14 de octubre de 2019, 20:12:07
Opinion


Tolerancia

José María Herrera


La mitad de una cosa, esa mitad que suele escapársenos, contra la que se han estrellado y contra la que se estrellarán siempre los saberes objetivos, es su situación.

Situación no significa sólo posición en cierto lugar, sino también los vínculos que una cosa mantiene con el mundo que la rodea y al que pertenece.

Una manzana cualquiera, exactamente igual a las demás, no es la misma manzana si ha sido arrojada en medio de un baile por la diosa de la discordia y tres diosas disputan por poseerla, si lleva en sus flancos la huella de la dentadura de Eva o si acaba de despertar a Isaac Newton de un sueño profundo. La situación cambia, y con ella la cosa; y lo hace de tal modo que también esto resulta para ella algo esencial.

La mitad de una cosa es su situación, pero la situación no es algo que pueda fijarse objetivamente. Se nos escapa de las manos. A fin de sortear esta dificultad, la ciencia moderna recurrió a un procedimiento extraordinario: suponer que todas las situaciones se reducen en última instancia a una única situación, la situación cero que llamamos “materia” o “universo”. El resultado fue nada más y nada menos que el dominio de la tierra.

Universo y materia no son, sin embargo, cosas. Que vulgarmente nos refiramos a ellos como si lo fueran es un ejemplo de lo poco que se reflexiona en el significado de las palabras. Ambos términos aluden a lo que está siempre por debajo de cualquier experiencia: son, por decirlo de alguna forma, la situación de las situaciones, esa situación neutral y, por tanto, ideal que inhabilita el concepto de situación y hace posible, soslayando las dificultades que su existencia plantea, conocer las cosas objetivamente. Y es que las cosas, para la ciencia, sólo muestran lo que en verdad son cuando, en vez de considerarlas desde una situación en particular, las contemplamos desde esa situación cero que las despoja de toda significación.

La neutralidad científica lo es primordialmente porque neutraliza la heterogeneidad de la experiencia, porque anula la diversidad derivada de la pluralidad de culturas e interpretaciones. Los increíbles resultados obtenidos en el orden práctico gracias a ella parecen haber convencido al hombre contemporáneo de la conveniencia de trasladar este método a otros órdenes de la existencia. ¿No sería posible, por ejemplo, crear una situación cero en el orden político que, suspendiendo los ideales, las culturas, las significaciones, facilitara la convivencia? La democracia, la declaración universal de derechos, el libre mercado constituirían, en el modo en que ahora son concebidos, esa situación neutral en la que el hombre, al igual que las cosas cuando son vistas desde la materia o el universo, comparece en su verdad, sin las distorsiones derivadas de la diversidad cultural, de la proliferación de significados, de la existencia de mundos humanos. A esto denominamos “globalización”, un término que, como los de “materia” y “universo”, más que comprenderlo todo parece más bien no querer dejar nada fuera.

Pero: ¿y en el orden moral, qué idea se corresponde a la situación cero que garantizaría la concordia entre los individuos? La tolerancia, o sea, el respeto y la consideración de las opiniones ajenas y de la libertad para sustentarlas, una virtud venerable que deja de serlo, sin embargo, cuando, tratando al hombre como una cosa, se convierte en “estúpida indiferencia”.
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