23 de septiembre de 2021, 22:24:13
Opinión


El fútbol y la mundialización

José Manuel Cuenca Toribio


Uno de sus colegas de mente más creativa y paralaje lector más amplio y desinteresado ha gratificado al articulista, en la ahora muy acústica cafetería de la Facultad de Letras, con una charla estival de la mayor enjundia y trascendencia. En su ocio veraniego, el mencionado catedrático está encetando, con su característico rigor y gusto por el detalle, un extenso estudio acerca del fútbol como uno de los principales –a las veces, el más importante sin ningún género de dudas- fenómenos de la globalización hodierna.

Sus conclusiones, todavía en rango de provisionalidad, no pueden más esclarecedoras de la deriva de este mundo de comienzos del siglo XXI. Naturalmente, no va a adelantar el cronista ninguna de ellas, adquiridas con esfuerzo y perspicacia notorias. Pero sí enhebrará al hilo de ellas algunas reflexiones de tono menor y volandero. Sometido a la radiografía más ligera, el reciente campeonato balompédico celebrado en Sudáfrica ilustra con gran patencia acerca de líneas medulares del presente del planeta. De todas las selecciones del Continente Negro que él intervinieron, sólo uno de sus jugadores participa en una competición autóctona, es decir, de una nación africana. Más de 8.000 futbolistas de oriundez y patria civil brasileñas se alinean en clubes del Viejo Continente o de otros Estados. Con sólo tan relevantes cifras puede trazarse un somero pero expresivo cuadro o una sociología de urgencia en punto no únicamente al deporte-rey en Europa y en el Nuevo Mundo al sur de Río Grande, sino también de la fisonomía más peculiar de la organización colectiva de nuestro tiempo.

Publicidad, medios informativos, flujo de capitales y negocio bancario y aun la propia política de muchos gobiernos así como la misma marcha de la cultura de masas que singulariza con especial fuerza la civilización de corte globalizador guardan estrecha relación –y, en ocasiones, dependencia ancilar- con las andanzas y venturas de lo que en otro tiempo fuese un deporte inventado en Gran Bretaña –fábrica y laboratorio por excelencia de la modernidad hasta los Beatles-. Todo se moviliza y trastoca al servicio de los acontecimientos balompédicos de gran porte: desde los horarios de trabajo y pasatiempo hasta las estructuras de instituciones y ministerios. El que en el pasado campeonato, más de la mitad de la población de la tierra haya podido contemplar al unísono las dos o tres decenas de carteles publicitarios que coparon las vallas de los estadios surafricanos en los que se enfrentaban los distintos equipos, constituye, por supuesto, un hecho de signo mayor en todas las facetas del vivir actual. Los españoles del Estatut, la legalización del aborto y la ancha quiebra social traída por la crisis económica sabemos algo de ello…

En espera de un otoño “caliente”, la meditación de las vicisitudes y secuelas del primer campeonato mundial de fútbol acontecido en África –la gran esperanza al propio tiempo que la gran frustración de las generaciones que hoy protagonizan la historia- podrá servir para afrontar con más perspectivas horizonte tan pesaroso cuando no sombrío, según los augures más acreditados de las infinitas tertulias que, a la fecha, pueblan el éter y el espacio de la espaciosa geografía ibérica; toda ella también conmocionada y remecida por las innovaciones que tendrán lugar en el mercado mediático vinculado a las hazañas deportivas de futbolistas despertadores de emociones y pasiones en cifra incalculable…

A propósito, ¿cómo andan de ortografía los bachilleres y bachilleras españolas?
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