10 de diciembre de 2019, 2:02:37
Opinion


Una de espías: Patria, nación, traición

Javier Rupérez


La noticia de que un antiguo agente del Centro Nacional de Inteligencia español ha sido condenado por un delito de traición –traición a la patria, se debe entender-al haber sido hallado culpable de facilitar documentación confidencial a un servicio secreto extranjero viene acompañada de un curioso dato estadístico: es la primera vez en democracia que alguien en nuestro país ha sido condenado por ese concepto. Las interpretaciones del apunte son varias: ¿no ha existido nadie que en todo este tiempo haya traicionado a la patria, en los términos previstos en el código penal?; ¿es excesivo el concepto e indebidamente pesada la condena?; ¿acaso no encontramos en la misma mención del dato una crítica implícita al resultado de la acción emprendida contra el ex espía? ; o por el contrario, ¿de qué sorprendernos?

No es malo recuperar el sentido de lo que,- es cierto, con alguna prosopopeya- se venía en llamar traición a la patria. En una asociación inconsciente, esos grandes conceptos quedaban en nuestro almario asociados a momentos del pasado en los que, ausentes las vías democráticas, una decisión arbitraria pudiera encontrar reos de tal graves crímenes a cualquier adversario o disidente. Pero también en democracia existe
la patria –bien que muchos la quieran menguante- y la necesidad de proteger sus intereses en los términos que las instituciones constitucionales decidan.

Pareciera como si efectivamente el ex agente del CNI, llevado a los tribunales por el ministerio fiscal y condenado por los jueces en los términos que marcan las leyes vigentes, hubiera procedido voluntariamente a poner en conocimiento de los agentes de un tercer país informaciones que podrían poner en peligro nuestra seguridad nacional. A eso cualquier ciudadano con capacidad de entendimiento medio le llama traición –o, al menos, acción constitutiva de delito-. El artículo 584 del vigente Código Penal español tipifica con claridad la conducta y su pena: entre seis y doce años de cárcel.

Cuando el relativismo parece ser la norma que sustituye a todas las demás en el hirsuto panorama español una sentencia que recupera, por indirectamente que sea, la nociones de la patria, de la traición a la misma, de la seguridad nacional, de la urgencia de su defensa contiene un bienvenido perfume. Aunque solo fuera para recordar que en los países de nuestro entorno -expresión con que ambiguamente nos queremos referir a los países a los que queremos parecernos: Francia, Alemania, Canadá, Estados Unidos- esos conceptos y la realidad que encierran están profundamente interiorizados en la ciudadanía y vigorosamente defendidos por jueces y tribunales.

Como bien sabemos –y en eso no somos muy diferentes de otros- los mejores servicios de inteligencia son aquellos de los que se habla poco y hacen mucho. Los nuestros han tenido en épocas varias, todas ellas relativamente recientes, manifestaciones de una patente disfuncionalidad, traducida en una escandalosa presencia mediática, causa a su vez de ineficacia y desmoralización. En el correspondiente contagio, alguno de sus integrantes han podido llegar a pensar que, bendita sea la capacidad proverbial castellana, “todo el monte es orégano”. La sentencia contra el espía podría indicar, y uno fervientemente lo desea, que ello no es así, en ejemplar aviso para navegantes y reforzamiento de la sacrificada voluntad de servicio de los que de forma leal –presumiblemente la inmensa mayoría- prestan sus servicios a la patria en la sombra.

Porque espías hailos, ajenos y propios, y aquellos que atribuían sus existencia exclusivamente a la época histórica definida por el término Guerra Fría y caracterizada en la lucha sin cuartel entre agentes occidentales y soviéticos, reconocen hoy modestamente que el “dividendo de la paz” tan cacareado en el comienzo de la década de los noventa no ha traído consigo la disminución de las legiones de los que profesionalmente, y generalmente con aviesas intenciones, se dedican a observar lo que los demás hacen.

Fueron los rusos, quizás respondiendo con ellos a su inveterada afición a la cosa, que ya la OKHRANA zarista había puesto de relieve los gustos por la conspiración, los que siguieron espiando tras la desaparición de la URSS como si nada hubiera ocurrido. Lo que en su momento fue la CHEKA, y luego la NKVD, y luego la KGB, y ahora la FSB constituyen distintas fachadas del mismo fondo de negocio. La presencia de caracterizados operativos de los servicios soviéticos en los más altos escalones de la jerarquía de la Federación Rusa actual lo dicen casi todo al respecto. El espía ahora condenado a doce años de prisión por sus desmanes contra la seguridad nacional trabajaba para Moscú a cambio de una suculenta retribución. Y para que la historia fuera completa, sus manejos fueron descubiertos por un agente doble hispano ruso quien, al sospechar los servicios moscovitas de su juego, fue conminado a regresar a la capital del antiguo imperio. Según todos los indicios, y como ya ocurriera con las purgas estalinistas de finales de los treinta, tan sañudamente dirigidas entre otros contra los soviéticos que habían participado en la guerra civil española, del retornado nunca más se supo. Al menos a su medio colega español la queda la vida para contarlo. Difícil comprender el cómo y el porqué de la mansedumbre con que entonces soviéticos, y ahora rusos, se dirigen conscientemente al cadalso. Entre tanto, y como era de temer, los servicios americanos habían interrumpido el flujo de información hacia sus correspondientes españoles ante el temor, por desgracia confirmado, de que estos estaban “comprometidos”.

Es esta una historia medio antigua puesta de nuevo de actualidad por la condena al poco escrupuloso ex agente y cuya moral no debe ser olvidada. La patria no debe condonar la traición. La patria, que todos queremos generosa y fuerte, no puede cerrar los ojos a las formas poco amistosas con que algunos demuestran su voluntad de injerencia. Claro que no cabe echar los pies por alto ni cubrirse con la clámide de la dignidad ofendida: en el camino nos encontraremos. Pero no son estas novelas de Tom Clancy o John Le Carré. Real como la vida misma, y como ella llena de ruido y de furia. Es bueno que lo sepamos.
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