno se haya decidido a hacer algo -por fin-, aprobando ayer miércoles el Real Decreto por el que aborda el manido tema de la reforma laboral. La cual, por otro lado, no ha dejado satisfecho a nadie, generando una unanimidad en el rechazo que bien merece ser tenida en cuenta. Disgusta a la patronal, que se queja de que más que reforma es una “reformita”, en clara alusión a lo timorato del texto en cuestión. Disgusta a los sindicatos, porque les retrata: durante estos años han apoyado el modelo que ha llevado a España al nivel de destrucción de empleo más elevado que se recuerda, presentando unos resultados que a la vista están. Y disgusta por igual a la oposición en bloque: ni uno solo de los partidos del arco parlamentario ha dado su apoyo al Gobierno. Por algo será.

Bien es verdad que al tramitarse como proyecto de ley, podrán introducirse enmiendas que salven la cara a un Ejecutivo que pocas veces se habrá visto en semejante soledad. Pero no es menos cierto que un descontento tan generalizado tiene que ser por fuerza sinónimo de que las cosas se han hecho mal. Porque abaratar el despido es necesario pero no es la panacea del mercado laboral. Abaratar y simplificar la creación de puestos de trabajo, rebajar las cotizaciones a la Seguridad Social, incentivar y bonificar modalidades de contratación diferentes, eliminar de una vez las rigideces de la negociación colectiva u optimizar recursos tales como los fondos destinados a cursos de formación y el espinoso PER, son sólo algunos de los aspectos por los que el Real Decreto pasa de puntillas, cuando no soslaya del todo. Además, llega tarde e incompleto. Tiene razón Rodrigo Rato -que algo sabe de esto- cuando dice que el Gobierno debería aprovechar la oportunidad que supone emprender por fin la reforma laboral para no quedarse corto y cubrir todos los frentes que sea menester, por más que cueste en cifras de sondeo.

Caso contrario, la reforma en cuestión podría quedar en un inútil parcheo que dificultaría aún más la salida de la recesión. Y recuérdese que “los especuladores” están al acecho: un término satanizado que, traducido a una semántica occidental normal, que no carpetovetónica, quiere decir, en realidad, aquellos ahorradores e inversores –empezando por los propios españoles- que prestan dinero a un Estado como el español, que lo necesita, si éste ofrece garantías de seguridad y solvencia. Y, si dichas garantías se deterioran, los préstamos fluyen en cuantía decreciente pero a tipos cada vez más caros, como les pasa a los malos pagadores.
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