20 de septiembre de 2021, 23:33:17
Opinión


El antifranquismo ya no es lo que era

Rafael Núñez Florencio


Manuel Vázquez Montalbán que, pese a ser un característico “intelectual orgánico” de la izquierda, era también un crítico lúcido e incisivo, acuñó múltiples sentencias que circularon después como comodines ideológicos o como consignas devaluadas de unos sectores políticos y mediáticos poco sutiles, necesitados de munición de grueso calibre para la contienda cotidiana. Una de ellas, “¿contra Franco vivíamos mejor?”, era algo más que una inteligente respuesta al “con Franco vivíamos mejor” de los partidarios del anterior régimen. Era en el fondo y sobre todo un cuestionamiento de los valores y perspectivas de una considerable parte de la izquierda. Cuando llegó a manos de publicistas de tercera fila, esa ácida interpelación perdió su carga corrosiva y se terminó transformando de pregunta en grosera afirmación teñida de nostalgia. Nostalgia de un tiempo en que las cosas eran más simples, pues bastaba “decir no”, como predicaba Raimon, a todo lo que viniera de arriba. Esta actitud nostálgica, sin embargo, retrataba y confirmaba la aludida incapacidad de grupos e individuos ilusos para renovar su arsenal ideológico y adaptarse a los nuevos tiempos sin la brújula que les había servido en el pasado.

Todo ello podía haber quedado como uno de los muchos estereotipos de la transición, como las “asignaturas pendientes”, el “destape”, el “desencanto” y tantos otros conceptos y actitudes encuadrables en un marco de cambios bruscos y desorientación generalizada. Al fin y al cabo, quién más, quién menos, se encontró de un modo u otro en esa tesitura, y no fueron pocos los que pudieron contar sus pasos por patinazos. Lo verdaderamente asombroso es que hoy, treinta y cinco años después de la muerte -en la cama- del dictador, numerosos grupos de incuestionable relevancia social y numerosos artistas, escritores e intelectuales en general, de un prestigio que aquí no quiero poner en cuestión, sigan teniendo como punto de referencia lo que hizo o dejó de hacer aquel señor, su régimen político y sus seguidores. Conste que, como historiador, me interesa el pasado y no puedo siquiera sugerir que nuestro ayer sea irrelevante para lo que ahora somos y lo que pretendemos ser. Todo lo contrario, naturalmente. Pero ese planteamiento lo hago desde mi perspectiva profesional. Si fuera político, sería una locura que me empeñara en traer a colación el pasado como un fardo o un lastre que dificultara mi camino. Claro que no hay que perder de vista el pasado, pero difícilmente un país puede avanzar si no deja de mirar sistemáticamente atrás. Como en tantas cosas que pasan hoy en día uno siente cierta vergüenza ajena en aventar unas cuantas verdades de perogrullo.

La paradoja tiene ribetes más sangrantes todavía. Digo paradoja porque tal me parece que grupos y personas que se llenan la boca hablando de progreso y alardean de progresistas sean precisamente los que no pueden dejar de mirar atrás. Y digo que tiene ribetes más sangrantes por varios motivos anejos: uno de ellos, que la vuelta atrás no se limita tan sólo, como acabo de apuntar, a treinta y cinco años antes, sino que se retrotrae a tiempos mucho más lejanos, a la represión del primer franquismo, a los asesinatos de la guerra civil, al golpe militar del 18 de julio y hasta al régimen republicano del 14 de abril, que ahora presumiblemente tendríamos que tomar como modelo para la convivencia política. ¡Apañados estamos si el modelo para una nación del siglo XXI es un sistema político idealizado, establecido en los años treinta del siglo anterior en unas coordenadas internas e internacionales que nada tienen que ver con las que ahora vivimos! Otro de los aludidos ribetes que también clama al cielo es que quienes hoy se distinguen como antifranquistas militantes, o bien no habían nacido en la época de marras, o bien destacaron por su fidelidad perruna a los “principios fundamentales del Movimiento Nacional”, cuando no hicieron carrera dentro de aquel sistema, acumulando cargos y prebendas que les sirvieron para tomar posiciones de ventaja cuando cambió la dirección del viento.

¡Qué fácil el antifranquismo aquí y ahora! ¡Y qué rentable! Como somos demócratas, ¡borremos cualquier vestigio de la dictadura! Quitemos estatuas, destruyamos lápidas conmemorativas, revoquemos distinciones, cambiemos nombres de calles, limpiemos fachadas fachas... Ya lo dice el refrán español: “a moro muerto, gran lanzada”. De tanto borrar huellas del pasado reciente, vamos a terminar creyendo que nunca existió. Así, de paso, diluimos nuestras responsabilidades. ¡Cuánto debieron sufrir tantos y tantos antifranquistas llevando en silencio su antifranquismo cuando vivía el dictador! Sería risible si no fuera porque la manipulación más grosera y el oportunismo más zafio se han enseñoreado de la vida política e institucional sin que apenas haya respuesta. Cualquier voz independiente que denuncie todo ello será arrojada a las tinieblas sin remisión posible. El discurso dominante que, seamos justos, la izquierda se ha trabajado como nadie y se ha ganado a pulso, delimita nítidamente los campos. De ahí su legitimidad o, lo que es lo mismo, el no reconocimiento de la misma al contrincante político, que acaba sin márgenes de maniobra: se sataniza así a la derecha, heredera del franquismo, mientras que la izquierda se queda con el marchamo de la lucha contra la dictadura. ¡Admirable!

No pidan grandes congruencias en este proceso, antes al contrario, pues aquí vale casi todo, porque de lo que se trata es de usar todos los instrumentos al alcance, sin importar la coherencia o no incurrir en llamativas contradicciones. Así, al paso que se trata de arrancar de la “memoria colectiva” todo vestigio del pasado infamante, se perfila la “memoria histórica” con las tintas más negras para presentar el franquismo como el mal absoluto, el terror en estado puro, la represión más salvaje de nuestra historia, el genocidio español, similar al Holocausto según algunos publicistas. Es verdad que el primer franquismo, establecido sobre un país desvastado por la guerra civil, no fue un camino de rosas. Hubo venganzas inicuas, represión inmisericorde, trabajos forzados, largos años de cárceles, hambre, enfermedades, fusilamientos a miles y toda la gama de crueldades que sigue habitualmente a un enfrentamiento fratricida. Era además un país pobre, atrasado, recogido en sí mismo y dominado por una ideología totalitaria. Pero la nación que emerge desde los años sesenta poco tiene que ver con ese cuadro tenebrista. Nos guste más o menos, hay que reconocer que el franquismo tuvo varias fases, y las postreras representan para España el “mayor período de transformación económica de su historia, acompañado de enormes cambios sociales y culturales”.

La frase anterior no es mía. Reconozco mis complejos para suscribir sin matices una afirmación tan rotunda. Es de un prestigioso historiador inglés, Nigel Townson, que, junto con un conjunto de colegas españoles y extranjeros -ninguno de ellos sospechoso de filofranquismo- ha escrito un interesantísimo volumen titulado España en cambio. El segundo franquismo, 1959-1975, publicado para más inri en la aún menos sospechosa editorial Siglo XXI. Las conclusiones, avaladas por datos rotundos, son demoledoras para la imagen esterotipada del franquismo. Desde las más variadas vertientes -económica, social, cultural... ¡y hasta política!- resulta que España no era entonces tan diferente del resto de naciones de su entorno y, por el contrario, en aquello que sí resultó ser claramente distinta fue en un conjunto de transformaciones insólitas por su profundidad y rapidez, que se tradujeron -por citar tan sólo una cifra- en un crecimiento real medio entre 1960 y 1974 del 7 por ciento en números redondos, el mayor del mundo desarrollado después de Japón. Por supuesto que el llamado “milagro económico” tuvo sus contrapartidas, pero lo que no puede negarse es el hecho en sí. Por más que le pese a los propagandistas actuales, el franquismo no fue sólo fusilamientos y fosas comunes. Si el antifranquismo -suponiendo que a estas alturas siga teniendo sentido- quiere mostrar una mínima dignidad intelectual, no tiene más remedio que reconocerlo.
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