22 de octubre de 2021, 18:56:20
Opinión


Volver al trabajo

Benito Peral



Cuentan que un hombre llegó a una cantera donde trabajaban en un caluroso día tres obreros. El calor era sofocante y aquellos canteros picaban la piedra sin descanso, de sol a sol. El hombre asombrado por la dureza de aquella labor preguntó al primero de ellos qué era para él trabajar. Un castigo de Dios, respondió, una maldición, aquella del “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, que desde Adán nos afecta. El hombre preguntó entonces al segundo de los canteros qué era para él trabajar. Algo muy duro, contestó, pero gracias a él consigo llevar un sueldo a mi casa y mantener a mi familia. Por último se acercó al tercer cantero que parecía más animado que los anteriores dando golpes con el pico en la roca. Y para ti qué es este trabajo, le preguntó. El cantero sin dejar de picar contestó: “Yo estoy haciendo una catedral”.


La historia tiene su enjundia porque señala tres aspectos asociados al hecho de trabajar. En nuestra cultura el trabajo tiene esa connotación trágica a la que aludía el primer cantero. En el Génesis se relata la expulsión del paraíso y cómo Yavé reprende a “nuestros primeros padres” que le han desobedecido y han comido del árbol de la ciencia. Es algo más que una reprimenda, la verdad es que “el Dios” del viejo testamento mete miedo. A Eva le dice textualmente: “Parirás con dolor a tus hijos y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”. Y a Adán: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra de donde procedes, ya que polvo eres y al polvo volverás”. En efecto, el trabajo, visto así, es toda una maldición. De hecho en la etimología de la palabra se advierte la misma idea subyacente, trabajo deriva de tripallium que era un artilugio de tortura en el imperio romano. Las palabras, como decía Borges, son siempre una metáfora.


Hay quienes piensan que hay que trabajar porque no hay más remedio y no tienen otro medio para ganarse la vida. El trabajo tiene en nuestra sociedad ese otro sentido práctico, trabajar para vivir. Y como precisamos muchas cosas en esta sociedad de consumo, necesitamos trabajar mucho. El antropólogo norteamericano Marvin Harris, autor del fascinante libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, ya apuntaba que era evidente que en las sociedades industrializadas se trabaja más que en aquellas cuya subsistencia básica llega de la caza y la recolección. Los ecosistemas industriales, concluía, se asocian a menos ocio que los basados en la caza y la recolección.


En nuestra sociedad un trabajador tiene cuarenta horas semanales y cuatro semanas de vacaciones, lo que supone una media cercana a las dos mil horas anuales, frente a las ochocientas de media que Harris anotaba para las sociedades preindustriales. En la sociedad occidental, aún contando con la tecnología, se dedica más tiempo al trabajo que en la mayoría de las culturas.


La tecnología tendría que permitir ahorrar horas de trabajo y aumentar el tiempo de ocio, pero no es así porque el progreso en nuestra sociedad está inevitablemente asociado a niveles de producción y consumo cada vez mayores, como mayores son nuestras necesidades. No trabajamos menos a cambio de más, trabajamos más a cambio de más.


Quizás va siendo hora que nos acordemos del viejo Sócrates, cuando en el mercado de Atenas gritaba a sus conciudadanos: “Atenienses, qué rico es Sócrates, cuántas cosas hay que yo no preciso”. Y también de Epicuro cuando distinguía entre tipos de necesidades: las naturales y necesarias como la alimentación, son muy pocas y en general fáciles de cubrir; las naturales y prescindibles como la sexualidad que son algo más difíciles de cubrir; y las que no son ni naturales ni necesarias, pueden ser infinitas y su satisfacción muy difícil, ahí estarían la mayoría de las nuestras, relacionadas con el lujo, la abundancia, la ostentación, son necesidades artificiales promovidas por nuestra sociedad de consumo. Es la evidencia de siempre, no es más rico el que más tiene sino el que menos precisa.


Por fortuna el trabajo tiene otro aspecto y es que a través de él muchos hombres y mujeres se autorrealizan y sienten que están construyendo catedrales. A esos afortunados puede que no les cueste tanto volver de las vacaciones porque cuentan con trabajos donde resulta inmediato y fácil encontrar ese sentido positivo, útil, profundo y hasta en ocasiones trascendente. Para otros todo esto resulta por desgracia más difícil y hasta imposible.


De lo que no cabe duda es que la mayoría hemos vuelto de las vacaciones en las que probablemente hayamos descansado y nos hayamos divertido. Descansados, podemos ahora reemprender el trabajo. Ojalá que seamos capaces de divertirnos trabajando y no tengamos que esperar once meses para volver a divertirnos. En una ocasión oí que si no te diviertes trabajando tienes que trabajar mucho para divertirte.
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