15 de octubre de 2019, 6:29:44
Opinion


Tras ETA

Juan José Solozábal



Es muy difícil anticipar con exactitud las consecuencias de la desaparición de ETA en el País Vasco, pero sin duda serán enormes. Naturalmente la cuestión no puede limitarse a considerar sus efectos electorales, tratando de averiguar quien recogerá los votos de la izquierda abertzale, asumibles por algún partido de este signo, abierto a la unión con los nacionalistas tradicionales o incluso más improbablemente a partidos de ámbito estatal. No es descartable que, en su día, la situación electoral incluso llegue a afectar a las condiciones para la formación del gobierno de Euskadi. Andrés de Blas, que sabe casi tanto del País Vasco como de nacionalismo, acaba de escribir un impecable artículo en El País sobre este tema y a él me remito.

En realidad mi reflexión querría apuntar a los efectos profundos de la desaparición de ETA y a la tarea imprescindible que tal situación comporta. No tengo la menor duda de que desde muchos puntos de vista el tiempo pasado, más allá del horror, se caracterizó también por la impostura y el silencio. Hay quienes en el nuevo tiempo pueden pensar en la unión arrolladora de los nacionalistas ya no separados por el uso de la violencia. Creo más bien que la libertad totalmente recobrada nos proporcionará la imagen verdadera de la opinión en Euskadi. Verán cuanta razón tenían los que apuntaban por el vasquismo moderado y leal de siempre de nuestra sociedad; y cuan justificada era la denuncia de la auténtica falta de igualdad de oportunidades y la sobreprima de un enrarecido plus de legitimación a determinada cultura o ideología en la contienda política vasca. Seguramente resurgirá, correspondiendo al pluralismo constitutivo vasco, sobre el que tanto han llamado la atención José Miguel de Azaola y Juan Pablo Fusi, la constante electoral de la historia política de Euskadi, que llega incluso a las primeras elecciones de la transición democrática, y que divide el espacio de los votantes en tres tercios: el socialista, el liberalconservador y el nacionalista.

La transición política española no se instrumentó como un ajuste de cuentas con el tiempo franquista, pero en el nuevo espacio político el lugar para las fuerzas explícitamente franquistas fue mínimo. Mucho se podría aprender de los cambios políticos en casos como los de la Alemania o Italia de la posguerra o en los tiempos poscoloniales en los países que alcanzan su independencia. También en Euskadi la pregunta que será inevitable formular ¿Y tu qué hiciste en tiempo de ETA?, tendrá unas consecuencias implacables. No nos engañemos, primero en relación con las opciones que pueda tomar el independentismo de izquierdas que deberá presentar unos líderes no contaminados con la legitimación de la violencia política y renovar su ideario. Ello exigirá dosis considerables no sólo de coraje sino de inteligencia, difíciles de alcanzar en sectores cuya actitud ha sido siempre de docilidad a toda prueba.

Pero la situación alcanza también al nacionalismo en su conjunto, pues la posición de ETA es inescindible de un proyecto nacionalista, concebido en términos holísticos y totalitarios, como imposición de un sector de la sociedad vasca sobre toda ella. Desde luego que cabe un nacionalismo transigente y abierto, con indudable predicamento en sus votantes, pero no es el que ha predominado siempre durante estos años. Si el nacionalismo hubiese acometido su renovación debida, antes bien estimuló su perfil más sectario con Ibarretxe, el espacio para el mesianismo político se habría reducido y las oportunidades de la utopía fanática habrían sin duda decaído considerablemente. Como suele insistir Joseba Arregi, a mi juicio con toda razón, quizás la distinción al menos en el caso del nacionalismo vasco, entre los fines y los medios es más difícil de establecer de lo que se suele pensar. Por eso, cabe añadir, el nacionalismo democrático en esta hora puede ser interpelado.
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