23 de septiembre de 2019, 7:12:30
Opinion


El miedo a la libertad

José Suárez-Inclán


“68 votos a favor. 55 votos en contra. 9 abstenciones. Quedan prohibidos por decreto los toros en Catalunya”. Con estas palabras, escuetas y terribles, se zanjaba el miércoles 28 de julio de 2010 a las 11,45 la sesión en el Parlament catalán que prohibía, como si de un triunfo humano se tratase, la celebración de corridas de toros en su territorio. No voy a analizar las obvias implicaciones políticas de ese “triunfo”. Hace meses que lo llevan haciendo muy distintos medios sociológicos y de comunicación y hoy estarán todos ellos concentrados en sus interpretaciones, causas y consecuencias. Pero con el tiempo, cuando la grieta que acentúa diferencias culturales e identitarias que esta abolición ha propiciado, se haga más ancha y más profunda, el tema de los toros dejará de ser noticia. Otros asuntos ocuparán los análisis de las relaciones entre el devenir de Cataluña y el resto de España. Y no será tan grave. Sin embargo —y esto sí será grave, ya lo es— la libertad —“las libertades”, decíamos hace no tanto— habrán perdido una batalla para siempre. O, si aún recordamos aquel lenguaje de cuando demócratas y progresistas teníamos aspiraciones comunes para Cataluña, España y el mundo, una de las libertades se habrá perdido para siempre.

“Quedan prohibidos por decreto los toros en Catalunya”. ¿Un triunfo humano o una libertad perdida? Aplausos entusiastas, abrazos, lágrimas de emoción y caras enrojecidas rubricaban, tras las terribles y escuetas palabras —lo terrible, como las sentencias de muerte, siempre es escueto— el hipócrita enfrentamiento de libertades. De nada sirvió que medios de diversa condición hubiesen poblado sus páginas y pantallas de caras y opiniones, presentes y pasadas, del mundo de la cultura, el espectáculo… y hasta el poder. Goya, Picasso, Valle Inclán, Lorca, Alberti, Bergamín (el gran Bergamín, que escamotea siempre su foto), Cela, aparecen como fantasmas entre las fotos fantasmas de Belmonte, Manolete, Dominguín, El Viti, El Juli o José Tomás. Más páginas y galerías de fotos actuales. Cantantes, cineastas, escritores, actores, artistas de toda laya, deportistas… De nada sirvió. Al contario, tal vez ayudó a prohibir. Era un secreto a voces que acentuaba las diferencias socioculturales. Que abría la grieta. La misma que haría borbotonear la sangre en los aplausos tras la prohibición. Esa sangre a la que el último parlamentario del “buenismo”, con sonrisa abierta y sana complexión bajo su pelo blanco, apeló con hipocresía en el Parlament para ganar la votación: “No apretéis el botón rojo de la sangre, sino el verde del Romero (¿qué pensaría Curro, hombre, torero, artista y pacífico donde los haya?), el de la danza, el de los niños que aman los animales, el de la tierra”. Pero la sangre ya había inflamado los corazones verdes hasta hacerlos reventar, segundos después, en aplausos congestionados y prohibicionistas.

Libertad y libertades. Prohibición y prohibiciones. En aquellos no hace tantos años de los que hablaba, un libro se puso muy de moda entre los que no aceptaban —con lucha o sin ella— la dictadura de Franco. Su autor era Erich Fromm y se titulaba “El miedo a la libertad”. Se preguntaba Fromm si la libertad y la independencia son indisolubles compañeras del aislamiento y el miedo, o si sería posible vivir la libertad individual en la hermosa multiplicidad del mundo. No me hubiera gustado verlo el 28-J como observador en la votación, atónito sin duda ante la turba de políticos y de entusiastas sanguíneos que aplaudían la prohibición en el parlamento catalán de la España democrática.

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