13 de noviembre de 2019, 4:06:07
Opinion


Por el camino de la Fórmula 1



Ahora que la fórmula 1 ha invadido por fin el territorio televisivo y periodístico nacional, es hora de preguntarnos adónde nos lleva. Según los que están dentro, los expertos, la popularización de la F1 nos lleva a la igualación con otros países de nuestro entorno, los países europeos tradicionalmente ricos, si es que se puede seguir usando ese adjetivo ahora que tan difícil es saber quién es rico y quién no lo es. Según los publicitarios, nos lleva al negocio, a las ventas. Según los técnicos, a la innovación ingenieril y mecánica. Pero a mí me sigue interesando otra cosa, anterior a esas respuestas. ¿Adónde nos lleva en realidad la F1? A nosotros, digo...

De pequeño, la F1 me llevaba a la pelouse del Jarama, a ver a James Hunt en su bólido negro y dorado, decorado con los colores de las cajetillas de cigarrillos John Player Special, JPS. En esa época, los bólidos eran eso, cajetillas de tabaco, y ya se sabe adonde lleva el tabaco: a la ilusión de que se es mayor cuando se inhala, a la fantasía de ser atractivo o atractiva para el objeto de deseo por chupar un rollito humeante, a la dependencia, al dentista, a problemas cardiorrespiratorios... A mí quizá me llevó de refilón a esos lugares, pero sobre todo me llevaba a la pelouse embarrada del Jarama, porque siempre que había carrera llovía y la pelouse, en vez de ser de hierba, como las de Silverstone o Le Mans, era de tierra y luego de barro, de un barro espeso en el que se pegaban las suelas de los zapatos y no se querían despegar más. Cuanto más corrían las cajetillas de tabaco con ruedas, más se pegaban al barro los pies de los que allí habíamos ido, hasta que llegaba un momento en el que para salir de aquella pelouse había que abandonar los zapatos y salir descalzo y empapado, como peregrinos a un sueño raro, a un templo en el que los oficiantes no paraban de dar vueltas montados en cajetillas de tabaco rodantes en pos de la nada.

Pero todo eso pasó. Los coches de F1 dejaron paulatinamente de ser cajetillas de tabaco para convertirse en otra cosa. Hoy son rojos, amarillos, azules, plateados, y la pregunta sigue allí: ¿adónde nos lleva la F1? Aunque ahora uno se haga la pregunta ya sin pelouse de F1 en el Jarama, sin los pies clavados en el barro. A mí, me vino el otro día, en medio de una fiesta, tras una lluvia torrencial de verano, una tormenta de atardecer de esas que le gustaban a García Hortelano. Un momento proustiano, no de magdalena, sino de colocación de pies y distribución de pesos en las caderas.

Entonces me di cuenta de algo. A mi mente vino la expresión “conducto F”. Los aficionados a la F1 no hacen más que repetirla últimamente. Ferrari lo lleva ahora, aunque se dice que Red Bull fue el primer equipo que lo montó. El conducto F es un pequeño agujero efectuado en la parte frontal del auto que conduce el aire hasta el alerón trasero. Parece que esto da cierta ventaja. Por supuesto que esta definición la busqué pasado el proustiano momento de la tormenta de verano. El buscador de internet me llevó en milisegundos a otras expresiones como “deflectores del flujo” o “tapar agujeros para mejorar el flujo”. ¿Conducto? ¿Conducto F? ¿Agujeros? ¿Flujo? Enseguida tuve otra iluminación. Aunque aparentemente aquellos expertos y aficionados estaban hablando de coches de competición en realidad estaban hablando de algo muy diferente: de vaginas. Sí, de vaginas, rojas algunas, con ruedas. En vez de Punto G, estas tenían Conducto F; en vez de ser menstrual, el flujo era aerodinámico. En cuanto a los agujeros, no me extenderé mucho. Baste con decir que los expertos hablaban de agujeros frontales y traseros.

Fue un momento duro, algo así como un salto brusco a la madurez, de esos que hay pocos en la vida. El proceso había sido extraño: de una tormenta de verano al barro, del barro a la pelouse, de la pelouse a las cajetillas de tabaco, de ahí a una pregunta y de la pregunta a los conductos... De repente, los corredores, esos seres bajitos vestidos con un mono monocolor y un casco que les hace tener cabezas gigantes pasaron a ser espermatozoides. Sí, espermatozoides que se introducían en una vagina con ruedas en busca del Conducto F. Y así fue como comprendí el lugar adonde nos lleva la F1.


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