19 de septiembre de 2021, 4:27:50
Opinión


Afganistán no es Irak

Aurora Nacarino-Brabo


En los últimos tiempos, se han hecho cada vez más audibles las voces que alimentan el debate en torno a la guerra que los aliados de la OTAN libran en Afganistán. En algunos países, como Reino Unido o Estados Unidos, que ha rebasado ya la cifra psicológica de mil bajas a causa del conflicto, Afganistán es objeto de una enconada polémica, agravada ahora por las filtraciones de ‘Wikileaks’. En España, las encuestas revelan que más de la mitad del electorado no considera necesario mantener las tropas en el país asiático, y el Partido Popular, que no es indiferente a la demoscopia, ha recogido el testigo de los críticos para intentar rascar votos. La utilización partidista de la guerra parece responder a una vendetta, un ajuste de cuentas con los socialistas, después de que estos rentabilizaran electoralmente la guerra de Irak. Así, los de Génova presentan una disyuntiva maniquea y demagoga: ¿Por qué Irak no y Afganistán sí? Es posible que muchos españoles se hagan esta misma pregunta y, si bien los votantes son inteligentes, a veces es conveniente recordar ciertas cosas que, aunque evidentes, corren el riesgo de caer en el olvido a causa de la distorsión política. Por este motivo, las líneas que siguen contienen un repaso de algunos acontecimientos que nos permiten aseverar de forma categórica: Afganistán no es Irak.

Después de los trágicos atentados del 11 de septiembre, el entonces presidente Bush puso en marcha toda la maquinaria propagandística de su Gobierno. El objetivo era aprovechar y canalizar el miedo de la ciudadanía hacia la legitimización de una invasión de Irak. Aunque Al Qaeda no operaba en aquel país bajo el régimen de Sadam, la Administración Bush adujo la existencia de unas armas de destrucción masiva y de un grave riesgo para Occidente para justificar sus planes de invasión. No se dudó en mentir públicamente y en falsear informes de investigación. Los mandos de la CIA presentaban a Hans Blix (inspector de la ONU) fotografías aéreas en las que aparecían determinados contenedores. Cuando Blix respondía que tales contenedores tenían la función de almacenar armas de destrucción masiva, aunque no era posible asegurar si se encontraban vacíos o llenos, los agentes anotaban que el inspector había reconocido la existencia de dichas armas, sin atender a la segunda parte de su argumentación y sin darle ninguna oportunidad de réplica.

A pesar de todos los amaños pretendidos, la ONU no avalaría los planes para Irak. Así, habría de ser una “coalición de la voluntad”, fórmula acuñada para salvar la honra cuando las misiones no cuentan con una resolución de Naciones Unidas, la que se retratara en las Azores para invadir Irak. ¿Por qué no se insistió en Afganistán, por qué no se miró a Pakistán, baluartes del fundamentalismo islamista?

Cuando quedó patente que no había rastro de Bin Laden ni de armas en la patria de Sadam, y el petróleo se descubrió como la motivación más probable de la agresión, ya era demasiado tarde. El conflicto había provocado miles de muertos, una guerra civil, y lo que se pretendía combatir: un campo abonado para el florecimiento del salafismo. Al Qaeda encontró el caldo de cultivo perfecto para asentarse en un país desestructurado y atraerse a su causa a casi toda la resistencia y buena parte de la población local, que pareció unirse en un odio común hacia el enemigo invasor. Nunca antes Al Qaeda había contado con tantos defensores de su empresa. Pobres logros los de una guerra que, según sus promotores, habría de ser determinante en la cruzada de Occidente contra el terrorismo.

El caso de Afganistán es diferente. Los orígenes de Al Qaeda están ligados íntimamente a este país. Bin Laden fundó la organización con el dinero real saudí destinado a financiar la resistencia contra los soviéticos en Afganistán (resistencia, por cierto, armada por los Estados Unidos). Allí se encontraban los campos de entrenamiento de los terroristas, bajo el amparo del régimen talibán. Hoy se sospecha que Bin Laden se esconde en las zonas tribales de Pakistán, en la frontera con Afganistán. Esta pequeña región del planeta ha sido durante lustros el centro de operaciones de Al Qaeda, su cerebro, y, por ello mismo, debería haber sido objetivo prioritario desde el principio. Irak solo sirvió para perder un tiempo precioso que fueron ganando los talibanes. Abandonar Afganistán supondría su regreso (¿realmente se han marchado alguna vez?) y, probablemente, un fortalecimiento de los terroristas. Aunque el poder salafista ha ido descentralizándose hacia otras regiones (Yemen, Sudeste Asiático), la dupla Afganistán-Pakistán continúa siendo una pieza clave. No deberían escatimarse medios ni esfuerzos y sí convendría, en cambio, presionar a Pakistán para que aclare hasta qué punto es leal su compromiso con los aliados. Islamabad parece más preocupado por hacer negocios con China (compra de reactores nucleares) que por colaborar con Estados Unidos, viejo aliado de su peor enemigo, India. Así, son muchos los que sospechan que Pakistán lleva un doble juego, y que, como Penélope, deshace por las noches lo que teje durante el día.

Contemplar el rostro mutilado de Aisha en la portada de la revista ‘Time’ no debería servir para preguntarnos qué pasará si nos vamos de Afganistán (la situación de la mujer no ha mejorado sustancialmente desde que los talibanes fueran derrocados). Pero sí debería empujarnos a multiplicar los esfuerzos en esta guerra en la que (a la vista está) queda tanto por hacer. Asumámoslo: Afganistán no es Irak.

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