18 de noviembre de 2019, 15:38:25
Opinion


Vicente Cebrián

Antonio D. Olano


Mientras yo luchaba por recuperar mi salud en un hospital madrileño se me murió una persona a la que mucho admiré y más quería.
No me llegaron noticas de la muerte de Vicente Cebrián hasta días después de lo ocurrido.

Ya en mi casa, preparándome para una intervención quirúrgica que confío al saber y al carisma y magia de cirujano Rufilancha, la triste nueva en un periódico madrileño.

Vicente Cebrián, por el que doblarán siempre las campanas cercanas a mi corazón, era un coleccionista de campanillas. En una de mis visitas a Picasso le pedí que firmase, dedicada a él la firma, en el interior blanco de una policromada campanilla de cerámica.
Cebrián era un periodista de un valor inmenso y de una modestia semejante. El periodismo le venía por tradición que tiene continuidad en su hijo Juan Luis, en toda la extensión de la palabra amigo.

Tardará en aparecer, si es que puede repetirse, una fidelidad privada, una calidad incuestionable, un saber comportarse y hacer como la de Vicente Cebrián. Te hacía un favor y te daba las gracias.
Se me fue Vicente Cebrian mientras yo luchaba por recuperar mi corazón herido.

Un magnífico periodista, Jesús Fonseca, publicó un artículo titulado “Hazlo en vida”. Dice que “lo que importa es estimar, compartir, hacer feliz en vida”. Añade, y razón tiene, que “una sonrisa, un abrazo sincero y fraternal, una mano tendida a tiempo, calienta más el corazón, son infinitamente más útiles que todas las lágrimas y homenajes juntos”.

Vicente Cebrián, en mi agradecida memoria, era de las personas que sabía hacerlo bien y hacer el bien siempre en vida.
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