16 de diciembre de 2019, 9:50:27
Opinion


Una puntualización sobre el “contubernio” afgo-paq

Víctor Morales Lezcano


Los lectores de El Imparcial no podrán decir que no se ha apuntado, aquí, con anterioridad a Wikileaks, la implicación paquistaní en la guerra de Afganistán. Una implicación que obedece al principio de la geometría variable, a lo que parece: la solidaridad y apoyo transfronterizos a los talibanes afganos se combina con una trayectoria de demostración de lealtad a la alianza establecida entre Washington e Islamabad. La supuesta amistad que se profesan el almirante estadounidense Mike Mullen y el general Kagani (figura-clave en la estrategia que Paquistán despliega en el interior de sus fronteras y en la proyección negociadora con los talibanes) viene trabándose con firmeza de unos meses a esta parte; dirigida particularmente a la pacificación de provincias irredentas como son Kandahar, Halmand y Zabul.

Sin embargo, los lazos que unen al presidente Karzai con la causa americana -y sus aliados- en Afganistán, no dejan de acusar la incertidumbre que gravita sobre cómo ganar esta guerra y cuándo establecer la paz bajo cuyo techo prospere un Afganistán de ensueño, pleno de yacimientos con minerales codiciados, y en cuyo territorio la arbitrariedad de los combatientes yihadistas, de los señores de la guerra y de los traficantes de drogas ceda el paso a legiones de probos policías y soldados al servicio del sacralizado estado de derecho en versión local.

Todo el conjunto de filtraciones que Wikileaks ha hecho gotear con intensidad, han puesto al descubierto el juego sucio y la doblez de procedimiento en que están inmersos indígenas y forasteros participantes en esta guerra.

Es probable que las revelaciones descargadas (¿por quién?) recientemente, conduzcan a los responsables supremos de esta guerra, en Estados Unidos, a revisar la estrategia COIN (o contra-insurgencia escalonada con una finalidad casi civilista al final del conflicto armado) y a realzar, por el contrario, la estrategia inicialmente aprobada (CT), o contra-terrorismo puro y duro, del que el vicepresidente Biden resulta ser un enardecido defensor. Esperemos que una nueva tormenta política no se desencadene en Washington.

Cada día, cada semana y mes que transcurren, están convirtiendo esta guerra en un escenario de reveses desconcertantes para el gobierno de Obama. Un escenario de despropósitos, en el sitio más peligroso que quepa imaginar (Véase, a propósito, de Intiez Gul un relato que se lee con avidez -The Most Dangerous Place-).

Además, lamentablemente para Obama, los gabinetes de Angela Merkel y David Cameron no parecen alinearse incondicionalmente a favor de la guerra en Afganistán, rebus sic stantibus. Francia e Italia no están dispuestas a renovar los términos de una alianza sin plazo fijo de terminación.

Es probable que otros países-miembros de la eurozona también maticen el tipo de esfuerzo -léase costes- que están dispuestos a hacer en defensa de la causa americana en el avispero de Asia Central. Un enigma se cierne a este respecto sobre el Ministerio de Defensa español.

A partir de las elecciones generales que se celebrarán en septiembre próximo, Afganistán mismo proporcionará pistas valiosas sobre su futuro inmediato. Habrá que ver entonces si el horizonte se despeja algo.
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