20 de enero de 2020, 2:30:19
Opinion


La investigación termina por poner en su sitio a los actores secundarios

Víctor Morales Lezcano


Entre España y Marruecos no ha dejado de fluir la comunicación a lo largo de un siglo de entendimiento recíproco aunque poco inteligente. (Poco inteligente, pienso yo, debido a la poca predisposición a oír y discurrir sobre lo que el vecino antagonista estima “fundamento de razón”).

Comunicación que nos han traslado los integrantes de una plana mayor de figuras de segundo orden -tales como el médico y sociólogo Ovilo y Canales en torno a 1900; el médico Ruiz Albéniz (abuelo, a propósito, del actual alcalde de Madrid) durante el período de la Guerra del Rif; el coronel -y etnógrafo- Blanco Izaga, estudioso de las tradiciones y costumbres rifeñas; García Figueras, incluso, en cuanto figura-clave de la urdimbre colonial en el Tetuán de los años 40 y 50-. Algunas de estas figuras están siendo reivindicadas por estudiosos de ambas nacionalidades, española y marroquí, porque, aunque secundarias, fueron parte de los mimbres que se trenzaron durante un siglo (1859-1956) de convivencia multiforme y polivalente entre España y Marruecos.

Ahora ha sonado la campana que nos anuncia el resultado de una nueva pesquisa de la investigación histórica orientada a la recuperación de esas figuras de segundo orden, pero muy imprescindibles, que integraron el cuerpo de traductores e intérpretes españoles en Marruecos (Mourad Zarrouk: Los traductores de España en Marruecos: 1859-1939. Eds. Bellaterra, 2010). Entre esas figuras, destacaron Anibal Rinaldy y Clemente Cerdeira durante el período acotado por el último tercio del siglo XIX y el estallido y conclusión de la guerra civil española. Ambos sobresalieron en períodos históricos relativamente próximos como fueron, de una parte, el que inauguró la Guerra de África (1859-60) en las relaciones hispano-marroquíes -y ahí hay que situar a Rinaldy-; y de otra parte, el período que se inició con el final de la Guerra del Rif hasta alcanzar prácticamente la victoria militar de los insurrectos de julio de 1936 contra la Segunda República, marco en el que tuvo sus mejores días Clemente Cerdeira (+ 1941).

Cerdeira, a propósito, ha sido estimado variablemente, quizá debido al apasionamiento, el peor enemigo que tiene la comprensión histórica de los tiempos, pueblos e individuos pretéritos. Últimamente se ha iniciado una orientación más equitativa hacia la complejidad de quien, de modesto joven intérprete de lenguas, llegó a ser interventor de primera clase y, en plena República, cónsul de España en Tánger y Glasgow. (Algo de esta trayectoria refiere la obra dirigida por Ángel Viñas Al servicio de la República. Diplomáticos y Guerra Civil. Madrid: Marcial Pons ed., 2010).

De esta manera, siquiera sea lentamente, la historiografía norteafricanista va completando huecos y vacíos que han tardado bastante tiempo en ser rellanados desde la eclosión de los primeros estudios que fueron publicados hace más de treinta años y que hicieron de Marruecos, por derecho propio, un tema-estrella -entre otros- del contemporaneísmo español.

Comunicación, pues, ha habido entre las “antenas” humanas de ambas riberas del Estrecho; el entendimiento, por el contrario, ha escaseado. Habría que preguntarse por qué predomina en esa comunicación lo que Don Alfonso de la Serna tildó -sin faltarle razón- de malentendido histórico entre España y Marruecos; y por qué y en dónde radican las causas del equívoco que entorpece a menudo el entendimiento entre las dos orillas.
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