14 de agosto de 2020, 10:11:04
Cultura

el juli, el cid y talavante


Los toros se echaron la siesta, los toreros la echaron de menos en Guadalajara


Tarde de gala y esperanzas en la Feria de la Antigua de Guadalajara. Toros de Santiago Domecq, flojos, descastados, deslucidos y escasos de presencia para El Juli, El Cid y Talavante. Los diestros, según el orden de lidia, vistieron de nazareno, tabaco y turquesa, con sus oros respectivos; los toros, de negro.


Decepcionaron los toreros, que parecieron cansados y a disgusto, como si el compromiso alcarreño les hubiera impedido tomarse un descanso tras una jornada de triunfos, como si una llamada inoportuna no les hubiese dejado dormir la siesta después de una jornada agotadora (aunque el Cid, más teatral que sus compañeros, cortara una oreja de cada uno de sus toros). Decepcionaron, igualmente, los toros que ellos mismos eligieron. Solo la suave temperatura de la tarde de septiembre y los cielos presagiando otoño, conteniendo la lluvia en zona azul detrás de unas nubes protectoras, no decepcionó.

Midió Julián al primero en el capote sacrificando gracia por eficacia. Pero perdió a continuación las manos, enterró pitones y hubo hasta un comentario (serio, nada irónico) de un señor que aseguraba que en el pueblo una tal Joaquina “tenía un cordero que topaba más que este. Le hacías así…” El Juli ni lo mataba ni lo descabellaba. Tenía muy mala cara.

El segundo, recortadito, muy cómodo —demasiado cómodo— de pitones le pareció a El Cid el animal adecuado para “expresarse”. Así que hubo verónicas y chicuelinas sueltas y poco emotivas. Así lo vio el público que tampoco se “expresó” con entusiasmo. La misma medicina que en la capa, llevaba El Cid en la muleta, y aunque el toro saltaba al suelo en algún remate, cogió el ritmo templado (y desfajado) de la franela. Según el toro se embebía, la faena se fue vulgarizando, desengrasando, y el efectismo sustituyó a la sinceridad. Pases despegados, toreo hacia fuera, electricidad, circulares de compañía… pinchazo y estocada. Cuando el pobre animal se iba a tablas, le puso la muleta encima, pidiendo palmas, como si de una gran faena se tratara. Una oreja.

Talavante le hizo a su primero un quite por lopesinas. El Juli quieto, mirando. Nada más hubo. Al tercer estatuario el toro puso el lomo en la arena y las patas hacia el cielo; el resto, penosas muestras de servidumbre con las rodillas.

Parecía que le gustaba al Juli su segundo y abrió el capote, estirándose, a la verónica. Pero no era el capote de esta temporada, era una tela insulsa. Pidió el cambio con una vara y quitó con tres chicuelinas rápidas y una media lenta. Brindó y se hizo con él. Pero no con el toreo. Y al cabo de varias series el toro se echó a descansar como lo habían hecho sus hermanos. Consumaba la siesta que añoraban y se les había escamoteado a los toreros. Las peñas cantaban con la guasa alegre y recia, comedida y rústica, del bajo nordeste.

Y llegaron, de manos del Cid, unas verónicas bajas, de buen trazo y poca sal, en el quinto toro, un bichejo sin casta ni trapío, indigno de plaza de segunda, tercera y cuarta, que cabeceaba, trotón, en los derechazos aburridos y se aplomaba entre las tandas, aburrido también, como el torero. Una buena estocada le valió otra oreja. Y una Puerta Grande algo triste, de poco peso.

Cuando el sexto, de dudosos pitones, llegó a la muleta decidida de Talavante, se encontró con la tela más planchada que profunda y se metió en un mar irregular de derechazos que la banda acompañaba con gusto, ayudada por el crepúsculo, en un cielo clásico, casi turquesa, como el vestido del torero.

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