13 de junio de 2021, 13:54:55
Los Lunes de El Imparcial

reseña


Gustave Flaubert y George Sand: Correspondencia (1866-1876)


Gustave Flaubert y George Sand: Correspondencia (1866-1876). Traducción, notas y epílogo de Albert Julibert. Marbot. Barcelona, 2010. 283 páginas. 23 €


La correspondencia supone una de las manifestaciones más íntimas de la comunicación entre dos personas. En un siglo que está perdiendo el gusto por el papel como soporte de la escritura y forma de contacto, leer las cartas que intercambiaron Gustave Flaubert y George Sand resulta una experiencia anacrónica pero de singular deleite. A través de las líneas que cada uno dedicó al otro se puede indagar en la personalidad del audaz autor de Madame Bovary, cuya lucidez e inteligencia sólo fue capaz de dulcificar y “humanizar” una mujer escondida tras un seudónimo masculino: Amandine Aurore Lucile Dupin, conocida en su tiempo como el escritor George Sand.

A pesar de la diferencia de edad entre ambos autores (George Sand era diecisiete años mayor que Flaubert) y de sus casi opuestos presupuestos estéticos y vitales, el vínculo que se estableció entre ambos autores sobrepasó los límites de lo estrictamente literario. Si bien sus cartas se encuentran repletas de referencias a sus obras y al clima cultural de la Francia de mediados del siglo XIX, se percibe una conexión mucho más profunda entre ellos en forma de admiración recíproca. Flaubert alcanzó una notoriedad y una calidad literaria muy superior a la de la autora de Cadio, que ésta siempre supo reconocer desde su ingenuidad, vitalidad y optimismo. Y fueron precisamente esas cualidades las que guiaron su pluma en cada palabra que trazó pensando en un Flaubert reacio a asumir la superioridad de la vida respecto al arte.

Las angustias literarias de Flaubert impregnan el tono de sus misivas, en las que realiza una clara exposición de sus principios estéticos. “Siento una repulsión invencible a poner sobre el papel cualquier asunto de mi corazón”, escribiría a su “maestra”. La respuesta de Sand ofrece una idea de la gran distancia estética que separó a dos almas unidas sin embargo por una ternura y un afecto exquisitos: “¿No poner nada del propio corazón en lo que uno escribe? No lo entiendo en absoluto, pero en absoluto. A mí me parece que no se puede poner otra cosa”. Quizá el autor de Salambó evitase deliberadamente volcar sus sentimientos en las obras, escasas pero fundamentales, que regaló al gran público. Sin embargo, en cada línea que ofreció a su amiga y maestra se percibe lo mejor y lo peor, lo profundamente humano, del genial Flaubert.

Por Lorena Valera Villaba
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2021   |  www.elimparcial.es