15 de noviembre de 2019, 22:04:44
Opinion


La danza del fuego

Antonio Domínguez Rey


Y el pez en la montaña.

Hay fuegos que se atornillan. Otros crecen arremolinados. Se ve que ansían las copas y, ya en ellas, algunas llamas viven escasos minutos en el aire, autónomas, onduladas y cabeceantes. Danzan sinuosas intentando con sus pliegues y tentáculos otras alturas, una rama, un vaho de calor contiguo que las expanda y lance a otros troncos, invasoras. Es un espectáculo sorprendente.

Y si por azar las cruza un golpe de viento, saltan con ansia de animal tras su presa y prenden donde nadie esperaba. Entonces el peligro arrecia y alguna persona puede verse envuelta en remolinos de fuego y aparecer carbonizada, como desgraciadamente ha sucedido este verano en Galicia.

Las llamas muerden la retama y los tojos crecidos como arbustos hasta calcinar sus tallos recios dejando el paraje desolado de varas escuetas y tiznadas como si una plaga bíblica lo castigara. Se pegan, alzan, parecen extinguirse, vuelven renovadas, flamean, mutan sus colores según las resinas que estallan y las dispersan como dardos fugaces. En el fuego convergen energías diversas abocadas entre crujidos y humos densos, nublados, hongos negros de verde embestido por la base, a un silencio estremecedor. El tizne deja un rastro de rejones inútilmente hendidos en los lomos del monte. Con luna, el brillo carbonizado resplandece llagando el alma.

Confieso que emociona contemplar montes ardiendo. He vivido algunos en aldeas de Galicia. La gente sigue acudiendo al grito del fuego como cuando era yo un niño. Entonces corrían con cubos hacia el regato, los pozos; con “xestas” -retama-, azadas, hoces. Formaban cadenas y líneas de abatimiento en las esquinas y bordes del incendio. Esparcían el agua, cavaban tierra y la echaban encima de las llamas como si fueran siembra, hasta extinguirlas. A veces era una casa lo que ardía. Los ánimos volaban y la quema resultaba inevitable. ¡Acudid, acudid, fuego, fuego!, resuena aún en mis oídos la voz de un vecino que habitaba cerca de la falda de un monte hace más de cincuenta años. La casa sigue viva, entre arbolado de valle y monte, próxima a tumbas celtas donde jugábamos a forajidos y guardias jurados.

Hace cuatro años contemplé un incendio que asoló más eucaliptos que pinos y robles, con mucha maleza. Las llamas se vuelven góticas en los eucaliptos y son románicas ardiendo en los robles. Los pinos sufren, en cambio, más torturados, como víctimas de un rito ancestral. La resina los retuerce inmisericorde, pero con gemidos más sensibles.

Mediaba el mes de julio. En septiembre, a comienzos, ya rebrotaban sobre el negro carcomido del tronco de algunos árboles musgos incipientemente verdes, de un verdor claro y tierno que el aire habría sembrado, sin duda, sobre el pliegue de alguna corteza quemada y al amparo de la ceniza ahí resistente. Tierra feraz y nada rencorosa.

El fuego estalla al calentarse la tierra, a la que alumbra con sus lavas y de cuya madera nace prendido en sus retoños acuáticos según la tradición china, los árboles. Del suelo al cielo y del cielo a la raíces. La ceniza renueva con el agua de lluvia los gérmenes aún no vivientes o activa la potencia de otros dormidos. Hay una convergencia profunda entre los elementos básicos de la naturaleza. Quien engendra, allí es engendrado. Los paisanos lo saben desde tiempos tribales. Las fincas se roturaban después de prenderles fuego para quemar el rastrojo y estimular la futura siembra. El tojo del monte se cortaba y servía para alfombrar las cuadras del ganado, cuyos excrementos contribuían a la formación energética de lo que hoy denominamos biomasa y que era y es, pura y simplemente, estiércol. Crecían los árboles en su ciclo, derechos y cargados de bayas, piñas, fruta. Sobre el surco del arado, la semilla y aquella mezcla maravillosa de aulaga y mierda vacuna, donde después de pocos meses brillarían las espigas del maíz, la avena, el trigo, el centeno, la cebada, la flor exigua de la patata. Todo un ciclo de vida y misterio.

Hoy apenas se trabaja el monte. No se sabe qué hacer con él. La retama y el tojo crecen salvajes e impiden el paso libre entre el arbolado. Los programas de reforestación son lentos, escasos y no siempre acordes con los intereses de los paisanos y vecinos. Se gasta más tiempo en planificación, papeleo burocrático, personal adjunto a los documentos y viajes de intermediarios, políticos y representantes de Banca y Cajas de Ahorro, maquinaria y complementos de sobreaviso, que en la realidad inmediata del cultivo arbóreo. El trámite excede al motivo y la política a los jornaleros. La concentración parcelaria no consigue imponerse en zonas que se prestan para el monocultivo si la propiedad fuera más extensa y asequible. Los vecinos de las comunidades de montes se quejan de la gestión económica de los representantes. El dinero vuela y nadie, dicen, sabe cómo ni a dónde. Los precios de la tala no estimulan a nadie, ni a particulares, madereros o empresas. Cada cual busca el mayor logro en el menor tiempo y con el mínimo esfuerzo. El eucalipto crece más rápido que el pino y mucho más que un roble. Quien tiene una máquina, se siente señor del maestrazgo e impone su ley de crecimiento económico. Ha de pagar el crédito a la entidad financiera y aseguradora, sacarle un beneficio dos, tres veces mayor que el del asalariado, y si ya es dueño absoluto, libre de cargas, la diferencia sube, como patrón, a cuatro veces el cobro del empleado. Y a éste se le pide, en muchas ocasiones, contribución laboral con exceso de dos, tres horas diarias o fin de semana por el mismo sueldo o un pírrico incremento compensatorio. La escasez de contrataciones silencia el abuso e incrementa el ánimo humillado. Tal es, o viene a ser, la ratio económica de obra rural apalabrada y el ambiente de contrariedad en zonas marítimas o próximas al mar en el sur y noroeste de Galicia. Los rurales esperan una solución internacional sonada. El mar la tuvo con la catástrofe, viva paradoja, del “Prestige”.

Se cruzan entonces los intereses, nacen las envidias, brotan las venganzas. Se une a ello la repoblación de la fauna con jabalíes que arrasan sembrados y especies animales nada gratas, como las culebras, con incremento notable de las víboras. Por otra parte, la merma del mantillo y de los rebrotes en el monte, impide comer ampliamente a liebres y conejos, que ramonean donde alcanzan. Los cazadores ven limitadas sus opciones de esparcimiento y acopio de viandas suplementarias.

El fuego contribuye también a paliar, por lo menos, el contagio psicológico creado por esta situación. Son descripciones vividas hace un mes entre gente de un pueblo próximo a la costa noroeste, donde habían saltado hace cuatro años llamas gigantes de aquel fuego voraz de eucaliptos, pinos, acacias, tojos ya enramados y robles más bien jóvenes. Y ahí, en ese terreno, el mismo día en que acompañé, monte arriba, a vecinos que todos los años revisan, limpian el acceso del agua a las arquetas que abastecen, desde tres fuentes, a bastantes viviendas del poblado, estalló otro fuego voraz ocho horas más tarde, hacia el ocaso. El suelo estaba aquel día evidentemente a punto de llamas: reseco, pajizo, sonrosado, crujiente, pidiendo lluvia a gritos. De las fuentes apenas manaban hebras de agua. Y la poca que corría goteando sobre el ocre de la piedra con vetas rojizas por el ácido de hierro que arrastra, alentaba el ánimo viéndola continua y con hilo transparente hacia el cauce trazado. La cuna de la vida en lo alto del respiro, clara.

La gente acudió como antaño, pero ahora con máquinas, desbrozadoras, tractores, grúas. Abrían zanjas enormes; activaban mangueras, pues había casas próximas; y aún usaban “xestas”, la dura y al tiempo flexible retama gallega, para abatir los bordes del fuego. Vinieron bomberos, guardas especializados. Duró casi toda la noche. Pregunté por las fuentes visitadas. El fuego había ardido en el entorno, pero seguía brotando el flujo de vida.

La ocasión era única y evidentemente se prestaba a escuchar más testimonios concernientes a la quema de montes. De creer lo que cuentan, le escuece a uno la sospecha de que asistimos a un proceso larvado con estallido de fuego periódico cuando más arrecian el calor y el viento, a veces huracanado. Y los cuentos explican o esbozan una razón verosímil al hecho de que en Galicia haya entre tres y cuatro mil incendios anuales, con una proporción de siete sobre diez los causados intencionadamente.

La alarma de las cifras motivó el despliegue de programas comunitarios con gran aparato de recursos, medios, personal cualificado, gente adjunta, mucha de ella paisana, y cientos de millones de euros atraídos de Bruselas y de la administración pública. Es tal el escenario, que ahora mismo, si no existiera este fuego casi programado y llovido a veces, dicen, desde el aire -esto sí cuesta creerlo-, habría (todo ángel es terrible, afirma el poeta) frustración, maquinaria varada, sobresueldo de estío volatilizado, previsiones de más inversión protectora y recursos paralizadas. Un verdadero fiasco.

La llama azul del eucalipto entre el verde del paisaje gallego no convence a los paisanos que sienten, y les duele, la sed del suelo repoblado con el dinero fácil de sus raíces voraces. Los eucaliptos secan las fuentes. Y hoy día el vecindario riega frutales, viveros, con manguera y técnicas de goteo; hisopea el césped; algunos llenan piscinas de plástico o ajardinadas a escasos kilómetros de playas vírgenes, casi salvajes.

Con el agua que cae anualmente en Galicia abrevaba el desierto del sur de España. Y con el calor que recibe al cabo del año, la zona de mayor media de sol de todo el norte de la Península, se podría abastecer de vegetales -fruta, verdura, flores, madera-, carne de primerísima calidad, lácteos y derivados, a buena parte de Europa y África. Y esto al margen de la enorme riqueza marítima de sus costas y la tradición pesquera en los caladeros más fecundos de todos los mares. El campo y las riberas gallegas reúnen además condiciones idóneas para organizar un turismo también especial e inteligente. Galicia paga un alto tributo de silencio al ingreso previamente no evaluado en la Unión Europea. Los políticos de entonces negociaron una transacción de protectorado decimonónico. Y algunas élites económicas, políticas, mercantiles y empresariales le dieron un giro de tuerca al tradicional caciquismo gallego. Una nueva variante de concierto foral o enfiteusis.

Pero hay además, me dice un jardinero especialista que gatea a lo alto de las copas y supervisa árboles centenarios, sicópatas avezados en quema de montes. Gente que siente dentro de sí como un instinto ancestral contra el reverso de la naturaleza amenazada por las máquinas y la explotación telescópica de la respiración humana.

El viento sigue moviendo las aspas de los nuevos molinos gigantes en las crestas de los montes, donde no crece ni la sombra de un árbol. Y los aviones anfibios siembran con sus bolsas de agua salada peces mutantes. Pronto habrá cosecha de sardinas aconejadas.
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