28 de noviembre de 2020, 18:20:49
Opinión


Un taxista en la crisis

José Manuel Cuenca Toribio


Como acaso algún lector recordará, ha escrito mucho el cronista sobre los miembros del benemérito gremio de los taxistas. Salvo excepciones, son gentes que, en el desvaído mundo de hoy, tienen algo qué decir. Afortunadamente, sus filas se han abierto en fechas recientes a las mujeres, venturosa y justa circunstancia que acrecerá el caudal de rica humanidad de sus integrantes.

Con uno de ellos realizó el articulista un corto viaje costaloseño en plena temporada estival. Oriundo de las tierras del Santo Reino, con formación infantil en el Principado catalán –su familia formó parte de la ancha y muy beneficiosa riada jiennense que inundó la dinámica Cataluña de comedios del siglo anterior-, retornaría al solar andaluz para fructificarlo con trabajo, honradez y voluntad de futuro. La vida guardó con su biografía cierta lógica y, atisbando su ocaso, logró construir un hogar sólido y feliz. Remecido hoy por la crisis, sus vigas maestras se mantienen, salvo la ausencia vasca –bien afrontada en un pueblo industrioso y admirador del esfuerzo- de uno de sus componentes jóvenes. Un poco sorpresivamente, el taxista lograba encauzar las causas nacionales de la adversa coyuntura por roderas de contenida crítica, en la que se traslucía una posición moderada aunque firme frente a los poderosos de este mundo.

Naturalmente, tal cañamazo de una existencia laboriosa y honesta no fue tejido por el propio taxista a su mayor gloria o apologéticamente, sino que lo construyó el articulista a través de flashes y retazos de una conversación desarrollada en una de las autopistas de mayor circulación del país, la tarde de autos milagrosamente descongestionada. Todo ello, junto al amplio material recogido por las charlas del taxista a través del “telefonillo” con dos de sus colegas, permitió al cronista hilvanar un retrato robot de su conductor, mientras lo trasportaba, con seguridad serena, por un paisaje adánico deturpado por la vertiente negativa de la condición humana.

También en el lugar en el que el taxista había recogido a su cliente eran muy visibles las huellas de ese costado de la actividad de muchos hombres y mujeres. Casi todo lo que se podía observar y escuchar allí había sido fantasmagórico, feérico y casi alucinante. Participación ciudadana, democracia partitocrática –horresco referens-, escenarios de encuentro, implementación de sensibilidades políticas y otras muchas cosas y términos de la misma y clarificadora índole sobre la res publica y los responsables del más noble y necesario de los oficios, la gobernación y rectoría de la polis. En esencia, pura verborrea y logomaquia, bien avenida con la promoción y palestra en la que la pirotecnia de artificio y frivolidad se había desplegado, en una banal y ociosa expresión de las muchas de semejante jaez que en aquellos días se colectaban a lo largo y ancho de la geografía peninsular e insular.

Ante tal desmesura y despilfarro de toda suerte de energías, la “faena”, como, con reminiscencias de su catalán moceril, decía el taxista iliturgitano, llamaba al respeto y al reconocimiento individual y social. Frente a personas como la del fibroso, recto, cumplidor, amable pero contenido y nada obsecuente taxista andaluz que no ha muchas lunas adensara la experiencia y esperanza del cronista en el mundo de la post-crisis que nos sacude y entenebrece, no queda, en verdad, otra opción que la seguir apostando con fuerza por “este país” y por el planeta del que él forma minúscula parte en lo geográfico y una mayúscula porción de su mejor y más fecunda historia.
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