21 de octubre de 2019, 7:46:41
Opinion


Fuentes de inspiración: Dionisio Alcalá-Galiano

Álvaro Ballesteros


España ha podido empezar esta semana con un gran balón de oxigeno emocional, celebrando la merecida victoria de la selección en el Mundial de Sudáfrica. Una alegría que no borra los problemas del mapa, pero que ha permitido a muchos liberarse de la dictadura impuesta por los nacionalismos regionalistas (apoyados por un pseudo-izquierdismo barato) que durante tanto tiempo ha buscado intimidar a tantos, pretendiendo que el que sacase una bandera española a la calle era un fascista desalmado. Un planteamiento que nadie entiende en los demás países de Europa (del mundo, tal vez), donde la bandera nacional une por encima de diferencias políticas momentáneas. Por eso mismo ha sido un símbolo a destrozar tan claro para los nacionalistas regionales y los pseudo-izquierdistas, criados políticamente en el más profundo resentimiento anti-español. Una delicia, pero es lo que hay: lo que nos ha hecho tirar por la borda el exitoso bagaje de la Transición, y lo que anima a tantos a hacer la vista gorda ante los esfuerzos encaminados a la desarticulación del Estado y la denigración de la Nación.

Y cómo no, ante la oleada de alegría nacional y celebración redentora de una Nación que las lleva pasando canutas ya demasiado tiempo, han surgido rápidamente los paladines de la mezquindad politica. Esos voceros que no pueden tolerar que una bandera que no sea la suya regional ondee en la calle sin pretender que ello sea un ultraje a su regionalismo excluyente. En fin, allá ellos. La de bilis que habrán tenido que tragar ante tanta escena de ilusión y alegría sanas este fin de semana.

Hoy quiero acabar la semana pensando en ejemplos de españoles humildes, que sirven con ilusión a su familia, su comunidad y su país. Hablando con un compañero que acaba de visitar la bahía de Vancouver, en Canadá, he redescubierto en el mapa la isla Galiano, situada en la frontera marítima entre Canadá y EE.UU. Esto me ha llevado a releer antiguos escritos, y a disfrutar rememorando a uno de nuestros compatriotas insignes, el marino, militar y científico Dionisio Alcalá-Galiano, nacido en Cabra (Córdoba) en 1760 y en cuyo honor se bautizó la mencionada isla.

En octubre de 2006, recién cumplido el bicentenario de la muerte de Don Dionisio en la batalla de Trafalgar, tuve el honor y el placer de unirme a mi amigo Manuel Chacón (vinculado a la Asociación Alcalá-Galiano) para disfrutar en Cabra de las Jornadas Internacionales dedicadas al ilustre marino, junto a representantes de la Armada, del Parlamento Europeo, del mundo universitario, y de distintas embajadas.

Fue un placer disfrutar por un momento celebrando la memoria de un español que dio lo mejor de sí mismo en una vida dura, de sacrificio y servicio a su país, participando en exploraciones científicas, ayudando a abarcar el mundo, estableciendo vínculos con otros pueblos, y asumiendo con valor su propio destino en la batalla de Trafalgar, en la que comandó heroicamente el buque Bahama de la Armada española.

Fue un honor recordar las hazañas de este hombre ilustre y humilde al mismo tiempo, que participó en expediciones como la del Estrecho de Magallanes o la de Malaspina. Un marino que contribuyó excepcionalmente a crear las cartas marinas del Mediterráneo oriental, situando con exactitud todas las islas del Imperio Otomano, de Creta al Mar Negro. Un pionero de la astrología, un español comprometido que sirvió a su país hasta la muerte, con dedicación, respeto y honor.

Quizás son todas ellas palabras que suenan arcaicas en el vocabulario español de hoy en día. Para mí, curiosamente, son términos que, como la propia vida de Alcalá-Galiano, son fuentes de inspiración, de compromiso y de servicio, a España, a Europa y al mundo. Hoy para muchos no están de moda, como tampoco lo está el ondear una bandera de España o el propio hecho de celebrar la memoria y el ejemplo de aquellos que lo dieron todo por su país. Allá ellos.

Un siglo después de su muerte, el nombre “Alcalá-Galiano” distinguió al buque de la Armada española que se destacó en la defensa de la República durante la Guerra Civil. Y hoy, su nombre perdura en una isla, un monte y un parque natural en Canadá, además de en la mente de muchos, no solo en Cabra, sino en todo el mundo. Definitivamente, un buen homenaje para un buen hombre.

Desde estas líneas, quiero brindar este reconocimiento a los que, como Don Dionisio en su momento y a su manera, hoy trabajan y dan lo mejor de sí mismos por sus compatriotas, en nuestro propio país, en multitud de trabajos; militares y civiles; en las misiones en el exterior; en tierra, en el aire o en el mar. A todos ellos, quiero mostrarles mi agradecimiento por su trabajo y su dedicación, por mantener vivo lo mejor del ser humano: la voluntad de servicio a su comunidad, su país y a los demás.

Qué gustazo es poder decir todo esto y escapar del acoso eterno de los que quieren catalogar de “facha” todo lo que no está al servicio de sus propios intereses localistas y regionalistas. Es hora de que nos demos una oportunidad real y nos libremos de la tiranía y la opresión intelectual de los que llevan tanto tiempo desgastando nuestra democracia. Ondear la bandera de España este fin de semana en plena calle ha sido un paso adelante para reconocernos como comunidad por encima de localismos miopes; un paso adelante para librarnos de tanta manipulación mezquina, de tanta ceguera intelectual, de tanta imposición política inmerecida.

Las crisis suponen también oportunidades para crecer, cambiar, reformarse y mejorar. Tal vez salgamos mejorados de esta crisis y podamos aspirar a poder sentir un patriotismo sano, plural y público, como en todos los países democráticamente sanos de nuestro alrededor. De nosotros depende: esta es otra de nuestras transiciones pendientes. Uno de esos puntos en los que no es malo aspirara a ser como nuestros vecinos. Es además un puro ejercicio de supervivencia nacional, ya que si el sentimiento de pertenencia a la Nación común (la española, en nuestro caso) no prevalece por encima de las legítimas (aunque cada vez más artificiales) divergencias políticas, nos ponemos absurdamente al filo del precipicio ante cada momento de división política. Un peligro azuzado por aquellos que centran su labor en aquellos puntos que nos dividen, intentando dejar de lado aquellos que nos unen. ¿Sabremos reescribir nuestra historia actual y darles la espalda a los que buscan plantar cizaña por encima de todo? Sinceramente, así lo espero.
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