26 de septiembre de 2021, 21:51:28
Opinión


Toros, correbous, parlamentarios…

José Suárez-Inclán


El día 28 de julio de este año, con la subrepticia alevosía y la cegadora luminosidad que proporcionan la canícula y la vacación, quedaron prohibidos por decreto los toros en Catalunya. Nada es inocente. Con gesto bastante obsceno e irrespetuoso, los victoriosos parlamentarios prohibicionistas, se abrazaban entre grandes risotadas, ante la mirada de aquellos —no necesariamente protaurinos— partidarios de tolerar. Guillotinada la dichosa “Fiesta”, quedaba zanjada la cuestión. El nacionalismo parlamentario catalán se apuntaba una victoria frente a una tradición nacional española. Ante las obvias concomitancias de la abolición de las corridas con la abolición de un vínculo catalán con un importante referente de la cultura española (aunque estos ritos trágicos y festivos se pierdan en un tiempo y un espacio mediterráneo europeo —y posteriormente atlántico latinoamericano— al que Catalunya no es en absoluto ajena) en seguida salieron voces escandalizadas que aseguraban que tal decisión era de índole ética, y por tanto, de naturaleza universal: desvinculada de todo interés político-nacionalista. "El abolicionismo no tiene patria" —dijo Joan Puigcercós (ERC), cargado de buenismo, en su enardecida defensa animalista. Asimismo Josep Rull (CiU) aseguraba que los toros no escondían un debate Cataluña-España. El reputado filósofo Jesús Mosterín, activo defensor del derecho animal, se daba por más que satisfecho con la resolución de este caso: los representantes de la ciudadanía catalana habían acertado, más allá de toda contingencia local, con la sensibilidad ética universal de sus representados.

El día 22 de septiembre de este mismo año, con la atención expectante que proporcionan la inauguración del curso político tras el verano y las futuras ofertas electorales, quedaron blindados por una proposición de ley aprobada por aplastante mayoría los correbous en Catalunya. Nada es inocente. “La proposición de ley, promovida por CiU y acogida en la tribuna con aplausos de alcaldes y ediles de la zona, fue aprobada por 114 votos a favor, 14 en contra y 5 abstenciones.” —escriben Àngels Piñol / Clara Blanchar en El País. Salvada la “Santa Tradición”, quedaba zanjada del todo la cuestión. El nacionalismo parlamentario catalán se apuntaba una nueva victoria ante los votantes del padrón. El parlamentario Joan Puigcercós no estuvo en esta ocasión: al encontrarse con la sorpresa de que el abolicionismo tenía patria, escapó con su carga de bondad a mejores paraderos, lo que no impidió que su partido votase en bloque contra la prohibición de los correbous. También el líder de CiU, Artur Más, cuyo partido fue el más notable impulsor de la prohibición taurina y el más ardiente defensor de mantener la tradición de los correbous, en aras de una sensibilidad ética que trasciende el ámbito local, declinó asistir a la votación. Asimismo, el presidente Montilla, que llegó a la sesión abolicionista unos minutos antes de la votación, satisfecho y sonriente, bromeando tras evitar el debate, una mano a Dios y otra al diablo (“Yo he votado contra la prohibición —declaró luego, solemne— porque estoy a favor de la “libertad), prefirió ausentarse esta vez.

Entendemos perfectamente que los líderes se escondiesen, cuando pudimos leer, con la perplejidad de quien ve una aparición, las indescriptibles razones que algunos de los parlamentarios de sus correspondientes partidos, aludían para proteger las fiestas de correbous:

“La ley es un manual de buenas prácticas que regula una fiesta en la que el animal no muere… esto es como los rodeos.” (Francesc Sancho, de CiU).

“ Los correbous no son una profesión, no son un negocio, no matamos, no cobramos entrada (…) Estos festejos, que son un símbolo identitario en el sur de Tarragona, se deben adaptar a las nuevas realidades". Marta Cid, de ERC

La agencia EFE nos informa sobre otros argumentos que justificaron el blindaje en la sesión parlamentaria:

ERC y CiU, han subrayado que los correbous son un "acontecimiento extraordinario, propio de las raíces más profundas de Cataluña".

La normativa aprobada hoy pretendía adaptar esta costumbre a la sensibilidad ética actual.
La normativa precisa que el organizador de cualquier acto de este tipo (ya sea el toro ensogado, el embolado o festejos en una plaza o en la calle) deberá comprometerse por escrito a que "los animales no serán maltratados", y que un veterinario inspeccionará a los toros antes y después del espectáculo, para determinar si han sufrido algún daño.
En la modalidad del toro embolado, las astas del animal sólo podrán estar encendidas "quince minutos".
Bueno, si la cosa es como un rodeo, si no se cobra entrada, si el veterinario nos dice luego si el toro ha sufrido o no, si los cuernos solo se encienden durante un cuarto de hora, si no es preceptivo el sacrificio del animal (o si se hace es un buen matadero con todas las de la ley), si encima es un símbolo identitario con raíces profundas, y además todo ello adaptado a la ética actual, ¿quién podría negarse? Lo que no sabemos es la cara que se le habrá quedado al filósofo Mosterín.

Insisto: perplejo y anonadado —que no sorprendido— ante este ejercicio de hipocresía, no he podido por menos de volver a revolver viejos pensamientos juveniles, más o menos utópicos y adormecidos, sobre la verdadera representatividad del poder (de cualquier poder, incluido el otorgado por votos en las actuales democracias liberales, el menos malo de los sistemas existentes, ya lo sé, ya lo sé) y su capacidad de manipular y aun tergiversar o contravenir las ideas y voluntades de sus representados. Es curioso —y lastimoso— que haya tenido que ser en Catalunya, modelo de tantas aspiraciones libertarias truncadas, donde se haya escenificado este sainete cínico. Me pregunto si es esta perversión justificable. Me pregunto si tendrá efectos beneficiosos para las pretensiones de quienes la ejercen. Me pregunto si la vieja atracción de la maldad —del cínico jeta y matoncillo del colegio, del pícaro mentiroso que se sale con la suya, del que coge el mejor sitio o birla la novia con artes innobles— tiene también prolongación en la vida política. El pesimismo inexorable de la edad me hace temerme lo peor.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2021   |  www.elimparcial.es