20 de enero de 2022, 18:27:51
Opinión


Con Cervantes

Juan José Solozábal


Si empleásemos el tiempo de descanso, no como solemos, para preparar las armas para el combate que viene, sino para replegarnos y mejorar nuestra actitud ante el curso de nuestras vidas, encontraríamos un momento para revisitar a los clásicos, comenzando, como se debe, tal vez por Cervantes. Sin duda corresponden a Cervantes, especialmente a su obra imperecedera Don Quijote, dos rasgos inconfundibles de todo clásico: en primer lugar, la contemporaneidad indiscutible, de modo que el Quijote, aunque hijo de su época, como viera como nadie Pierre Vilar en su Tiempo del Quijote, conserva para nosotros plena vigencia, y asi las reflexiones que se hacen en el libro sobre el poder, la naturaleza humana y la lealtad política nos parecen de una pertinencia absoluta. En segundo término, su condición universal, de manera que el público de una obra clásica no es un sector social determinado, por lo que el destinatario verdadero del libro español no se encuentra circunscrito o limitado: todos los niños de mi escuela, a quienes la vida después nos ha llevado por caminos tan diferentes, aprendimos a leer con él. Así, tantos españoles han leído, y aun poseído, solo en su vida este libro, maravilloso y único.

El valor de un clásico resulta ciertamente, en primer lugar, de su genialidad, que puede imponerse de modo indiscutible. Cuando don Quijote al final casi de la segunda parte se dirige a Barcelona y se topa con el bandolero catalán Roque de Guinart cuya cabeza está a precio, utiliza una descripción de la situación de quien está fuera de la ley, dejado a sus propias fuerzas, en el estado de naturaleza, que Hobbes no pudo menos de haber leído . Las palabras que utiliza Cervantes son las de una condición “miserable y enfadosa”. Hobbes como es sabido hablará de la vida solitaria, estúpida y breve. Claro que cuando el autor inglés registra el estadio prepolítico de modo canónico para siempre,o sea, la anarquía, lo hace en 1670 después de transcurridos cincuenta y cinco años desde que apareció, en España, el Quijote.

Lo que caracteriza, en segundo lugar, a un clásico es su apertura, consecuencia de la ambigüedad de la obra, a la vez profunda e inacabada. Nada es tan equívoco, si se salva una Constitución, si se me permite la irreverente acotación, como un clásico, esto es, tan susceptible de interpretaciones. Justamente lo que resulta tan atractivo de los clásicos es su dependencia del lector, pues el destino universal de la obra de este carácter la hace cautiva de cada mirada, que puede proyectarse desde muy diversas posiciones. El peligro es que cada cual lleve a cabo una lectura del clásico, que puede lindar en la arbitrariedad, de manera que finalmente este, desfigurado o transfigurado, aparezca como apoyatura instrumental del intérprete. Quizás el ejemplo máximo de esto puede verse en la manipulación admirable que Unamuno hace en la contraposición de don Quijote y Cervantes en su Vida de don Quijote y Sancho.

La reducción de la ambigüedad del clásico puede conseguirse profundizando en las condiciones, intelectuales e históricas, en que se produce la obra. En el último número del suplemento literario de Babelia del País se publicaban dos excelentes comentarios sobre el Quijote, que en parte han estimulado esta modesta reflexión mía. Muñoz Molina, de un lado, contraponía respecto de la madurez vital e intelectual de Cevantes, las dos partes del Quijote, y ofrecía una consideración del Quijote como obra, a la vez, de creación y de experiencia de su autor. Pero me interesa especialmente la luz que el artículo de Juan Goytisolo, de la mano de un gran especialista de Cervantes, el profesor Francisco Márquez, arrojaba sobre el cristianismo de Cervantes. Desde luego hay rasgos bien llamativos en el tratamiento de la religión en la novela de que hablamos: para nada creo que se puedan descubrir rasgos heterodoxos en el Quijote, aunque es cierto que en el relato road de los tres últimos años de la vida de don Quijote, jamás entra en una iglesia, y los clérigos que aparecen en la novela no salen siempre bien parados. Yo creo que Cervantes sin mayor dificultad equipara la ortodoxia católica a un orden, digamos cósmico universal equivalente a determinados cánones del mundo clásico, cuyos pensadores, especialmente Aristóteles, y literatos, especialmente los poetas latinos, conoce perfectamente.

La indulgencia y apertura del cristianismo de Cervantes lo atribuíamos, desde Américo Castro y Marcel Bataillon, a su erasmismo. Haremos bien, como nos recomiendan Goytisolo y Márquez, en encontrar una explicación de ello asimismo en la experiencia con la cultura musulmana de Argel que hizo posible el cautiverio con los turcos de Cervantes. Ciertamente la familiaridad de de Cervantes con el mundo no cristiano no estimuló la intransigencia del catolicismo de nuestro autor, ni le hizo incurrir en un dogmatismo de cruzada, como muestran bien claramente episodios del Quijote como el del morisco Ricote, cuyo españolismo Cervantes aceptaba y alababa.

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