18 de septiembre de 2021, 4:23:50
Opinión


Los “idus de marzo” no han pasado

Lorenzo Bernaldo de Quirós


La Escena Primera del Acto Tercero del Julio César de Shakespeare comienza con el siguiente diálogo. César (Al Adivino) “Ya han llegado los idus de marzo! Adivino: “Sí César pero no han pasado aún”. Esta referencia literaria ilustra con bastante exactitud la posición en la que se encuentra la economía española. A priori, la hipótesis de un necesario rescate de España ante la eventualidad de una potencial situación de insolvencia parece haberse esfumado. Sin embargo, este riesgo no ha desaparecido y, en cualquier caso, la vuelta de España a tasas de crecimiento capaces de estabilizar la ratio deuda/PIB y crear empleo es un escenario lejano. En este entorno, la economía nacional se enfrenta a una alternativa inquietante: o bien ha de ser rescatada en el horizonte del corto mediano plazo o bien consolida un período de crecimiento débil.

¿Qué enseña la teoría económica acerca de la vulnerabilidad de los países a las crisis financieras? La respuesta es la siguiente. Las economías con altos niveles de endeudamiento público y privado con plazos cortos de madurez, con tasas de crecimiento planas, con problemas de liquidez están expuestas a crisis de confianza que pueden llevarlas al borde de la default, si no son capaces de convencer a los mercados de tres cosas: primera, de un compromiso estable y decidido de reducción del déficit público; segunda, de que van a emprender reformas estructurales capaces de relanzar el crecimiento de la actividad y del empleo; cuatro, de que existe un plan detallado y claro de saneamiento y reestructuración del sistema financiero. Pues bien, España no cumple ninguno de esos requisitos.

De entrada, los Presupuestos Generales del Estado para 2011 se basan en un escenario macroeconómico de difícil cumplimiento. La previsión de una tasa de crecimiento del PIB del 1,3 por 100 el año próximo dobla la proyectada por el consenso de los analistas y por los organismos internacionales. La política presupuestaria no toca ninguno de las partidas estructurales del gasto, sobreestima los ingresos al asentarse en un hipótesis de crecimiento económico irreal e incluye un aumento del gasto público autonómico y local incompatible con la consecución el objetivo de déficit para el conjunto de las Administraciones Públicas. En este marco, el gobierno se verá abocado bien a incumplir su objetivo de déficit bien a introducir nuevos recortes a lo largo del próximo ejercicio bien a subir los impuestos. Es evidente que ésta no es una buena noticia para los mercados.

Por otra parte, las políticas de oferta brillan por su ausencia. La pacata reforma laboral es insuficiente para frenar la destrucción de empleo y reducir la tasa de crecimiento necesaria para crearle. Al mismo tiempo, no se ha introducido reforma estructural alguna en el resto de los mercados que permita elevar el potencial de crecimiento de la economía nacional y, en consecuencia, facilitar la vuelta a las tasas de incremento del PIB de la pre-crisis. A su vez, el saneamiento del sistema financiero, básicamente de las cajas, no está cerrado y su evolución presenta numerosas incógnitas. Si además, el desempleo sube y/o se estabiliza en tasas alrededor del 20 por 100, la economía mantiene un encefalograma plano y los mercados mayoristas siguen cerrados o restringidos para las instituciones de crédito, el panorama del sistema financiero nacional es cuanto menos preocupante. La única opción es seguir obteniendo financiación en el BCE. Finalmente, las entidades que han recurrido y que recurrirán al FROB es improbable que puedan devolver en cinco años el préstamo recibido a un interés del 8,5 por 100.

Es cierto que el déficit exterior se ha reducido pero no a causa de una mejora de la competitividad, sino del hundimiento del consumo y de la inversión privada. Los índices de Costes Laborales Unitarios, Precios al Consumo, de productividad y de competitividad apenas han mejorado a pesar de la recesión y de la brutal destrucción de puestos de trabajo producida por la crisis, concentrada en los servicios y en la construcción. Esto plantea un estrangulamiento o, mejor un freno, a la capacidad de recuperación de la economía y, por tanto, convierte en una hipótesis de ciencia ficción la idea de un sector exterior como motor del crecimiento. Para ello sería necesaria una caída de los salarios y de los precios internos, lo que es impensable con unos mercados de factores y de productos tan rígidos como los españoles.
Para complicar las cosas, la necesidad de los hogares de continuar reduciendo su endeudamiento, la alta tasa de paro, la erosión de su riqueza inmobiliaria (aun no ha terminado el proceso de ajuste de los precios de la vivienda y las perspectivas de nuevas subidas de impuestos impiden esperar una reactivación del consumo privado. A su vez, las elevadas necesidades de financiación del sector público reducen y encarecen la oferta de fondos prestables al sector privado, lo que agudiza la restricción de liquidez soportada por las familias y por las empresas como consecuencia de la necesidad de las entidades crediticias de aumentar sus recursos. Desde esta perspectiva, la demanda interna tendrá un perfil plano. La oferta y la demanda de crédito permanecerán bajo mínimos.

En este contexto, la confianza de los mercados en la economía española es coyuntural y frágil, si bien, sería aventurado decir o precisar cuándo se quiebra aquella y, en consecuencia, se produce una crisis de deuda. Ahora bien, la combinación de todas las debilidades señaladas hasta el momento hace a España muy vulnerable a cualquier shock externo o interno. En concreto, el posible o, mejor inevitable, rescate de Irlanda y el probable de Portugal pondrán de nuevo a España en una situación delicada. Lo mismo puede decirse de la probable caída de una caja o de los problemas de liquidez-solvencia de, por ejemplo, una autonomía o un ayuntamiento. Cualquiera de esos acontecimientos tiene altas posibilidades de materialización en presencia de una política económica que va detrás de lo exigido por las circunstancias y por los mercados. En suma y volviendo al principio, las expectativas de la economía española en el corto y mediano plazo oscilan entre la amenaza de un rescate o la consolidación de un bajo crecimiento incapaz de generar empleo. Obviamente, ninguno de esos dos escenarios llama al optimismo.
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