23 de noviembre de 2020, 19:35:03
Opinión


La transición del socialismo al capitalismo

Rafael Núñez Florencio


¡Cuántos años pasamos algunos en nuestra juventud universitaria desgranando los pasos ineluctables que nos llevarían del capitalismo al socialismo!. ¡Cuántos aridísimos teóricos -desde Georges Politzer a Marta Harnecker, pasando por los inefables Paul Sweezy y Charles Bettelheim- y cuántos ladrillos digerimos, como nuevas biblias de un credo alternativo! Porque aquella transformación social venidera no se anunciaba como posibilidad sino como eslabón inevitable en la cadena de la historia.

Y el dictamen que ellos suscribían con lenguaje de catequesis no se presentaba como interpretación sujeta a crítica racional sino como expresión científica de ese determinismo histórico. Autores como Maurice Godelier trazaban un esquema de la evolución de las estructuras sociales, en una interpretación escolástica del Marx más acartonado, desde el comunismo primitivo al comunismo moderno, pasando por los “modos de producción” esclavista, feudal, capitalista y socialista. Otros, como Ernest Mandel, se deleitaban analizando los pormenores de la “crisis capitalista” -el capitalismo siempre estaba en crisis, incluso cuando no lo parecía-, porque constituía la antesala del “gran salto adelante”, que diría el camarada Mao.

La transición que finalmente se produjo, en las postrimerías del siglo XX, no fue la tan cacareada del capitalismo al socialismo, sino al revés. ¡Tanta teoría para lo que no llegó a acontecer, y ninguna para lo que realmente ocurrió! Nunca se insistirá lo suficiente en que el drama para esta transición de facto es que, dígase lo que se diga, nos cogió a todos, espectadores y protagonistas, con el pie cambiado. Hubo que improvisar, inevitablemente, desde la unificación alemana a la acelerada y caótica vuelta al mercado de los países inmersos en el “socialismo real”. En ese patético “sálvese quién pueda” terminó perdiendo, como siempre, el ciudadano de a pie, motivo por el que ahora no son pocos los que tras el viejo telón de acero apenas hallan compensación en la libertad recuperada y añoran sin ambages la protección social del viejo régimen. Y, hablando de pérdidas, quien más perdió, indudablemente, fue el viejo gigante, aquella prepotente URSS con ínfulas de superpotencia, que ha terminado convertida en la Rusia de toda la vida, con sus lastres y fantasmas -desde el rancio nacionalismo a los tics autoritarios- como vestidos apolillados extraídos del baúl de la historia.

Me apresuro a reconocer que es harto osado por mi parte trazar un cuadro de impresiones sobre ese inmenso país basado en una estancia de un par de semanas, circunscrito a las ciudades más importantes y sus alrededores. Diré en mi descargo que no pretendo más que ensayar un par de pinceladas asumiendo las limitaciones y la inevitable subjetividad que conlleva una visita de esas características. Al fin y al cabo con esos mimbres se ha hecho siempre la tradicional “literatura de viajes” y, sin querer compararme con los clásicos, la imagen de un país desde la óptica del forastero -aunque sea apresurado- tiene, como bien sabemos los españoles, mucho de tópicos zurcidos pero también algo de verdades que no se les alcanzan a quienes los árboles no les dejan ver el bosque.

Lo primero que llama la atención del visitante es, a tono con lo apuntado al principio, que la transición mencionada se ha hecho a la buena de Dios, que no suele ser precisamente, pese al dicho, una buena opción. Como corolario, saltan a la vista los grandes contrastes sociales: por un lado, opulencia y ostentación, incluso me atrevo a decir alardes de mal gusto, patentes todos ellos en especial en los centros de las grandes ciudades, con unos precios y un despliegue de lujo que dejan pequeño el estándar occidental; por otra parte, no diré que miseria, pero sí pobreza manifiesta en el resto de la población, unas clases medias depauperadas -nada o poco que ver con nuestra clase media- que se ven obligadas a subsistir con unos cuatrocientos-quinientos euros mensuales como sueldo medio, sin que los productos de consumo básicos estén ni mucho menos a la mitad de lo que aquí es usual.

Cualquiera que salga del circuito turístico habitual y coja un tren de cercanías o un autobús interurbano se verá trasladado de golpe y porrazo a un escenario típicamente tercermundista, no sólo por la patente ausencia del mínimo de comodidades que aquí disfrutamos o la falta de controles básicos (es usual cobrar sin dar billete), sino por el ambiente humano de clara penuria que le asaltará por todas partes: vendedores ambulantes de los objetos más insospechados, mutilados y mendigos moviendo a la compasión, ancianas pidiendo limosnas y, en general, un panorama ciudadano que se sitúa entre la cólera y la resignación, actitudes ambas de las que el visitante terminará recopilando una abrumadora cantidad de muestras en las situaciones y lugares más variopintos.

Como los servicios públicos son claramente ineficientes y el paso al capitalismo se ha entendido en gran medida como puro “laissez faire”, como vergonzosa abdicación del Estado, proliferan las actitudes de un individualismo salvaje, en la línea antes expresada de un particularismo insolidario, con algo de matonismo. De las mafias no quiero arriesgarme a afirmar nada porque sólo atisbé indicios insuficientes para cualquier planteamiento serio. Pero sí puedo señalar que lo primero que se ve al entrar en cualquier tienda, sea del tipo que sea, es una amenazante seguridad privada que te mira desafiante desplegando sus fuerzas y te sigue con una mirada recelosa. El cliente es antes que nada un delincuente potencial. La desconfianza se siente en el aire que se respira. Añádase que Moscú es una ciudad imposible para el paseante, no ya por las distancias y proporciones impensables en nuestro ámbito, sino por el manifiesto desprecio del que es objeto por parte de un urbanismo demencial y un parque automovilístico que impone su dictadura, aunque es también víctima de sí mismo (los embotellamientos son espectaculares y se resuelven -es un decir- mediante la ley de la selva).

Cuando aludía a los ancestrales fantasmas rusos, no quería quedarme en alusión retórica. El viejo nacionalismo parece haber sustituido como argamasa a los dogmas del Estado socialista. Se nota en muchos aspectos -algunos positivos- como la dignidad con que se preserva el patrimonio histórico y cultural, pero también en otros que no lo son tanto, como un recogimiento en sí mismos que más parece cerrazón ante todo lo que venga de fuera, y que llega incluso a determinadas actitudes hostiles ante el forastero, que podríamos denominar de fastidio ante su mera presencia. Aunque, como en todas partes, hay gente para todos los gustos, el visitante notará rápidamente que casi nadie está dispuesto a hacerle la vida más fácil en un entorno desconocido (potenciado por la inseguridad del alfabeto cirílico), sino más bien lo contrario. En las calles rusas es difícil que nadie te facilite nada y sí en cambio es habitual toparse -lo mismo que en las taquillas- con un bufido como respuesta, con malas caras y, en el mejor de los casos, con un encogimiento de hombros. Ni qué decir tiene que prácticamente nadie se toma la mínima molestia de tratar de entenderte en inglés.

No puedo hablar de porcentajes, pero sí se percibe que se ha producido un fortísimo rebrote del sentimiento religioso. Una devoción que se vive con una intensidad sorprendente para el creyente medio de nuestros lares. Se nota también, como herencia de su historia, la fuerte impronta colectivista (la mentalidad de grupo, la desconfianza ante cualquiera que pretenda ir por libre), que parece contradictoria con el individualismo antes mencionado, pero que es una realidad insoslayable. La gente en fin expresa una cierta desmoralización, una palmaria desconfianza en sus propias posibilidades, en la línea fatalista de “esto es lo que hay”. Conscientes quizás de que les queda mucho trecho por andar para recobrar su antiguo estatus (más ficticio que real, por otra parte), pero todavía más conscientes de que no están siguiendo la vía más adecuada para ello.
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