22 de noviembre de 2019, 11:21:04
Opinion


Zapatero, el declive de un líder

José María Herrera


La semana pasada algunos observadores se sintieron consternados por la imagen que ofreció el señor Zapatero en China. Las fotografías de la recepción oficial de que fue objeto por las autoridades de aquel país mostraban, en efecto, a un hombre al que no le llega la camisa al cuello. La cosa como tal no es grave: salvo que hagamos dieta, todos podemos perder peso. Lo extraño fue que los asesores presidenciales, a la vista de la delgadez de su jefe, no corrieran a buscar un sastre. José Lasaga extrajo ya todas las consecuencias simbólicas de este descuido en su columna del jueves. Yo quiero completar su análisis desde otra perspectiva, digamos más psicológica.

Desde hace años tengo ante mi escritorio una foto del retrato que hizo a principios del siglo XVI Giovanni Bellini al dogo Leonardo Loredan. Es un retrato de medio cuerpo en el que el protagonista aparece ataviado con los ornamentos de su cargo. Lo único que vemos de él es su rostro, un rostro ensimismado, afligido por las preocupaciones. Bellini aclara la naturaleza de estas preocupaciones mostrando cierta disonancia entre el personaje y su traje. A Loredán la túnica ducal le queda demasiado holgada, como si hubiera adelgazado mientras lo retrataban. La razón de haberlo pintado así es evidente para quienes conocen su biografía. Loredan fue dogo de Venecia en una de las épocas más críticas de su historia. Durante su reinado, y por instigación del papa Alejandro VI, las potencias de la época (Francia, España, el Sacro Imperio Romano) se unieron en la liga de Cambrai con el propósito de abatir a la riquísima república aristocrática, dueña del comercio mediterráneo. No lo consiguieron, pero estuvieron a punto. El retrato de Loredán inmortalizó aquel mal trago.

Marin Sanudo, cronista de la época, dice que, en lo peor de la crisis, Loredan “apenas hablaba y estaba como muerto y triste”. Su ansiedad era un reflejo de la de sus compatriotas. En aquella época los gobernantes no podían ocultar a sus súbditos la verdadera dimensión de los problemas. La realidad era, en cierto sentido, más apremiante que ahora y las secuelas de las acciones políticas, más inmediatas. Un estadista que no adivinara a tiempo la evolución de los asuntos representaba una desgracia para su país. Esto ya no es así en la sociedad de masas. Aunque también la necesidad acaba doblegándole, el político dispone de mucho más margen. Consideren el caso de nuestro presidente, quien rechazó la existencia de la crisis hasta el día en que anunció que empezábamos a salir de ella. Algunos lo elogiaron incluso arguyendo que el buen gobernante debe tener la cabeza fría y no alarmar a los ciudadanos. Lo mismo podría haberse dicho de aquel general capturado con todo su ejército que alegó no haber hecho un solo disparo para no delatar al enemigo su posición.

Otra cosa son los hombres, y la carne de los hombres. Tomemos otra vez de ejemplo a nuestro presidente y comparemos el aspecto rozagante con que comenzó su mandato, aquella época en que hacía demasiado, y la flaqueza con que ahora lo concluye dando la impresión de no poder hacer ya nada. Yo tengo la sospecha de que la mortificación de no estar a la altura de sus objetivos lo está consumiendo. Zapatero fue elegido para dirigir los destinos de un país que parecía creer que los vientos siempre soplan a favor. Ni él ni sus electores podían imaginar que las cosas se torcerían como lo han hecho. De ahí el aire macilento que exhibe (“macilento de carne, todo espíritu”, dice Sanudo de Loredan cuando lo vio despedir a las tropas camino de la derrota).

Estos son los problemas de disponer de un amplio margen. Si el presidente no hubiera arrimado el ascua de la bonanza económica a su sardina, no tendría que explicar por qué se le ha chamuscado. Ahora, acosado por aquello que imaginaba disponer con pleno derecho, unos recursos ilimitados que se producían sin esfuerzo, probablemente ha debido descubrir que sus principios, tan buenos cuando el viento sopla a favor, constituyen un lastre cuando lo hace en contra. Lamentablemente, las consecuencias de verse de pronto encallado en una realidad que no se comporta como debiera son fatales para un político. Estos forjan su suerte sobre la ruina del adversario y ahora le ha tocado a él ser censurado por todo, por lo que hace y por lo que no. Una calamidad le condujo al poder, otra va a arrebatárselo. No es casual que la camisa no le llegue al cuello.

Pero la delgadez de Zapatero guarda también relación con su régimen alimenticio. Los brotes verdes no bastan para alimentar a un carnívoro. Un político sin apetito tal vez pudiera soportarlo, pero Zapatero ha creído, con razón, representar el espíritu de un pueblo ansioso por participar del festín de la historia. ¿Recuerdan el talante de los primeros años, esa táctica consistente en poner su mayoría al servicio de cualquier minoría dispuesta a llevar a España lo más lejos posible de su historia? Los detractores erraron entonces comparando su actitud con la de aquella dama francesa que para evitar los escándalos de una excesiva coquetería cedía con facilidad ante cualquier pretendiente. El proyecto de construir un nuevo país exigía, desde su perspectiva, compartida por la mayoría de los españoles, incluidos sus adversarios, escapar a toda prisa de la tradición. Mientras nada se interpuso en este camino –la ruidosa e hipócrita cháchara de la oposición es menos que nada-, el proceso parecía imparable, pero la política es una rama de los negocios y los negocios desean una estabilidad que aquí se ha perdido porque ya no sabemos lo que somos. Zapatero, que es mucho más perspicaz de lo que se dice, se ha dado cuenta de ello y por eso adelgaza. Su situación, que es la de todo el país, recuerda a la de aquel dux de Génova que obligado a ir a Francia para humillarse ante Luis XIV y ser interrogado acerca de lo que más le había maravillado de Versalles, respondió: “verme yo aquí”.
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