1 de diciembre de 2020, 9:51:03
Opinión


El secretismo de la policía secreta

José María Zavala


El secreta: ese gran desconocido. Caricaturizado hasta el extremo por los medios de comunicación, nos ha llegado a parecer incluso un personaje gracioso o entrañable. Con toda la autoridad de un policía convencional, pero sin las formalidades y protocolos a los que vincula el uniforme, este tipo de agentes han llegado a normalizarse y a evitar cuestionamientos mayores con respecto a su actividad.

Pero seamos realistas, la lógica de la policía secreta está más vinculada a regímenes dictatoriales, donde la transparencia no es necesaria y rendir cuentas no es necesario. Con gran horror se hace siempre referencia a la GESTAPO nazi o a la Checá soviética, y sin ánimo de comparar, la esencia de cualquier grupo policial secreto hace pensar en el desempeño de un trabajo de alguna manera sucio.

Habría que ser realmente ingenuo para pensar que los antidemocráticos controles que realizan los agentes de paisano son “aleatorios”. No sólo me lo ha confirmado uno de ellos, por desgracia también he sido testigo de uno de estos puntos de control en los que policías no uniformados paraban en una estación de metro a diferentes usuarios, casualmente, todos extranjeros. He presenciado también un par de veces una extraña situación: el uso de automóviles no identificados por parte de policías uniformados.

Quienes nos hemos topado ya más de una vez con alguno de estos misteriosos personajes, nos acabamos haciendo algunas preguntas. ¿Qué cantidad de este tipo de agentes hay desplegada? ¿Cómo de limitada y controlada está su actividad? ¿Qué delitos tratan de prevenir? ¿Quién vigila al vigilante?

Por ello me gustaría reivindicar la clara identificación de cada uno de los funcionarios del cuerpo de policía. No sólo su pertenencia a dicha institución, sino que quede bien visible su número de placa. Es un buen comienzo para evitar situaciones de inmunidad, ambigüedad, y arbitrariedad. Se supone que desde hace mucho tiempo las fuerzas de seguridad ya no son un grupo de sicarios al servicio exclusivo de los poderosos, y si los ciudadanos tenemos que ser identificables y localizables en todo momento (ya sea a través de documentación o a través de las tecnologías de vigilancia), es justo que se aplique la misma norma para dichos funcionarios.

Al igual que en el caso del control de las telecomunicaciones o de la videovigilancia de las calles, muchos sacarán a relucir el viejo argumento de que “quien no tiene nada que esconder nada tiene que temer”. Sin embargo, estamos hablando de una cuestión de principios, de formas, y de evitar la creación de rutinas e infraestructuras que puedan volverse contra los ciudadanos. Se trata de apelar al “derecho de rebelión” defendido por Locke. Si el poder se atreviera a traspasar los límites pactados con la sociedad civil, ésta se encontraría legitimada a utilizar la fuerza para restaurar el orden establecido. Por lo tanto, claro que no hay nada que esconder... mientras no haya nada contra lo que rebelarse. Y si pensamos que estamos inmunizados contra el totalitarismo, es que no sabemos nada de historia. De hecho, los estados también contemplan su propio “derecho de rebelión” en los supuestos de “estado de excepción”, así que nosotros también tenemos que cuidar de mantener un espacio de emergencia para el nuestro.
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