14 de octubre de 2019, 1:27:23
Opinion


Eslovaquia

Martín-Miguel Rubio Esteban


Vuelve uno de Eslovaquia con la cabeza y el corazón oxigenados tras haber absorbido con fervor la pureza del éter frío de los Montes Tatra. Eslovaquia, nación sin historia propia, libre ya de su sumisión a Nemecko, Rakúsco o Mad´arsko, está llena de oportunidades, como un infante recién nacido lleno de salud. Un presidente socialdemócrata, Iván Gasparovich, y una Primera Ministra demócrata-cristiana, Iveta Radiçova, dirigen con una patriótica armonía al alimón el seguro destino engrandecedor de la joven nación eslovaca, y en esa armonía, en ese saber estar juntos hombro con hombro, radica el patriotismo y la fortaleza de este pequeño país, de lo que podrían aprender un poco nuestros mezquinos políticos.

Bajo los suelos de viejos castillos con adarves y merlones muy bien conservados, aún percibimos las huellas de los marcomanos y cuados, y el paso de Odoacro, sepultado por las culturas magiar, austríaca-alemana y turca osmanlí.

Los eslovacos son gente sencilla y generosa, competente y trabajadora, y sus sueldos están muy por debajo de su productividad, por lo que la economía eslovaca, basada en la producción de automóviles, materias de construcción, vidrio, calzado, electrónica, papel y madera ( toda Eslovaquia es un bosque de abedules ) está creciendo rápidamente. Desde los Altos Tatra – quizás ya demasiado turistizados; su medio ambiente comienza a resentirse – se otea un magnífico futuro para esta pequeña nación de 49.000 kilómetros cuadrados, que deberá mantener un inteligente equilibrio entre la gran nación rusa y la Unión Europea ( esto es, Alemania ) a fin de mantener y asegurar su independencia económica y política.

Llaman la atención los hermosos edificios que albergan las Facultades de Universidad, los Institutos de Secundaria y las escuelas de primaria, cuya belleza y solidez ( heredados de la etapa socialista ) anuncian un futuro de riqueza nacional basado en una ciudadanía competente y culta.

El arte de la Naturaleza se hace excelso en gran parte del subsuelo eslovaco, como en las impresionantes cuevas de Belianska, geológico delirio de belleza, en donde las estalactitas y las estalagmitas forman paisajes arborescentes de fantasmagóricos bosques esculpidos por el perseverante trabajo artístico de las gotas de agua, y en donde se abren verdaderas capillas sixtinas que nos reconcilian con nuestras ansias puras de belleza suprema en una época de mamarrachadas casi delicuenciales – por su feísmo -, como los techos ginebrinos de gotelé del polícromo Barceló.

Las grandes obras de la Humanidad, contenidas en 158.000 libros, las podemos degustar en la Biblioteca de Kezmarok, en donde encontramos una edición del Quijote en eslovaco del siglo XVIII(¡!), o el Encomium Insaniae, de Erasmo de Rotterdam, del mismo siglo XVI, o una edición primorosamente ilustrada del Dioscórides del siglo XV, o un espléndido Mapa antropomorfo del gran geógrafo Mercator, en el que la corona que lleva la figura humana representa el Reino de España.

Tierra humilde y fecunda, sustrato paciente e ignorado de Europa, Eslovaquia comienza a florecer. “Nosotros no tenemos historia” – escribe Minac, “si la historia sólo está hecha de reyes, emperadores, duques, príncipes, princesas frívolas, victorias, conquistas, violencias y rapiñas.” ¡Qué suerte tiene Eslovaquia con no tener esa historia! A los eslovacos les encanta enseñar sus castillos a sus amigos extranjeros, en casi todos los cuales encontramos preciosos talleres de farmacia, con sus potes de acónito y cinamomo, y pequeñas estatuas de Santa Isabel, protectora de los boticarios barrocos, y Santa Hildegarda de Bingen, patrona de la farmacopea en general. Pero lo más interesante es mirar para fuera del castillo desde sus adarves de recia madera, y ver la panorámica de los tejados celosamente remendados de los “drevenice”.

Los eslovacos se consideran, precisamente como nación que ha permanecido apartada e incorrupta de su fisonomía originaria, una cuna primigenia y auténtica de Eslavia, de su antigua civilización unitaria, sintiéndose por dicho motivo especialmente afines a las demás naciones eslavas campesina, como los rutenios y los eslovenos. Tiene uno que acordarse en estas hermosas tierras de escritores como el poeta Hviezdoslav o el gran escritor Ladislav Novomesky, cuyas obras uno entiende mejor ahora, así como su mesianismo eslavófilo.

Eslovaquia, en fin, es sanguínea y alegre, un mundo vital y en expansión, que se vuelve no hacia la melancolía del pasado, sino hacia el crecimiento y el futuro.

En el violeta de un crepúsculo inefable, los Altos Tatra se dibujan ya negros, como el misterio profundo de las grandes montañas. El autobús pasa al lado del sanatorio de Matliary, e inmediatamente uno recuerda a Kafka, que pasó unos cuantos meses aquí, entre diciembre de 1920 y agosto de 1921. En algunos hoteles del Tetranska Lomnika percibimos un lujo tonto y ostentoso, nada acorde con las sagradas montañas ni con el perfil eslovaco.

El meeting de este Proyecto Comenius está terminando, y uno tiene que recordar que en Gondola Ulica está la facultad de filosofía de la Universidad de Bratislava ( o Pressburg, para los alemanes, Pozsony para los húngaros, o Posonium para los romanos ), dedicada a este Comenius, el filósofo y pedagogo cuya “Orbis Pictus” se encuentra, en antiguas ediciones en cuatro lenguas, en las bibliotecas de las viejas ciudades eslovacas, como la bellísima Kezmarok, en cuya Biblioteca municipal, en el friso, se lee la leyenda latina “Vigiliis hospitibus ac oblectamentis destinata”.

Gracias por todo, amigos eslovacos. Zlatica, Livia, Cristina, Jorge.

Hasta pronto, María, Winni, Elke, Anya, Gabi, Michi, Sirpa.
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