13 de diciembre de 2019, 15:21:15
Opinion


Turner, incomprendido en su tiempo

David Felipe Arranz


William Turner y los maestros de la luz se quedan en el Museo del Prado de Madrid hasta el 19 de septiembre; les ha gustado este verano horchatero y zumbón que ha celebrado la copa mundial con las vuvuzelas africanas, las estentóreas trompetas de los arcángeles de la ultramodernidad. Turner levanta ahora sus espejos ante nosotros, merced a la propuesta de Javier Barón, para que busquemos nuestra identidad romántica, olvidada acaso en el pañol de alguna de las naves cuyo empuje detuvo el artista inglés en el gozne de los siglos XVIII y XIX antes de que se sumergieran para siempre en las profundidades.

Embelesados ante las imágenes de Turner y de sus maestros, el formidable recorrido de cultura comparada conduce al agostado visitante estival a hidratarse con los barcos ingleses que, en mitad de una galerna, tratan de ganar barlovento mientras la ventisca salpica lo suelos del museo. El espectáculo a gran escala de los cargueros naufragando y el dramatismo de los rostros de quienes, desesperados, tratan de mantener la cabeza fuera del agua o se agarran al palo de una balsa improvisada, muestra que lo que sirvió para estremecer a los amantes del arte en su tiempo, también se aplica a los sujetos de nuestro siglo. “Aquí la palabra, ahí el significado”, observó Ludwig Wittgenstein burlonamente: quedamos atrapados, identificados con las escenas capturadas por Turner, por los iconos de una lírica pictórica que en su época fue juzgada y condenada. “Turner es demasiado áspero y negligente para las escenas familiares”, sentenció la Royal Academy en 1807 ante los trabajos del esforzado investigador del instante humano.

En sus colores están los grandes pintores del norte, los venecianos y los flamencos: Claudio de Lorena y Poussin, Rembrandt y Ruisdael, Tiziano y Canaletto, Rubens y Teniers… Apasiona conocer que uno de los libros de cabecera de Turner era la Teoría de los colores de Goethe, genio alemán que escribía que la Tierra era un magno ser viviente y palpitante cuya aura vaporosa era fruto de su eterna aspiración y espiración. Amante de la pintura como herramienta natural de conocer el mundo, Goethe fue el apoyo teórico que Turner necesitaba para dar sentido a su obra, la encarnación plástica de los ideales románticos. La verdad del sujeto, que habitualmente se nos escapa, está ahí, capturada, asumida, irreemplazable y devuelta para ser vista y revivida una y otra vez, orgía perpetua de una paleta de la que salen la luz, la sombra y todos los colores, “elementos de la visión”, como quería Goethe. Resulta tentador asomarse a contemplar la realidad fija y determinada de los lienzos de Turner y sustraernos por un momento a esa otra más agrietada e imperfecta, la que no nos deja respirar en la nube tóxica de pensamientos tóxicos y que aturde con su ruido.

Hagan la prueba. Dense un paseo por El castillo de Dolbadern en el norte de Gales, el puerto con el embarque de Santa Úrsula, el molino de Rembrandt, las escenas pastoriles de Aelbert Cuyp, tormentas de nieve que atraviesan Aníbal y su ejército al cruzar los Alpes, los pescadores de Francia, la avalancha en los Grisones, las trombas de agua en las montañas suizas, Roma desde el Vaticano, el estudio de Watteau… La batalla de Trafalgar fue el único encargo regio de Turner, realizado para Jorge IV como pareja del Glorioso Primero de Junio de 1794, de De Loutherbourg. Incomprendido en su tiempo, maestro de la luz en la actualidad, los medradores palatinos dirigieron sus elogios al cuadro de éste y denostaron el de Turner porque en su obra no sólo había celebración, sino tristeza (había muerto en la batalla el almirante Nelson).

Los objetos con aura se visten con el aspecto de la mirada de quienes se acercan a ellos. La muestra se cierra con Paz. Sepelio en el mar (1842) y nuestra alma se cubre de luto por la muerte: nuestra psique, una vez más, ha dotado al color de significado. “El color es un símbolo de lo que acontece en nuestra alma”, Goethe dixit, y aunque el pragmatismo político actual lo niegue, la transición de un estado emotivo a otro reviste una dimensión ética. Como en un espejo, nos reflejamos en las obras de Turner: si no nos devuelve nuestra imagen… es que estamos muertos.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es