21 de agosto de 2019, 0:39:28
Opinion


Los Kirchner, la opinión pública y una reflexión orteguiana

Enrique Aguilar


¿Hasta dónde van a tirar de la cuerda?. Esta pregunta, alusiva a las recurrentes embestidas de los Kirchner contra la libertad de expresión, circula a estas horas entre muchos ciudadanos argentinos que ven con preocupación cómo esa libertad básica se ve cercenada a diario desde el poder sin que nada indique que la situación vaya a revertirse en el corto plazo.

Creo que la respuesta pasa necesariamente por la opinión pública. Si en verdad rigiera en la Argentina el principio de la división de poderes (entendida no meramente como división departamental de funciones de gobierno sino como relación de control y equilibrio mutuo) el recurso a la opinión pública tal vez podría posponerse a la previa aplicación de ese principio que permitiría que, frente a la eventual arbitrariedad de una de las ramas, las otras le salieran al cruce. Sin embargo, tal y como están las cosas en la Argentina, y ante la posibilidad de que los Kirchner se salgan otra vez con la suya, creo que es necesario recordar que, en última instancia, el poder se recuesta en la opinión “como único fundamento del gobierno”, según lo expresara David Hume en un clásico ensayo.

A este respecto, viene a cuento una reflexión de Ortega y Gassset en El hombre y la gente donde el poder aparece definido como “la emanación activa, energética de la opinión pública”. De ahí que “el más o menos de violencia” con que los poderosos actúen dependa “de la mayor o menor importancia” que la opinión pública asigne al ejercicio arbitrario del gobierno. En otros términos, si el poder descansa siempre en la opinión pública, tanto daría decir que tales o cuales personas mandan como que prevalece un sistema de opiniones.

Pues bien, entiendo que es tiempo en Argentina de que la opinión pública se haga oír contra la situación imperante que, sobre todo en materia de libertad de expresión, nos coloca lejos del ideal de una democracia republicana que tanto nos cuesta hacer medianamente realidad. Falta mucho todavía para las elecciones. Sin embargo, es de desear que las voces disonantes que representan crecientemente esa opinión se reflejen mientras tanto en las intenciones de voto y en las encuestas de imagen relativas a quienes son, al cabo, los responsables máximos de nuestro presente autocrático.
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