24 de enero de 2020, 4:22:41
Opinion


¿Cómo puede Estados Unidos ayudar a México?

Juan Federico Arriola


"Los Estados Unidos nacieron con la modernidad, y ahora para sobrevivir, deben enfrentarse a los desastres de la modernidad."
Octavio Paz (Tiempo nublado)

Estados Unidos y México juegan a la hipocresía. Estados Unidos se queja de México y éste de su vecino del norte.

La relación entre ambos países es espinosa, difícil e inevitable.

El magnífico libro EL OSO Y EL PUERCOESPÍN del ex embajador estadounidense en México hace pocos años, Jeffrey Davidov ilustra muy bien los problemas en las relaciones entre su país y el mío. El oso es Estados Unidos y el puercoespín es México. Me hubiera gustado que el diplomático norteamericano escogiera otros animales para representar a estos países.

Mi visión no es muy diferente a la de Davidov, pero es una visión desde México. Reconozco que mi conocimiento sobre Estados Unidos no es amplio: sólo he estado en tres aeropuertos (Miami, Nueva York y Minneapolis) y dos o tres días por un compromiso familiar en El Paso, Texas. Conozco más de Europa y América Latina que de Estados Unidos.

Aunque no conozco sus museos, universidades, parques y costumbres de su gente, sí he tratado a estadounidenses, sí he leído a sus principales poetas, juristas, historiadores y politólogos. Admiro a muy pocos políticos de Estados Unidos en su historia. Me gusta parte de su cine y de su música, pero no comparto sus obsesiones.

Estados Unidos es una potencia económica y de guerra, pero moralmente no es superior a México. La corrupción en Estados Unidos no es tan escandalosa como en México, pero no es menos grave.

Estados Unidos se cierra como una fortaleza para no dejar entrar ninguna arma del exterior pero deja que muchísimas fluyan hacia su frontera sur: los delincuentes mexicanos combaten al ejército y la policía mexicanos con armas potentes adquiridas en Estados Unidos.

Mientras Estados Unidos consuma grandes cantidades de droga y pague millonarias sumas al respecto, México no podrá hacer mucho. Más que colaboración entre Estados Unidos y México, parece haber un duelo entre sí, un duelo a muerte, precisamente porque los drogadictos mueren por sobredosis, pero también mucha gente muere sin consumir drogas, muere por la violencia que genera el narcotráfico.

La culpa de Estados Unidos en este juego cruel de drogas y armas no exenta a México de culpa. El deterioro de las instituciones mexicanas es evidente.

Nos quejamos del maltrato a los migrantes mexicanos en Estados Unidos, pero no vemos el maltrato que autoridades y delincuente hacen con migrantes centroamericanos.

Todos estamos en el juego de la hipocresía: nos acusamos unos a otros y no ponemos remedios.

El gobierno de Calderón es débil y no genera mayor credibilidad. Las críticas que las señoras Clinton y Napolitano han hecho en contra de México son ciertas, pero allá no ejercen todavía una mayor autocrítica traducida en la disminución del tráfico de armas del norte hacia el sur y un decrecimiento en el consumo de drogas en Estados Unidos.

México se ofende cuando se le compara con Colombia. Estamos ya peor que Colombia en 2010. Allá nunca han matado un cardenal, precisión hecha por el Embajador de Colombia en México en mayo de 1993 a propósito del atentado que le costó la vida al cardenal mexicano Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto de Guadalajara, México. Los narcotraficantes mexicanos de hoy son más perversos, crueles y poderosos que los narcotraficantes y guerrilleros colombianos.

Hoy en México, la lista se extiende, ya no sólo los delincuentes matan a ciudadanos sin cargo, sus dominios han alcanzado en los últimos diez años a un secretario de Estado, cuatro alcaldes y otros servidores municipales, un gobernador electo, una subprocuradora de justicia, varios jueces y magistrados, comandantes de policía, legisladores locales, funcionarios de seguridad pública de diverso nivel, etcétera.

Si agregamos a esa patética lista, los gobernados (ciudadanos, menores de edad mexicanos y algunos extranjeros) afectados alcanza ya la cifra de 25 mil víctimas. Si bien muchos de ellos fueron delincuentes, el número es excesivo e injustificable para una sociedad castigada por la pobreza, el desempleo, la impunidad y la corrupción.

Al presidente Obama no le importa mucho la violencia en México. El plan Mérida impulsado por su predecesor George Bush y el presidente Calderón no ha contribuido realmente a disminuir la violencia de la delincuencia organizada en México. El dinero que contempla ese plan, es en realidad, una bagatela, o dicho en términos angloamericanos, "only peanuts."

Entre Estados Unidos hay vecindad, no amistad, una sociedad comercial muy peculiar.

Estados Unidos sólo tiene intereses dijo alguna vez Dulles, importante funcionario estadounidense de mediados del siglo XX. Sigue teniendo razón, la historia confirma su dicho.

¿Estados Unidos no puede o no quiere ayudar a México?
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