22 de septiembre de 2021, 9:45:54
Opinión


El libro de los idiotas

Enrique Arnaldo


El padre del inspector Caldas, el personaje de ficción ideado por el novelista gallego Domingo Villar, comenzó a escribir hace años un libro de los idiotas que se iba encontrando a lo largo de su vida. Olvidado en algún altillo durante cierto tiempo, lo recuerda su hermano hospitalizado, apartándose la máscara de oxígeno, tras escuchar las originalidades expuestas con frialdad por un médico. Desde entonces se incorpora a la guantera del coche para tenerlo a mano y no olvidar a ningún idiota que se aparece en cualquier esquina.

No he tardado ni una hora, tras devorar “La playa de los ahogados”, en comprar un cuaderno de tapa dura para empezar mi libro de los idiotas y, en pocas horas, me he quedado sin hojas. Temiendo haber errado el concepto me fui al Diccionario de la Academia y repasé las acepciones de idiota, nada menos que cuatro aunque, como el padre del inspector Caldas, me quedo con dos: persona engreída sin fundamento para ello; y tonto, corto de entendimiento. No, no me había equivocado. De una tacada transcribí los nombres y circunstancias de: altivos, presuntuosos, soberbios, ególatras, elatos, necios, porfiados, ignorantes, simples, tontainas, tontos, tontilocos, mentecatos, tontorrones, tontilur, estultos, alelados, bobos, lelos, gilis, gilipollas, sobrados, panolis, pavoneadores en escena, imbéciles, ensoberbecidos, envarados, estirados, tiesos, envirotados, altivos, estúpidos, estupefactos, poseídos de estupor, pasmados, petulantes, melifluos, mequetrefes.

Me sobresalté. Tal vez estaba incurriendo en el mismo nivel de idiotez que aquéllos que habían pasado a formar parte del libro. Los ojos se me fueron a un periódico atrasado. Al repasar sus páginas me tranquilicé pues comprobé que el nivel de estulticia en aquellos con los que se rellenan los diarios es francamente insuperable.

Como decía Plutarco, los toneles vacíos y los idiotas son los que hacen más ruido. No les importa lo más mínimo tender la ropa de su necedad, pues ésta es incompatible con la discreción (de la que necesariamente carecen). Disfrutan con sus cuellos estirados de ganso repartiendo sus frases vacías, repetidas como papagayos por otros tontos indestructibles. Todas estas aves juntas aletean al tiempo formando el coro de la estupidez superlativa. Y así jornada tras jornada pues la tontería de la humanidad se renueva diariamente. Jamás descansa, a diferencia de los malvados que, entre golpe y golpe, se toman algún asueto.

Bueno, lo cierto es que hay tontos inocuos, incoloros e insaboros, que no hacen mal a nadie. El problema son los tontos activos a los que, por desconocimiento o error, se atribuye alguna responsabilidad. Son peligrosísimos pues aunque no estén seguros de no ser idiotas siempre encuentran otros aún más idiotas que les admiran.

Y no olvidemos lo que escribió Pitigrilli: “La estupidez no es un estado de gracia, un privilegio, un don divino. Se puede llegar a ser inteligente, pero estúpido no. Estúpido se nace”.

Marcho deprisa a la papelería a comprar otro cuaderno.
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