24 de enero de 2021, 19:46:22
Opinión


La degradación en el trato

José Manuel Cuenca Toribio


“¿Quién más refinado que los españoles? ¿Quién más cortés?”. Así se preguntaba, en vísperas de la anexión de su país por la España de Felipe II, el escritor lusitano Diego de Couto, respondiendo con ello al discurso general vigente en la época por toda Europa, admirada de la cortesanía en el trato de un pueblo sobremanera altivo y realista en la descripción de sentimientos e ideas. Engolfado por los laberintos de la psicología colectiva hispana, D. Claudio Sánchez Albornoz sostuvo que el gusto lo rahez constituía un rasgo dominante del carácter de los españoles del medievo y, en la misma línea, D. Emilio García Gómez creyó encontrar el manantial de dicha corriente en la Córdoba de Ben Quzmán, tan admirablemente reconstruida por su prodigiosa pluma, quizá la más irisdicente del novecientos tras la de Ortega.

La diglosia entre lengua hablada y coloquial y escrita y académica o clásica es un fenómeno probablemente de todos los tiempos y naciones. Sin embargo, en algunos países el predominio actual de la primera sobre la segunda ha provocado la alarma de amplios círculos sociales ante el empobrecimiento y, en muchos casos, la degradación que ello supone en el acervo cultural de una comunidad. El propio autor de Silla del moro y Nuevas escenas andaluzas llamaba con fuerte acento la atención sobre la gravedad del hecho en una etapa en la que aún no revestía el peralte de hodierno: “… pero hoy apenas puede decirse que subsista, porque en la literatura europea actual se escribe prácticamente como se habla, el “argot” se ha enseñoreado de la lengua, y en España, por ejemplo, se ha llegado a que las voces más soeces se escuchen y lean en privado y en público con una machaconería obsesiva que llega a ser repugnante. Esperemos que sea moda pasajera, antes de que nos dé vergüenza leer u oír español” (Prólogo al libro de F. Corrientes A gramatical sketch of the spanish Arabia dialect bundle) .

El paso del tiempo no satisfizo las esperanzas del insigne arabista, antes al contrario. En el último tramo de su fecunda existencia asistió, reluctantemente, a la apoteosis de la chabacanería lingüística. El mal se convirtió en epidemia. Lo coprófilo y grosero inundó todo el escenario social, y el ejemplo provino muchas veces de lo alto. Ni siquiera las instancias superiores de la cultura y la educación quedaron preservadas de su irrefrenable marea. Aulas, claustros y salones oyeron palabras desconocidas en sus, a las veces, pluriseculares existencias. Asimismo, varias editoriales mejoraron o aumentaron sus cuentas de resultados con tiradas cuantiosas de libros y diccionarios de la procacidad nacional, con firmas, en ocasiones, de autores relevantes., que semejaban avalar con su autoridad y prestigio la mercancía. A punto de comenzar la segunda década del siglo XXI aquí, como en otros ámbitos de nuestra convivencia social, las fronteras han desaparecido o están al filo de hacerlo. La calle, los estadios, los periódicos, los libros y hasta unos hogares imantados por la pantalla televisiva, alzada en campeona imbatible de las expresiones soeces y malsonantes, se pueblan con las voces más degradantes de la lengua de Cervantes, autor, por lo demás, realista y nada mojigato, como la mayoría de los clásicos, Quevedo a la cabeza.

¿Quién pone puertas al fenómeno? La sociedad española no sabe ni contesta. Pero su vigencia socava en medida muy considerable los cimientos más hondos de la colectividad. Las palabras constituyen el comienzo y el fin de casi todas las cosas y su degradación enferma y empequeñece el espíritu de sus gentes.
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