18 de septiembre de 2021, 13:00:21
Opinión


Los políticos, ¿un problema?

Javier Zamora Bonilla


Las últimas encuestas del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), que depende del Ministerio de la Presidencia --o sea, que no es sospechoso de barrer en contra del Gobierno--, indican que los ciudadanos ponen a “los políticos” como el tercer problema en el orden de los que más les preocupan. Por delante, sólo están el paro y la crisis económica. Es éste, el del desprestigio de los políticos, un tema al que los articulistas han dado pábulo en los últimos meses, pero no he visto que nadie lo haya mirado desde la perspectiva contraria, la de ver los problemas que genera en una sociedad que los ciudadanos desconfíen de sus políticos cuando, siendo razonables, hay que afirmar que no vivimos en un sistema corrompido --más allá de casos puntuales--, y que éste funciona, dentro de las imperfecciones de lo humano, más o menos bien. En la política hay de todo, bueno y malo, y posiblemente en un porcentaje parecido al del resto de la sociedad: de la prensa, de la universidad, de la banca, de la industria, de...

Por otro lado, conviene recordar que de las mismas encuestas se puede sacar la conclusión de que los ciudadanos no tienen ningún ánimo de cambiar a esos mismos políticos con los que parecen sentirse tan insatisfechos.

Hagamos el esfuerzo, por tanto, de ver las cosas desde este otro lado: sería motivo de alarma que esta inquietud ciudadana se tradujese en un desánimo, un desinterés o un alejamiento de la política, porque el apoliticismo es siempre una tierra fértil para el mensaje simplista de las ideologías antidemocráticas. Lo más grave no sería un incremento de la abstención en las próximas elecciones sino que calara en los ciudadanos la idea de que los políticos no resuelven sus problemas sino que, más bien, les crean algunos nuevos, por lo que sería mejor prescindir de ellos y dar las riendas del poder a alguien “verdaderamente eficaz”. Esta idea, expresada de muy distintas formas y en muy distintos tonos, se oye cada vez más sobre el velador de las cafeterías y en las paradas de los autobuses, es decir, en la calle. Es una interpretación tergiversada de la realidad, resultado del desconocimiento que la mayoría de los ciudadanos tiene de los fundamentos de lo que es un Estado democrático, cultura que en España nadie se empeña de verdad en extender e intender.

Me explico: en las democracias actuales es imposible una gestión eficaz sin la existencia de una amplia clase política, preparada, activa y profesional, y sin un Estado bien organizado y asentado ágilmente en la sociedad. La clase política y el Estado no se improvisan de un día para otro sino que son fruto de una serie de sinergias sociales y de una decantación histórica. Pensar que se puede prescindir de “los políticos”, de “la política”, es no ser conscientes de lo que ésta significa en toda sociedad y, sobre todo, cuanto más compleja es la misma. Esa clase política debe ser permeable porque la política es una cuestión común, de todos.

Los que afirman que la sociedad civil se ocuparía de muchos asuntos mejor que el Estado tienen su parte de razón, pero sólo si las iniciativas privadas se enmarcan dentro de un Estado bien estructurado que garantice los derechos y libertades de los ciudadanos, su seguridad y su capacidad de progreso. Defender algo distinto es un canto de sirena para volver a una política decimonónica que hace mucho tiempo que fracasó. El Estado debe de ser una garantía para el avance de la sociedad, nunca una rémora, pero, por otro lado, una sociedad con un Estado débil, como muestran tantos ejemplos a lo largo y ancho del mundo y de la historia, está siempre muy próxima de caer en manos de los que se aprovechan de lo común en beneficio propio.

Volvamos a las encuestas y resumiendo: los ciudadanos señalan a “los políticos” como su tercera preocupación, pero cuando expresan su intención de voto siguen apostando por los partidos que más claramente simbolizan a esos mismos políticos que les parecen un problema. ¿Por qué? Quizá porque no vean otra alternativa. Objetivamente, la única para un recambio de la clase política, a día de hoy, es UPyD (Unión, Progreso y Democracia), el partido de Rosa Díez, que es como todo el mundo lo conoce, pero la última encuesta del CIS, a pesar de que le otorga una ligera subida en la intención de voto, puede interpretarse como un estancamiento de dicho partido en cifras realmente modestas si quiere convertirse en un elemento que permita airear un poco el ambiente crispado y crispante de la política española. Entiéndaseme: no en un partido capaz de conseguir en las próximas elecciones una mayoría suficiente para gobernar ni siquiera una mayoría por encima de la del PP o la del PSOE que le permitiese liderar un gobierno (ambas hipótesis son completamente improbables a día de hoy), sino, simplemente, capaz de conseguir un número de diputados que impidiese que el PP o el PSOE tuviesen mayoría absoluta y UPyD fuera entonces, solo o junto a otros grupos, quien condicionase la formación de cualquier mayoría parlamentaria y, en su caso, del gobierno por parte del partido que ganase las elecciones.

Una mirada hacia atrás a nuestra historia democrática reciente permite analizar qué posibilidades reales tienen los terceros partidos para hacerse un hueco en el Congreso, si bien hay que tener en cuenta que las circunstancias son muy diferentes de las de años atrás por el agrupamiento de la derecha y de la izquierda en dos grandes partidos: PSOE y PP. Valgan unos ejemplos, sin entrar en las minorías nacionalistas o de partidos que tienen posibilidades de sacar escaños por un número limitado de circunscripciones: en las Constituyentes de 1977, el Partido Comunista tuvo 20 diputados, y Alianza Popular, 16. En las elecciones de 1979, el Partido Comunista mantuvo sus 20 diputados. Los Congresos reunidos tras de las elecciones de 1982 y 1986, con una derecha divida, permitieron la formación de diversos grupos parlamentarios como el Centrista de Leopoldo Calvo Sotelo, Pío Cabanillas, Gabriel Cisneros, Marcelino Oreja y Landelino Lavilla, entre otros, que sumó 12 diputados en 1982. El Parlamento de 1986 presentaba un panorama todavía más variopinto con los demócrata-cristianos de Óscar Alzaga e Iñigo Cavero, entre otros, con 21 diputados, y el Partido Liberal, con 10 asientos inicialmente. El CDS obtuvo 19 escaños en estas elecciones, aunque al final de la legislatura se agrupaban en torno a estas siglas 27 diputados, que se redujeron a 14 después de las generales de 1989. Tras de éstas, Izquierda Unida e Iniciativa per Catalunya formaron un grupo de 18 diputados, que mantuvo la misma cifra en 1993, tras los malos resultados del Partido Comunista en las elecciones de 1982 y el repunte, ya como Izquierda Unida, de 1986. En 1996, el grupo parlamentario de Izquierda Unidad e Iniciativa per Catalunya alcanzó su máximo histórico con 22 diputados, pero a partir de entonces se ha reducido de forma considerabilísima y nunca más levantó cabeza.

La consolidación del voto en torno a dos grandes fuerzas políticas, PSOE y PP, durante las últimas legislaturas parece dar la razón a los que, viendo la historia de los dos últimos siglos, piensan que el bipartidismo es consustancial a la política española y, en el fondo, la mejor vía a seguir, acercándose al sistema inglés, que, por cierto, ha emprendido la vía contraria. Las encuestas del CIS les dan, por ahora, la razón a los que así piensan. Además, es posible que los ciudadanos tengan presentes los riesgos del pluripartidismo y no quieran arriesgarse por ahí, pues resulta contradictorio que, señalando a los políticos como un problema, no muestren su interés en reemplazarlos por quien mejor podría simbolizar ahora mismo ese cambio, UPyD. Las elecciones todavía están muy lejos, por lo que es posible que mucha gente no tenga decidido su voto y que en la abstención o entre los indecisos se oculten votos a favor de UPyD.

Los problemas con los que se enfrenta UPyD para pasar de ser el partido de Rosa Díez a un partido gubernamental son muchos, pero resumámoslos en dos. El primero es que tiene que, sin perder el tirón electoral de Rosa Díez, ser capaz de mostrar que hay un equipo y un programa detrás, mostrar que hay un verdadero partido capaz de gestionar la política si los ciudadanos lo ponen en situación de hacerlo. El segundo es el de hacer ver a los ciudadanos que puede haber una alternativa entre el PP y el PSOE, a pesar de la prima del sistema electoral al partido que obtiene en cada provincia la mayoría de votos. Hace falta una gestión inteligente para ver dónde centrar los medios de propaganda, por otro lado muy limitados, con que cuenta el partido, pero en último término lo más necesario es que sus responsables sean capaces de transmitir a los ciudadanos el mensaje de que si ellos, los ciudadanos, quieren, pueden: pueden cambiar a esa clase política que les parece el tercer problema del país, o por lo menos a parte de la misma e iniciar nuevos modos de hacer política. Para eso, sería conveniente que el discurso de UPyD, y de Rosa Díez en particular, no fuese de radical confrontación sino de firmeza, de convicciones profundas que permitan dejar claros los puntos de concordancia o de distancia con el PSOE y con el PP, con quienes, si este partido quiere ser algo en política está, de momento, llamado a entenderse.
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