23 de octubre de 2019, 20:34:08
Opinion


Maestro sin luces ni sombras

José Suárez-Inclán


En el fondo, la pregunta era la misma: ¿Por qué enloqueció el público con Ponce y lo sacaron, con tres orejas, a hombros de la plaza? Aficionados, cronistas y críticos, taurinos y cabales no lo acababan de entender. Unos dicen que en Málaga lo quieren mucho, que es como un hijo adoptivo, otros que es un Maestro. Son dos razones, no basta ninguna de ellas y ninguna sobra. Y ambas son ciertas. Porque este mismo magisterio —ejercido a menudo con más enjundia que el día 16 de agosto en la Malagueta— no ha arrebatado, hasta se ha silenciado y aun enmendado en otras plazas en las que el diestro no goza de empatía o de calor. Es por tanto ese rescoldo afectivo el que aviva la llama azul e inmóvil del magisterio hasta alargarla, agitarla y dotarla de calor y color. Pero la cuestión no queda resuelta. ¿Por qué un público sabio y entendido, tolerante, que gusta más de ver que de vociferar, rápido y certero en sus apreciaciones; en definitiva, con esa inmediatez sensible y primaria del Mediterráneo antiguo (Málaga es la segunda ciudad más antigua de España, y se nota) decide entablar una relación apasionada y cómplice con el perspicaz lidiador de Chiva? ¿Y por qué una faena inteligente, sin manchas ni tachones, de inmejorable caligrafía —despacito y buena letra toreó el diestro, pero despegado y sin tocar lo hondo— arrebata a esta misma afición convirtiendo la letra en palabra, la prosa en poesía, la pincelada en pintura?

Ponce había estado bien, incluso más que bien, en la calima de agosto que caía desde Gibralfaro a la arena, bajo el sol imposible de Turner sobre el mar. De marino y oro. Había recogido a un astifino terciadete de San Mateo, de manos alante, cabeceo alegre y cierto genio en su atención a caballo y banderilleros, y se había hecho con él. No era fácil. Pero la destreza probada (y reprobada, en sus dos sentidos) lo dobló largo en el trasteo, y a compás semiabierto y media altura encendió la música, que sonaba lenta y solemne, demasiado solemne para faena más de acompañar que de someter. Acompañamiento dulce, eso sí, que aplaudía el buen público malagueño y que la calima se llevaba, entre oboes y trombones, de la feria al mar. También despegado, dejó una espada hábil y caída que precedió a la oreja.

Bien hasta ahí. Pero salió el cuarto de Carmen Lorenzo, más hecho, más hondo, más de embestir y todo empezó a enajenarse. Dos verónicas suaves —que no hondas— pusieron en la arena a un Ponce, entre remilgado y natural, sin despeinarse, fácil y largo de oficio, con mucho desmayo, mucho desprecio, mucho derechazo de arco extenso con una muleta que estropeaba al abrochar con el de pecho, frente a un toro que fue encelando hasta ejecutar esa tauromaquia sobrada y suave, muy maestra, muy de Renoir y Degas, a la que le faltaba el desgarro de Van Gogh, el clasicismo del viejo Mantegna, el vapor del Lorenés, la delicadeza ensimismada de Vermeer, el anochecer de Patinir, la melancolía de Durero, la sensualidad de Tiziano, el desgarro gitano de Caravaggio, la genialidad de Picasso, el riesgo milimétrico de Van Eyck, la fuerza trágica de Goya o el misterio luminoso de Velázquez. Y sin embargo el público enloqueció. Y le dio dos orejas. ¿Empatía, simpatía, alegría o sabiduría?

Muy bien Ponce, que hasta se acuclillaba haciendo lazos en toreo de profesor universitario, de director de la Academia de Bellas Artes del Toreo. Lección de sabiduría y profesión, pero —los mismos que lo alzaron en hombros con sus pañuelos lo reconocían— que no lucirá en ninguno de sus momentos en el arca de faenas que guarda el desván secreto de la memoria. El mismo público que aplaudió, discreto y emocionado a la banda, que cerca del crepúsculo tamizado, puso en el cielo violáceo de La Malagueta el dardo suave de un clarinete perdido en el viento.

Tal vez la afición de Málaga nos ha devuelto la esperanza de un pensamiento: en este país hay sitio para apreciar, con la misma pasión, el arte y la inteligencia, la creación y el oficio. Que son y no son lo mismo. Y caben ambos, son imprescindibles. Como los toros.
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