18 de septiembre de 2019, 2:50:09
Opinion


La Iglesia mexicana: la paja en el ojo ajeno

Carlos Arriola


El Cardenal y Arzobispo primado de México calificó de “aberrante” la decisión de la Suprema Corte de Justicia (nueve votos contra dos) que declaró la constitucionalidad de los matrimonios entre personas del mismo sexo, establecido por el Poder Legislativo del Distrito Federal, así como su validez en todo el país. El otro cardenal mexicano, el arzobispo de Guadalajara, con el soez lenguaje que lo caracteriza, además de insultar a los homosexuales, acusó, sin fundamento ni prueba alguna, a los ministros de la Corte de haber aceptado sobornos de parte de organismos internacionales y del gobierno de la capital.

Una de las mayores aportaciones del cristianismo primitivo al helenismo reinante fue la caridad: considerar a todos lo seres humanos como hijos de Dios, con independencia de raza, sexo o condición fue el primer paso hacia la igualdad jurídica. Esta virtud teologal, la caridad, fue puesta en sordina una vez que Constantino buscó en el cristianismo una religión que unificara al Imperio. Esta función política exigía imponer el dogmatismo y combatir las “herejías” en aras de la unidad. La hibris del poder se había introducido en la Jerarquía eclesiástica para no abandonarla, a pesar de que Cristo claramente señaló “Mi reino no es de este mundo.”

En el caso mexicano heredamos el catolicismo medieval de España que animó la reconquista y en más de una crónica se habla de los indígenas como moros. Después vendría la contrarreforma, todo lo cual hizo de la Iglesia en México una institución cerrada a la modernización que las reformas borbónicas y las Cortes de Cádiz pretendieron introducir. La Independencia significó el inicio del conflicto entre Iglesia y Estado que se prolonga hasta nuestros días. Nunca será exagerado el insistir en que los liberales mexicanos no fueron jacobinos y que la imposición del laicismo en la vida civil, la educación en particular, no fue, ni es, el equivalente a una persecución religiosa. Tampoco es un exceso verbal señalar que la Jerarquía eclesiástica y muchos católicos buscan la “recristianización” de la sociedad, no mediante la catequesis, el ejemplo o la persuasión, sino por la fuerza, desde el poder civil. Esta cruzada ha silenciado las virtudes teologales, en especial la caridad y soslaya la doctrina social de la Iglesia. En cambio, se ha puesto el énfasis en la moral sexual que parece una obsesión enfermiza. Se olvida la tolerancia de Cristo con la Magdalena y la defensa de la mujer adúltera, al igual que las condenas a los fariseos y su escepticismo con respecto a la salvación de los ricos.

En la región del centro del país, constituida por los estados de Guanajuato, Jalisco y Querétaro se encuentra el núcleo más duro de este catolicismo intolerante. Fue en esta zona donde se organizó la resistencia armada a la Revolución mexicana en 1926 y diez años más tarde surgió el sinarquismo que vio en el franquismo un modelo a seguir. El artículo primero de los principios de esta organización claramente estableció el luchar para “implantar en México un Estado cristiano y cooperar a que éste se establezca en el mundo”.

La modernización del país dejó a un lado del camino a esta organización, no así sus ideas que han sobrevivido gracias a sus profundas raíces en la religiosidad colonial, y a que han sido recogidas por muchos militantes del Partido Acción Nacional (PAN). En Guanajuato, donde gobierna este partido, siete mujeres que sufrieron abortos involuntarios fueron sentenciadas por “homicidio en relación de parentesco” a penas de hasta 30 años de cárcel. Una de ellas ya fue absuelta en la revisión del proceso, después de tres años de prisión. Huelga comentar que las siete pertenecen a grupos desfavorecidos de la población, algunas campesinas en extrema pobreza y escasa o nula escolaridad. Ante las protestas de ONGs defensoras de los derechos de la mujer y el escándalo nacional, la Presidenta del Supremo Tribunal de Justicia de Guanajuato se mostró inflexible en cuanto a reabrir los casos, y aunque algunos magistrados aceptaron lo excesivo de las penas, lo justificaron con base en lo que establece la ley. No puede soslayarse el uso de dos medidas para tasar los delitos: una para las mujeres que abortan y otra para los curas pederastas que, en general no son castigados por el poder civil, menos por el religioso que se limita a cambiarlos de sede.

La obsesión por lo sexual, la primacía al derecho a la vida y otras banderas similares de la Iglesia católica parecieran una cortina de humo para ocultar la injusticia social, la desmesurada concentración de la riqueza en individuos, corporaciones y países. El laicismo, la libertad sexual, el respeto a los derechos de la mujer no atentan contra la esencia del cristianismo, el amor a Dios y al prójimo. Sí lo hace, en cambio, la codicia y la ambición, ya que la pasión por la riqueza y el poder no tienen medida ni término.
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