20 de septiembre de 2021, 13:16:07
Opinión


A mal tiempo…

Benito Peral


En tiempos de crisis como éstos en los que andamos, precisamos de lo mejor de nosotros mismos. Necesitamos valentía, coraje, para encarar el peligro; necesitamos a la vez prudencia que nos permita deliberar de forma serena sobre lo que es conveniente; necesitamos también de una pizca de esperanza que es, en última instancia, apostar por el optimismo sobre el pesimismo. Valentía, prudencia y esperanza son virtudes y precisamos de ellas y de otras muchas para afrontar las dificultades. La palabra virtud, tiene como raíz la palabra latina vir que significa fuerza. Y es fuerza, en cualquiera de sus formas, lo que necesitamos ante la adversidad. Pero hay una virtud que no parece tal, que es muy valiosa y adorna a algunas personas. Una virtud que es de una ayuda extraordinaria en cualquier circunstancia de la vida, es la virtud a la que hace referencia el refrán castellano, A mal tiempo, buena cara. Me estoy refiriendo al sentido del humor.

Todo en la vida puede verse desde la atalaya del humor. Todo, absolutamente todo, incluido lo más serio, lo más trágico y lo más sublime. Vean si no La vida es bella, una película genial que pasará a la historia del cine, y su genialidad estriba en meter el humor dentro del escenario más impensable, un campo de concentración nazi. El humor puede estar también en lo sublime, lo está en la relación de Santa Teresa con Dios, cuando en una noche de tormenta se ve con sus monjas en un charco al volcar el carro en el que viajaban. La Santa escucha decir a Dios, esa noche con ganas de bromas: Así trato yo a mis amigos. A lo que la abulense replica: No me extraña que tengas tan pocos.

El humor es curativo, terapéutico, saludable. Todos hemos experimentado lo bien que nos sienta reírnos. Hay toda una línea de investigación en Medicina sobre el aspecto terapéutico del humor. La risa libera endorfinas, opiáceos endógenos, unas sustancias cerebrales parecidas químicamente a la morfina que producen un estado de bienestar tanto físico como psicológico. Por cierto, qué maravilloso regalo de la naturaleza es la risa. Está en nuestros genes, no es una conducta aprendida, sabemos por las ecografías tridimensionales que en el útero los bebés ya sonríen. Somos seres risueños aunque nazcamos llorando.

Prácticamente hoy nadie duda del carácter psicosomático de muchas enfermedades. El estrés, el desasosiego y la frustración se traducen con frecuencia en trastornos físicos, porque mente y cuerpo forman una unidad radical que sólo el rígido dualismo cartesiano ha separado en apartados estancos. Si las emociones negativas producen cambios químicos nocivos en nuestro cerebro y en nuestro cuerpo, las emociones positivas, y por supuesto la risa, producirán lo contrario.

El humor permite o facilita algo fundamental para la salud mental: relativizar las cosas y no dramatizar todo en exceso. Suaviza nuestra existencia en un mundo tan crispado. Cuando hablo de crispación siempre viene a mi mente los políticos españoles que parecen estar continuamente cabreados, resultando a veces patéticos. Pareciera que nunca hacen el amor y siempre la guerra. Y hablando de Guerra, ¿dónde anda? porque era uno de los pocos políticos que hacía gala de buen humor, aunque fuera sarcástico. Nos hace falta humor, aunque sea humor negro que también tiene su eficacia porque quita hierro a los aspectos más oscuros de la vida.

El humor es también, a veces, la mejor manera de defenderse ante la crítica despiadada o ante la ofensa. Oscar Wilde, que era homosexual (y no en el Madrid de Zapatero sino en el Londres victoriano) sufrió una campaña terrible cuando su homosexualidad trascendió al ámbito de lo público. Recibió entonces muchos anónimos insultantes y amenazantes. Un día, estando en su club con los amigos le entregaron en mano una carta urgente, al abrirla encontró sólo una palabra, cabrón. Sin inmutarse y con esa flema tan británica exclamó: He recibido muchas cartas sin firma, pero es la primera vez que recibo una firma sin carta.

Hay un humor, simple, divertido, es el que más le gusta a los niños. El mecanismo de este humor suele ser el enfatizar lo obvio. Los chistes que suelen gustar a los niños son como ellos, ingenuos, sencillos. Hay otro humor que es todo finura, tremendamente ingenioso que rebosa inteligencia. Suele utilizar como mecanismo la paradoja, que es la sal del pensamiento. Es el humor del que hacía gala Borges. Contaba en una ocasión que desde joven le atrajo más la imagen del artista fracasado, perdedor, no reconocido, que la del escritor triunfador y lleno de gloria en vida: Pero fíjense con el tiempo yo he sido reconocido y he triunfado, es decir fracasé como fracasado. Hay también un humor satírico que se utiliza como arma y del que tanto sabía nuestro literato de literatos, Quevedo; hay un humor absurdo, totalmente loco, como aquél de los desaparecidos Tip y Col, es el humor que nace del sentido del sinsentido, como un cuchillo sin hoja al que le falta el mango; y hay un humor negro que se ríe de lo que más nos asusta, la muerte y la enfermedad son sus temas predilectos.

Pero lo más importante es reírse de uno mismo que es muy sano porque quita hierro a nuestros complejos y facilita que nos aceptemos, aún con nuestros puntos más vulnerables. Hay una bienaventuranza popular muy sabia que ilustra esto último: “Bienaventurados los que se ríen de sí mismos porque nunca les faltará motivo”.

Y hablando de risas, lo de las cosquillas es muy curioso, ¿se han preguntado alguna vez por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos, siendo tan fácil producirlas en otro? Por más vueltas que le doy no encuentro la clave, pero en todo caso me alegro que sea así, es más divertido. Como en otras cosas placenteras, siempre se mejora el resultado si lo hacen dos.
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