21 de octubre de 2019, 15:37:56
Opinion


La verdad, un concepto a proteger

Fernando Zamora Castellanos


La historia ha demostrado, -hasta la saciedad-, que si los sistemas constitucionales no se sustentan en consensos morales, las constituciones nacionales y el sistema de valores que ellas sustentan, pasan a ser letra muerta. De ahí que la más grave amenaza que enfrenta nuestro orden constitucional, radica en una tendencia social que la posmodernidad está imponiendo: la devaluación del concepto de la verdad moral. De no revertir esa compulsión, amenaza convertirse en el mayor mal del Siglo XXI. El problema es que en occidente se está levantando una nueva intolerancia. Esta condena cualquier amago de defensa de las certezas morales. Cuando el Reverendo M. Luther King, -ante las escalinatas del Monumento a Lincoln-, declaró que soñaba con el día en que los seres humanos serían juzgados “no por el color de su piel sino por la condición de su carácter” ofrecía una pista sobre el trasfondo de uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea. La sociedad de bienestar actual ha forjado consigo -en consuno con el particular menosprecio al concepto de la verdad-, además, un desprecio igual hacia el valor del carácter como fundamento de la personalidad humana. Cuando J. Ingenieros sostenía que “las manos que temblaban no podían levantar los estandartes”, con la metáfora afirmaba que las sociedades que eran vacilantes de su herencia moral estaban vencidas. La explicación de este fenómeno se resume en el hecho de que para expandir su zona de comfort, una incómoda barrera que enfrentan las sociedades de bienestar, son las fronteras éticas absolutas. Por eso a la actual sociedad de bienestar posmoderna, conviene más una suerte de moral secular, cuya aceptación dependa exclusivamente de cálculos costo-beneficio inmediato para quienes decidan asumirla. De ahí lo conveniente que es caer en la tentación de relativizar toda verdad e imponerle a la sociedad ese dogma. El inconveniente para este afán, es que la verdad es excluyente. Relega toda otra alternativa aparente y falaz. Esto provoca el fenómeno de choque ante las posturas irreconciliables con ella. De esa clase de paradoja, uno de los ejemplos históricos más dramáticos lo protagonizó W. Churchill. En la década de los años 30’s del siglo pasado, él perturbó la solaz tranquilidad que disfrutaba Inglaterra, alertando a viva voz, que detrás de las pacifistas proclamas alemanas se escondían pérfidas intenciones. Como era un designio difícil de detectar, la aparente falsedad e impertinencia de su denuncia lo estigmatizó ante la sociedad europea de entonces. Quienes relativizaron el escenario que Alemania preparaba, calificaron como intolerantes las incómodas advertencias de Sir Winston. Fue marginado del protagonismo político hasta que la verdad salió a la luz plenamente. Lamentablemente ya era demasiado tarde para entonces. Aquel trauma del pasado nos ofrece otra enseñanza fundamental para estos tiempos. No por desconocer la verdad, estamos relevados de las consecuencias que conlleva desapercibirse de ella. Lo más feliz para Inglaterra, hubiese sido que los cantos de sirena del nazismo no hubiesen sido falaces y que ciertamente sus intenciones hubiesen sido pacíficas. Pero no por el hecho de que el pueblo inglés desconociera la realidad oculta detrás de la advertencia, se vio relevado de sufrir las terribles consecuencias que le ocasionó el desatenderla. El problema aquí, es que así igualmente sucede con todo ámbito de la realidad, incluido el de las verdades morales. Berger sostiene que el fundamento del relativismo radica en el hecho de que muchas personas creen que al estar atrapados en su localización histórica o cultural, les es imposible juzgar la veracidad o falsedad de una convicción, aunque ésta sea una verdad material no formal, -esto es-, una verdad no reconocida universalmente, pero verdad al fin. Este hecho provoca la paradoja de que la misma intolerancia del relativismo absoluto, se relativice a sí misma, pues su pretensión es convertirse en verdad, pero negándola, resultando como tal, en una evidente falsedad absoluta. Sabemos que vivimos épocas en las que el fanatismo de todo tipo le ha hecho mucho daño al mundo, sin embargo, no por eso debemos renunciar al propósito fundamental de la existencia humana, que es, esencialmente, la búsqueda de la verdad.

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